Opinión

¿Por qué consumimos drogas? Ninguna política gubernamental puede impedir su demanda

 

MarioAlberto-0009Mario Alberto Carrera


Hablar sobre el consumo de drogas —y en torno a las políticas gubernamentales para impedir su cultivo y preparación, su tráfico, su venta en grande o al menudeo pero, sobre todo, de las causas de su consumo ancestral y del por qué los narcótico causan tanto placer y adicción— es una tarea tan tenaz y potente —y asimismo tan absurda— como la de Sísifo subiendo la peña hasta la cima y esta cayendo irremediablemente para que el torturado y castigado tenga que volver a alzarla eternamente.

Las drogas se consumen porque son deliciosas, porque nos causan alucinantes placeres y nos transportan a edenes que nos resarcen de una vida llena de represiones, frustraciones y mediocridad. Y no se haga el desentendido, querido lector, porque la droga que más consumimos en el mundo entero, pero con especial fruición y dedicación en Guatemala, es la cerveza, los rones y los aguardientes, uno de los psicotrópicos más potentes que se conocen, al alcance de la mano, sin receta.

Traigo esto a cuento porque —entre las muchas charadas que fue a decir, recientemente, nuestro Presidente a los Estados Unidos— está lo de la política de las drogas (sic) que muy acertadamente le corrigió Gonzalo Marroquín como política antidrogas. Esto, para quedar bien, el Presidente, con el Imperio; porque sabe que es un punto sensible para EE. UU., el del consumo de estupefacientes en su territorio y su tráfico para llevarlos hasta allá. Pero también aquí, porque Mr. Todd Robinson es medio especialista en el asunto, como lo demostró ya, antes de ocupar el cargo de embajador, en otro puesto diplomático en Guatemala.

Menudo lío en el que se quiere meter Aristónteles, totalmente in albis en torno a este diabólico aquelarre. Pocas cosas hay tan complicadas como el combate contra esta que es la plaga más perseguida a lo largo de la Historia y la más resistente y triunfadora.

El uso, abuso, distribución y adicción a los psicotrópicos no va a desaparecer ni se va a disminuir su empleo, ni en Guatemala ni en el mundo. Al contrario, cada vez se consumirán más, porque las razones por las que se emplean en vez de mermar aumentan. La gente tiene que agarrarse —drogas, religión, dinero— ¡a algo!, en un planeta lleno de miseria, de hambre, de guerras, de horrible lucha de clases como el nuestro, de gente sin tierra y sin esperanzas, mientras otros sacan las maletas llenas de dinero hacia Panamá —los Colom o los Portillo— o se compran yates y chalés de lujo, mientras que en los hospitales muere la gente asesinada por Juan de Dios —de Belcebú— y compañía.

En un mundo con tanta desigualdad y tanta corrupción, a toda escala, hay que agarrarse a algo o el desencanto y la desilusión nos harían llegar al suicidio. Surgen diversos refugios: la religión, las creencias, los dioses, acumular dinero y ser poderoso, hartarse o estar en facebook; ¡y las drogas, principalmente! Lo han dicho otros, no yo: la religión es una alucinación compartida (Freud) o las religiones son el opio del los pueblos (Marx); pero también el futbol, los tragos después del partido, las bolsas con pegamento, o, en el caso de los señoritos satisfechos: la cocaína, la marihuana o el Chivas, y el etiqueta negra, hasta despertar cuando culo fondeado no tiene dueño. Así pecamos y no lo sabemos.

Poca es la felicidad, la plenitud y la realización que podemos alcanzar. La vida es dolor, decía Schopenhauer. Y desde que aquellos parientes —cuentan los creyentes— fueron echados del Paraíso, para ganarse el pan con el sudor de la frente, el destino humano es la ansiedad, la angustia y la desesperación, depende de la suerte, de la vida, del destino social y la clase en la que a usted le tocó nacer.

Para terminar de dibujar el cuadro esperpéntico de la infelicidad humana, que se prende a las drogas para olvidar su destino, hoy se sabe que no es sólo el medio quien inclina al humano a su consumo, sino que es también la genética: y el informe que traemos en los cromosomas lo que define quién sí y quién no, será consumidor compulsivo.

¿Sabe algo de estos problemas de psicoquímica el actual Presidente de la República o, como en todo, oye campanas, pero no sabe dónde tocan? Siempre se le mira asustado, inseguro, desubicado

El comandante Tito Arias —engendro de marero y de genocida— quiso meterse con las drogas, encrucijada oscura que tiene más serpientes que la testa de la Medusa. Todos pensamos, ¡acertadamente!, que era para sembrar marihuana y amapola o coca en sus tierras de Chimaltenango o Izabal.

Don Jimmy no sabe de la misma la media ni nada de nada. ¿Está preparado el Presidente para navegar en un mar tan proceloso como el de llegar a crear una política antidrogas en Guatemala?, ¿o fue solamente una boquera más de las que se fue a echar los Estados Unidos?

No obstante y pese a que el Imperio conoce a fondo —a escala de sus científicos, no sé si de sus políticos— lo complicado que es la regulación del consumo de drogas, sus exigencias restrictivas, sobre el tráfico de ellas, es implacable. No quiere EE. UU. la facilitación ¡para nada de tal tráfico! Morales Cabrera debe conocer, ya que es en el Ejército, la Policía y mucho de la oligarquía guatemalteca donde la Medusa se echa ¿tiene los tamaños para luchar contra ellos o se hará la brocha y se dejará untar más la mano?

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