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ENFOQUE//Transporte público, problema insoluble

Gonzalo Marroquín Godoy

Guatemala ocupa el 9º. lugar como “región metropolitana” –la ciudad y los municipios vecinos– más grande de Latinoamérica, pero es la única dentro de las 20 más importantes, que no cuenta con un sistema de metro y el transporte público sigue siendo insuficiente para atender las necesidades y, sobre todo, para contribuir a que se pueda resolver el grave problema del congestionamiento de tránsito.

Ahora que ha salido a luz la corrupción en torno al maltrecho proyecto del Transurbano –el cual ni siquiera ha alcanzado la cobertura anunciada en 2010–, se pone en evidencia la incapacidad de las autoridades municipales para atender un servicio que forma parte de sus responsabilidades y, lamentablemente, ha sido permanente foco de corrupción.

El sistema ha sido foco de corrupción y sigue sin alcanzar el nivel mínimo que requiere cualquier “ciudad del futuro”.

No todo el mundo lo tiene claro, pero el transporte público ha sido subsidiado desde el gobierno de Vinicio Cerezo (DC) –1986–, cuando ya era alcalde el actual jefe edil, Álvaro Arzú. Desde entonces se han puesto parches a este servicio, pero sin llegar nunca a una solución integral que alcance además a las vecinas “ciudades dormitorio”, como Villa Nueva, Mixco, Santa Catarina Pinula y demás municipios que forman la “región metropolitana”.

Ese subsidio, que es poco fiscalizado por las autoridades municipales, ha servido para el enriquecimiento de algunos transportistas que incluso lo cobran sin poner en funcionamiento una o algunas de sus unidades. Ese ha sido un tema recurrente en la prensa nacional, sin lograr que se camine en la búsqueda de una solución definitiva a un problema que ha alcanzado niveles desgastantes para usuarios y vecinos en general.

El Transmetro ha demostrado ser bastante funcional, pero su desarrollo ha sido lento, al extremo que solo crece en sus ramales en los años pre electorales, cuando es oportuno ganar votos con el “desarrollo” del sistema, sin tomar en cuenta el crecimiento de la demanda y la necesidad de hacer algo más integral con los municipios vecinos, si es que se quiere bajar el número de automotores que ingresan a la capital.

Lo que el Transurbano ha dejado al desnudo es la forma en que se manejan los negocios en el sector público. Por un lado se da el financiamiento corrupto denunciado por el MP y la CICIG, y por el otro se crea una empresa de transporte que se beneficia con eso, pero las concesiones de las líneas se hacen de manera más que anómala ¡a dedo! muy al estilo de las concesiones y privatizaciones que se hicieron durante la administración presidencial de Arzú.

La movilidad en la ciudad es asfixiante. Ningún proyecto serio para cambiar esto está en alguna etapa avanzada de planificación, lo que supone que la situación se hará más caótica los próximos años.

Corrupción en el Transurbano –que tampoco se ha desarrollado adecuadamente en su cobertura–, Transmetro limitado y cero o casi inexistente conectividad del transporte público con los municipios vecinos, son la inexplicable política para tener la famosa y prometida “ciudad del futuro”, que sí han sido capaces de construir en otras latitudes.

Hay que ser muy claro en señalar que mientras no se resuelva el problema de transporte público no se puede esperar –de ninguna manera– una mejora sustancial en la circulación vehicular. Se pueden hacer más pasos a desnivel y tomar algunas medidas alternativas de tránsito, pero el problema de fondo permanece por la falta de visión, de transparencia y de planificación urbana.

Ciudades mucho más pequeñas, como Panamá y Santo Domingo (República dominicana), ya trabajan en la construcción de su metro. Lo hacen para evitar que el caos les llegue hasta el cuello. ¿Y nosotros…?.

El Estado lleva gastados más de mil millones en subsidio desde 1986, pero el resultado no ha sido el esperado. De hecho, ni siquiera se brinda un buen servicio y los famosos “tomates” o viejos buses siguen cobrando subsidio como si fueran unidades modernas y cómodas.

Por supuesto que esto forma parte de aquella “vieja política” que algunos todavía defienden y la que quisieran alargar más, porque para ellos seguir en la cosa pública es continuar mamando de una vaca que les ha dado muy buena leche. El tiempo pasa, los recursos se esfuman y el transporte público sigue por la calle de la amargura.

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