José Alfredo Calderón: Por qué el sistema y no las personas – Crónica
Opinión

José Alfredo Calderón: Por qué el sistema y no las personas

José Alfredo Calderón

Historiador y Analista Político

Recientemente efectué una provocación en aulas y redes a propósito de esta creencia generalizada de que si ponemos a una persona buena en determinado puesto, las cosas cambiarán, ignorando el hecho que muchas personas “buenas” se han corrompido o simplemente cambian al llegar a ese determinado puesto. Este mundo aspiracional de buenas intenciones, no es nuevo. Como tampoco lo es la perversión de poner a testaferros, títeres o representantes al frente de un puesto, sin que éste tenga mayor margen de acción. Desde la independencia formal[1] de Guatemala, se pensó mucho en la persona adecuada para que las cosas no cambiaran, y fue así como dispusieron dejar a Gabino Gaínza, que el 15 de septiembre amaneció como representante de la Corona Española y horas después ya era el Presidente de las Provincias Unidas de Centroamérica, sin que para el efecto, haya cambiado absolutamente nada en el Reino.

El culto a las personas y la sobredimensionalidad de sus alcances, se fue gestando y fortaleciendo a lo largo de nuestra historia política, cuando en realidad, el sistema es generado por un grupo de poder que lo blinda para su reproducción, descansando en las figuras políticas, cierto aire mesiánico y todopoderoso. Rafael Carrera, Justo Rufino Barrios, Jorge Ubico simbolizaron la fuerza y el control centralizado del poder, el cual descansaba más bien, en determinados grupos económicos. Los criollos –por ejemplo– realizaron la “independencia” y su sueño de la “Patria Grande” –construido a lo largo de la Colonia– , fue cristalizado con la Revolución Liberal de 1871, al sentar las bases del actual Estado Nacional: La Patria del Criollo. Las dictaduras cafetaleras (1871-1944) rindieron culto no solo a Barrios sino a Estrada Cabrera[2] y Ubico. Otro suceso paradigmático de basar en las personas el futuro político lo tenemos en el Dr. Juan José Arévalo, cuya venida apoteósica (muy bien preparada por cierto), adquirió detalles mesiánicos, al extremo que su sola mención –después de su mandato– provocó una serie de sucesos que culminaron con el golpe de Estado del 31 de marzo de 1963 que llevó al coronel Peralta Azurdia a la jefatura de Estado. Y el culto a las personas continuó con el mal llamado “Tercer Gobierno de la Revolución”, pretendiendo que Julio César Méndez Montenegro provocaría esta gesta con su sola presencia[3].

Luego se vendió la idea de la “Solución Nacional” en la figura del “Pacificador de Oriente”: El coronel Carlos Manuel Arana Osorio. La historia sigue con la “adopción” por parte de la izquierda democrática, del ex director de la Escuela Politécnica: Coronel José Efraín Rios Montt en 1974, que de izquierda no tenía absolutamente nada. Vinicio Cerezo (1986-1991) se vendió como otro salvador, siendo éste el único lugar donde un partido internacional, reconocido en todo el mundo como de derecha (DCG), aquí es señalado como de “izquierda”.

Arzú, Portillo, Colom y Pérez, en su momento, fueron vistos como las personas que cambiarían Guatemala. Pero todos estos personajes no eran el Poder sino representaban los intereses de determinados grupos económicos.[4] Es decir, los dueños del “país”, diseñaban y blindaban el sistema, mientras sus administradores (Ejército y “clase política”) lo implementaban a como diera lugar, utilizando la fuerza en la mayoría de los casos.

Cuando uno revisa las redes sociales, los artículos de opinión, los comentarios en medios de comunicación y reuniones sociales, todo parece girar en torno a la venida de un salvador, de una persona que con su sola presencia cambie las cosas. Este mundo aspiracional plagado de buenas intenciones, ignora por completo el hecho de que la causa y piedra fundamental de nuestros males es el sistema y no las personas que ocupan –temporal y representativamente– los puestos públicos. El “silogismo” (tanto de perversos como incautos) es el siguiente: “Las personas hacen el sistema, ergo, si las personas cambian, el sistema cambia.”

Utilicemos la herramienta de la dialéctica para explicar el por qué este silogismo es falso. Efectivamente, un grupo de poder (personas) genera un sistema, en este caso perverso, el cual reproduce personas perversas para, a su vez, reproducir el sistema. Si las personas NO perversas no logran cambiar ese sistema, la reproducción del mismo se da ad infinitum. De tal forma que, cualquier elección, en cualquier espacio, garantiza que sea Juan, José, Pedro o María, las cosas no cambian hasta que OTRO grupo de personas las cambian para generar otro sistema que a su vez reproduce personas con otra cultura, ideología y valores. De esta cuenta, en ULTIMA INSTANCIA, el sistema determina la dinámica política (para el caso específico del sistema político). Es por ello que el término “depurar” no tiene ningún sentido, si lo que se quiere son cambios estructurales de fondo. Se pueden cambiar los 158 diputados pero mientras el sistema no cambie (empezando por la LEPP), sus sustitutos serán iguales o peores, como la práctica lo ha demostrado.

¿Qué se necesita? Que los no perversos e indignados se unan y formen un movimiento que incida de tal forma, que los cambios gatopardistas cesen y se logre un nuevo sistema político que, además de las formas de elección y financiamiento, promueva nuevos valores y una nueva forma de hacer política. ¿Lejos? Sí, pero no imposible.

 

 

[1] Ya es ampliamente conocido que la independencia real la gestó la familia Aycinena antes del 15 de septiembre de 1821, por lo que la fecha que conocemos como emancipación política de España, fue solo una formalidad para implementar el plan previo de los comerciantes criollos.

[2] Aunque cuando les terminó de servir lo defenestraron vergonzosamente, al extremo de declararlo interdicto para separarlo de la Presidencia.

[3] Ahora ya se conoce la forma vergonzosa en la que él y funcionarios del Partido Revolucionario suscribieron el famoso “CONCORDATO”, con el poder fáctico real: El Ejército. Fue tal el culto a la persona, que el candidato inicial era Mario Méndez Montenegro, pero al fallecer buscaron a su hermano que llevaba los mismos apellidos, para “facilitar” que la gente votara en favor del PR.

[4] En Guatemala es imposible que alguien llegue a la Presidencia sin el aval y financiamiento del Poder Económico. Por eso la descripción gráfica de “democracia”, cuando se dice que la gente no elige sino solo vota por candidatos que otros escogieron.

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