Opinion

El modelo francés, en el ojo del huracán

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Luis Fernando Cáceres Lima


El presidente francés François Hollande se ve atrapado entre la espada y la pared; por un lado, ha establecido mecanismos que, en su opinión, servirán para modernizar y reactivar la economía francesa —que vaya que lo necesita— y con eso alejarla del peligro de una grave recesión; al mismo tiempo, esto le ha encausado a un pulso de fuerza con los sindicatos de izquierda.

Muchos de los mecanismos que han sido instaurados, lo han sido por decreto, ya que ha resultado imposible pactar. Las protestas han detenido parte importante de los servicios.

Y; sin embargo, debo decir que mucho de la vida cotidiana en Francia sigue igual, inalterada, casi desinteresada, agregaría yo. El sábado pasado mientras caminaba por St. Germain, noté las calles adornadas con los ya acostumbrados globos rojos y blancos del CGT, que anuncian la salida a las calles de los protestantes. No mucho tiempo después, al ver la fuerza antichoque de los gendarmes y a los guardias de calle, decidí ordenar una bebida en un café y refugiarme de las manifestaciones. Al notar el humo rojo en la esquina y empezar a oír los canticos, supuse que tendría que pasar horas en aquel lugar, atrapado en los bloqueos. Y, a pesar de todo ello, la sorpresa del día fue precisamente lo raquítico de la columna de manifestantes. Acaso alcanzaba 200 personas. Más aún, me sorprendió la indiferencia de los locales que seguían, muy a la usanza parisina, simplemente sorbiendo sus cervezas, sus rosados y sus cafés, casi inmutados. Algunos comentaban una que otra disposición de Hollande, pero en general lo que imperaba era cierto tedio.

Aún así, la situación no deja de tener sus aristas de preocupación: Francia juega un papel muy importante en la Unión Europea. Si Hollande no logra controlar esto ahora, los paros bien podrían escalar rápidamente. Los sindicatos han previsto decenas de marchas en todo el país y el cierre de refinerías y centrales nucleares.

He ahí el frágil puente que debe atravesar Hollande: por un lado, queda claro que Francia, con su economía lastrada por un estado sumamente paternalista, no podrá evitar una severa crisis y, por el otro, debe comprar suficiente tiempo de los sindicalistas para poder lograr salvar sus reformas. De funcionar, esto bien podría ser el legado más importante de los gobiernos de los últimos 20 años y; sin embargo, todavía corre el riesgo de ser también el desastre social más grande en Francia en las ultimas dos décadas.

Lo que ocurre en Francia pasa de ser solo una cuestión interna. Todo esto debe verse en el contexto en el que se da. Quedan muy pocos días para el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE y un trozo fundamental del proyecto europeísta se desgarra en torno al modelo social y laboral que tendrá en los próximos años. Al tiempo, la ultraderecha observa con deleite cómo la izquierda y centroizquierda se despedazan con las elecciones presidenciales de 2017 a las puertas. Pedir diálogo y moderación, por retórico que suene, es la única salida a una complicada crisis que amenaza con afectar a las propias instituciones francesas.

 

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