Opinión

La inercia es una creación

RENZO ROSAL

Renzo Lautaro Rosal


El Estado pasa por sus peores momentos, experimenta poca velocidad y el impulso central es la inercia que proviene de la coyuntura. Las instituciones del Ejecutivo funcionan a poca velocidad, incluso hay dependencias donde por meses no se ha tomado decisión alguna. La dinámica es visible en las unidades que tienen a su cargo tareas ingentes, por ejemplo, en materia de seguridad ciudadana, cobro de impuestos, servicios de salud y prestación de servicios educativos. El Congreso se mueve por el impulso que recibe desde fuera y la energía impredecible de su presidente; el sistema judicial responde a la presión que ejercen los casos recientes y la fuerza de la opinión pública. Aunque esa escasez de movimiento responde al miedo que circunda por todos lados, que contagia con facilidad; también es cierto que responde a algo más.

Ese algo es la tendencia que comienza a reproducirse desde los vectores que desean instalar la contracorriente. Si se continúa por el camino, no quedará santo parado. El maremoto agita, incluso, a sectores que se las llevaban de superprotegidos, producto de la aceitada que dieron al sistema durante décadas. Hasta esos eslabones comienzan a fallar. Supuestos operadores que se encargaban de manejar los hilos ahora están en las cárceles o en las listas de espera. Ese es el tipo de mensajes que articulan los poderes fácticos, ahora envalentonados para poner fin a los vientos huracanados. Es el acecho de los buitres, el intento de nuevo festín de los roedores, los habitantes de bajos mundos.

La inercia es un propósito, resultado y medio a la vez. No es posible crear remolinos cuando el ambiente se caracteriza por estar envuelto en otros movimientos. Pausar e incluso detener las máquinas, para que se enciendan, pero por el lado contrario, esa es la consigna. Cuando eso sucede, las fuerzas de una sociedad que han caído en la trampa se preguntan cómo hacer para poner en funcionamiento lo que estratégicamente se silenció. Aparecen entonces las respuestas diseñadas previamente: se necesita el retorno a la escena de los que saben de los sistemas de inteligencia para desbaratar los cambios nocivos, hay que parquear a los saboteadores, los que quieren impulsar cambios y amenazan lo que por largo tiempo se edificó. De allí en adelante, a recuperar las instituciones hoy perdidas, como el Ministerio Público, la SAT, la PDH. Ese impulso requiere que el novato presidente caiga en la estrategia del susto, acepte que es necesario retornar a las circunstancias previas a 2015 y apueste por el retroceso hacia la estabilización (el salto hacia atrás). De lo contrario, a seguir apretando la inacción; asustar con que más combate a la corrupción es igual a desempleo y menor inversión; si se llenan las cárceles de políticos, empresarios y exmilitares, los males serán mayores.

Por mucho tiempo hemos tenido a nuestro alrededor vendedores de humo; estos siguen existiendo y proliferando. Esa capacidad de reproducción a pesar de las circunstancias, obedece a la persistencia de las fuerzas de resistencia que encuentra un clima favorable cuando el tren carece de locomotoras y conductores capaces de llevarnos por rutas razonablemente con sentido (destinos creíbles). Ante tal carencia, los diestros del inframundo despliegan sus capacidades, llegando al extremo de dejar las sombras para aparecer con total desparpajo ante la visibilidad que los reconoce y acepta sin recato. Aceptar esta tendencia que goza del beneplácito de los poderes de siempre y también de los actores emergentes, nos pasará una enorme factura como sociedad. Sus primeras consecuencias están sucediendo cuando se rearticulan los sistemas de inteligencia, cuando personajes oscuros comienzan a operar desde el Congreso y algunas municipalidades, cuando desde la Presidencia de la República se les protege, anima y apoya; cuando representantes del sector económico crean sus propias estructuras de inteligencia privada porque se sigue despreciando lo estatal. Vaya formar de hablar de futuro, cuando en esencia se quieren pasados.

El Estado pasa por sus peores momentos, experimenta poca velocidad y el impulso central es la inercia que proviene de la coyuntura.

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