Opinión

¿De qué democracia hablamos…?

Gonzalo Marroquín Godoy


 

 

 

Gonzalo Marroquin (3)

El próximo 6 de septiembre estamos convocados para acudir a las urnas nuevamente. Desde 1984, hemos ido a una elección de Asamblea Constituyente, 7 presidenciales y dos consultas populares sobre reformas constitucionales. Han sido ejercicios democráticos que han marcado –para bien o para mal– el rumbo que el país ha tomado en este ya largo y consolidado proceso.
Como cualquier estudioso de ciencias políticas sabe, la democracia es el sistema por medio del cual el poder debe ser del pueblo, y el poder elegir es la mejor expresión que se tiene. Sin embargo, debemos reconocer que cuando el sistema falla, cuando el sistema es manipulado por fuerzas oscurantistas, el resultado es que la democracia funciona mal, con resultados como los que nosotros estamos viviendo.
Ya era común que en algunas de las elecciones pasadas, el sentimiento de votar por el menos malo era generalizado; sobre todo, entre los sectores de población con mayor educación y comprensión de la realidad y lo que hay detrás de los partidos políticos. El desgaste se hizo cada vez más notorio, hasta el gran descalabro.
Serrano fue una alerta temprana. Lo resolvimos y seguimos adelante… ¡en la misma dirección! Repasando los hechos, reviviendo los momentos noticiosos, y a la luz de todo lo sucedido, hay que reconocer que todos en general, tenemos un poco –o mucho– de culpa, ya sea por acción u omisión. Unos porque se enriquecieron y corrompieron el sistema, otros por dejar que sucediera y por tolerar a los corruptos o por formar parte, directa o indirectamente, de esa corrupción.
Ahora tenemos que elegir. Al menos ya sabemos qué clase de clase política tenemos. Por lo menos, hay claridad en que la mayoría de políticos han encontrado y/o buscan en esta actividad el enriquecimiento, el servirse del país, en vez de servir desde la administración pública.
En una democracia que se precie de serlo, el pueblo puede elegir. Nosotros, en realidad, no tenemos esa oportunidad. Las encuestas nos dicen que, votemos por quien votemos, tendremos, más o menos, el mismo resultado. Puede ser uno(a) perfectamente representativo del sistema, o un improvisado. Estamos en una democracia en la que los partidos políticos no nos han dado opciones de cambio.
Entre los 14 candidatos fueron pocos –ninguno de manera contundente– los que se atrevieron a criticar al sistema. La mayoría no podía hacerlo, simplemente porque son parte de él, porque son tan responsables de este descalabro como los anaranjados del PP. Ni el verde ni el rojo serían demasiado diferentes a lo que hemos visto estos últimos años.
Manuel Baldizón, en caída libre, fue un estrecho aliado del PP. Esa será una factura más que pagará en las ur-nas. Sandra Torres no tuvo precisamente un feliz y transparente paso por el Gobierno. Y la opción que ahora entusiasma a muchos, no es más que una improvisación rodeada de dudas, por la que nunca votaría una mayoría si no fuera por esta coyuntura que se está produciendo.
Como en los chistes, tenemos una buena y una mala notica. La mala es esa, que votemos por quien votemos, habrá muchísima frustración. La buena, es que si bien la clase política no ha cambiado, la ciudadanía parece ahora más consciente, más dispuesta a no dejar que la democracia se siga extinguiendo.
No me canso de advertir que no hay que pedir que este Congreso apruebe la reforma a la Ley Electoral que se ha planteado. ¡Es insuficiente! No provoca ningún cambio profundo, como el país requiere y el pueblo merece.
Vinicio Cerezo dice que la democracia nos la ha robado la oligarquía y las familias poderosas económicamente. Es una verdad, pero convenientemente muy a medias. En ese robo han intervenido militares, el crimen organizado, empresarios emergentes y la sociedad en su conjunto. Pero la mayor responsabilidad –y eso, ¡por supuesto!, no lo dice un político como el expresidente– es de la clase política, de los gobernantes inútiles y de la dirigencia aprovechada de los partidos políticos. Ellos se han vendido a los otros, ellos han prostituido una de las funciones más importantes para que la democracia florezca.
No es justo que nuestra opción a elegir se limite a más de lo mismo. Se limite, como hemos venido haciendo, a votar por el menos malo, a votar en contra de… Hace poco escuché a un prestigiado analista político diciendo en la radio que hay que acudir a las urnas para votar en contra de la peor opción. ¿Qué clase de democracia nos está quedando?
Ojalá que después del 6 de septiembre el movimiento ciudadano se encauce mejor en cuanto a las exigencias. Se ha logrado la renuncia de los mandatarios. La justicia empieza a enderezar sus pasos, pero los políticos aún creen que pueden manipular a la sociedad con la aprobación de leyes mediocres.
El Gobierno interino que queda debe entender que está al servicio de los ciudadanos. Se le puede presionar para que haga mejor las cosas. Y al que llegue el 14 de enero, que las siga haciendo con el mando de los ciudadanos. La votación no es más que la fachada formal de la democracia.
El Gobierno interino que queda debe entender que está al servicio de los ciudadanos. Se le puede presionar para que haga mejor las cosas.

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