Editorial

Editorial: Pruebas claras de un sistema fallido

CRONICA LOGOPlazaMayor: 


La historia política de Guatemala ha estado marcada por dictaduras, regímenes militares y, escasamente, algunos períodos democráticos en los que han tenido protagonismo los partidos políticos, particularmente el que hemos vivido entre 1985 y la actualidad.

Las organizaciones políticas deben ser interlocutores del pueblo, instituciones que canalicen corrientes ideológicas o de pensamiento, con el fin de promover un eficiente funcionamiento de la democracia, haciendo que mayorías y minorías estén debidamente representadas en los poderes del Estado.

La Ley Electoral y de Partidos Políticos (LEPP) debiese ser el marco legal que norme esa interlocución y promueva que a lo interno las instituciones tenga una vigencia democrática. Y es aquí, en la legislación, en donde empezamos a ver las causas de que el sistema político sea fallido y que no responda, en lo más mínimo, a los intereses de la población.

La LEPP, aprobada en 1985 y reformada en dos ocasiones, ha mostrado hasta la saciedad que no es funcional, que no fortalece el sistema político y, por el contrario, cierra las puertas a la democratización y las abre para la corrupción, el caciquismo, y el mercantilismo político, entre otros grandes males.

La falta de resultados del Estado, en materia de desarrollo socioeconómico y justicia, no es más que el producto de ese fracaso de los partidos políticos, casi todos inmersos hoy en día en una caída sin freno que, además, arrastra al país a un peligroso despeñadero.

Las evidencias están a la vista. Históricamente se ha comprobado que todos los partidos que han gobernado, han muerto o entrado en procesos de lenta agonía. La lista no es corta: DC, MAS, PAN, FRG, Gana y ahora PP y Líder —que no llegó a gobernar, pero que está en vía de extinción—.  La UNE se ha salvado del descalabro absoluto, pero seguramente requerirá de mucha habilidad y suerte para no sumarse a los mencionados.

La primera razón ha sido que después de hacer gobierno han sido castigados con el voto popular en la siguiente elección y en la subsiguiente, más notoriamente. Una de las causas más recurrentes ha sido la corrupción evidente en cada una de las administraciones.

Además, los partidos se organizan con fines exclusivamente electoreros. No tienen dirigencia capacitada, ni mucho menos equipos de trabajo eficientes y probos. En vez de eso, se ha visto improvisación en casi todos los casos, al tiempo que llegan al Congreso representantes de mala calidad y sin una visión integral de país. Se vuelven parlamentarios con dos fines: su interés particular —corrupción— y responder a los intereses partidarios, muchas veces ligados a fines espurios, como ha quedado al desnudo con los famosos escándalos que han destapado el MP y CICIG.

Ni gobernantes ni legisladores han trabajado con seriedad a favor del pueblo y el país. Por eso, la última reforma a la LEPP no fue profunda, porque ellos mismos —los diputados, representantes de la clase política— no han querido reformar el sistema, solamente han realizado un maquillaje que, aunque engañó a algunos, no detiene la caída que ellos mismos han provocado.

Fallido es todo aquello que no da los resultados esperados. Nuestro sistema político está fallido desde hace mucho y ahora no queda más que esperar para ver lo que sucederá, porque lo que está a la vista es una especie de huracán que arrastra a la mediocre clase política. El Congreso es el mejor reflejo para evaluar la situación. Pocos partidos importantes se salvan de salpicarse con las famosas plazas fantasma, que son otra de las pruebas que evidencian que el interés de los políticos no es otro más que el enriquecimiento ilícito e inmediato.

De cara al futuro, cabe esperar que el presidente Jimmy Morales pueda impulsar —y ojalá se logre— la aprobación de cambios de fondo para una nueva reforma, con la esperanza de que, entonces sí, se inicie la construcción de un sistema político diferente y eficiente. Ese es un reto que tenemos como nación, porque, de lo contrario, nuestros males se mantendrán o volverán pronto aquellos que ahora se combaten, como la corrupción y la impunidad.

Casa de citas

Enrique Jardiel Poncela 

(1901-1952)

Escritor español

Los políticos son como los cines de barrio, primero te hacen entrar y después te cambian el programa.

La llamada clase política se ha olvidado de la verdadera responsabilidad que tiene con la sociedad, por eso la actividad se ha vuelto blanco de criticas en todo el mundo.

Abraham Lincoln 

(1808-1865)

Político estadounidense

Hay momentos en la vida de todo político, en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios.

Este pensamiento es aplicable al momento actual en Guatemala, porque la sociedad demanda un cambio de la dirigencia política nacional.

Winston Churchill

(1874-1965)

Político británico

El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones.

El problema de la mayoría de países es que son pocos los políticos que en realidad alcanzan el nivel de estadistas, piensan electoreramente casi siempre.

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