Cultural

1871: Jesuitas se convirtieron en malqueridos

Pie de grabado:  El papa Clemente XIV aparece en la gráfica firmando la extinción de la Compañía de Jesús como orden religiosa. Logró sobrevivir en Rusia y otros países de Europa, hasta ser reconocida tiempo después por Pío VII.

La Compañía de Jesús (jesuitas) fue expulsada en tres ocasiones de Guatemala: la primera, en 1767, por el Rey de España Carlos III, quien los sacó de todos los territorios de la Corona en América; la orden religiosa regresa en 1834 por aprobación de la asamblea legislativa, dominada por los conservadores, que dos años después ordena de nuevo su expulsión y; la tercera, la más conocida, es la que ordena Miguel García Granados en 1871, tras una persecución que inició Justo Rufino Barrios.


Redacción de Crónica


La Compañía de Jesús llegó a Guatemala en 1582. Los sacerdotes jesuitas se dedicaron a de inmediato a la educación y fundaron varios colegios, hasta llegar a ser la más importante orden religiosa en ese campo, pero también incursionaron en actividades económicas, hasta convertirse, por momentos, en una de las órdenes religiosas más influyentes del país.

Pero su estadía en el país ha transcurrido en medio de vaivenes políticos, que les han llevado a sufrir tres expulsiones, la más radical de ellas fue en 1871, producto del desprecio que sentía hacia la Compañía el general  Justo Rufino Barrios, quien inició su persecución y acoso, hasta lograr su salida tras varios meses de zozobra.

Pero antes de eso, la suerte tampoco había acompañado a los jesuitas.

En 1767, el rey español Carlos III ordenó la Pragmática Sanción, la expulsión de la Compañía de Jesús de todos los territorios de ultramar —América, incluida—, y la expropiación de todos su bienes. Esto ocurrió poco antes de que el papa Clemente XIV suprimiera en 1773 a los jesuitas como orden religiosa, suspensión que se prolongó hasta 1814 cuando Pío VII la restableció.

La Compañía volvió a Guatemala en 1843, por medio de una autorización expresa dictada por la Asamblea Legislativa. Su estadía entonces resultó breve, porque se produjo algo insólito, cuando la misma Asamblea ordenó su segundo destierro de Guatemala. Este evento histórico es poco conocido y fue sorpresivo, porque se realiza durante el gobierno conservador de Rafael Carrera.

El nuevo retorno se produce el 7 de junio de 1851, cuando el presidente Mariano Paredes, quien estaba interesado en un acuerdo con el Vaticano, permite su ingreso y pide el apoyo de los jesuitas en los procesos educativos que intentaba mejorar.

Luego vinieron dos décadas de actividad de los jesuitas en relativa calma, hasta que esta terminó con el triunfo del movimiento liberal en 1871.

Barrios no los quería

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Justo Rufino Barrios fue perseguidor de los jesuitas en Guatemala, hasta que logró su expulsión bajo el régimen liberal de García Granados.

Con el Acta de Patzicía —5 junio de 1871— se declara Presidente Provisorio a Miguel García Granados, quien mostraba una postura de neutralidad en el tema religioso-educativo. Según el historiador estadounidense Hubert J. Miller, el presidente aseguró al arzobispo de Guatemala, Bernardo Piñol y Aycinena, que el levantamiento liberal no era anticlerical y que el arzobispo continuaría gozando de todas las garantías religiosas.

Aparentemente esa la postura del gobernante, pero no cabe duda en las filas liberales había un clamor por reformas religiosas, y uno de sus caudillo, Barrios, era el más empeñado en ello.

Para fortalecer militarmente el movimiento liberal, García Granados nombra como comandante militar de Los Altos al general Barrios, quien se traslada a Quetzaltenango, en donde La Compañía tenía una modesta presencia, con una parroquia y una escuela a su cargo. El militar aprovechó su poder e influencia política para que los jesuitas fueran expulsados por el Ayuntamiento. Todo ocurrió en medio de una fuerte campaña en contra de los religiosos desde el periódico El Malacate, que se imprimía en una imprenta propiedad de quien más tarde sería llamado El Patrón  o El Reformador.

Barrios negó siempre que hubiera presionado al Concejo Municipal, pero al poco tiempo hubo una resolución en los mismos términos del ayuntamiento de Totonicapán, que incluso llegó a pedir a García Granados que la expulsión fuera también de la capital.

Los once jesuitas que vivían en Quetzaltenango recibieron la orden de salir el 12 de agosto, pero debían hacerlo a las 3:00 de la madrugada del día siguiente, para evitar las protestas de católicos y conservadores. El arzobispo Bernardo Piñol hizo poco para protestar ante las autoridades en Guatemala, pero lo sucedido provocó una campaña de ataques y defensas por medio de volantes y panfletos. El equivalente a lo que hoy son las redes sociales.

Incluso Miller, en su ensayo La expulsión de los jesuitas de Guatemala en 1871, la llega a calificar como la guerra de los volantes, que sirvió para influir en las decisiones de García Granados.

El superior de la orden, Francisco de San Román, reclamó al Presidente por el comportamiento arbitrario e ilegal  de Barrios, a lo que se sumó la recolección de unas 400 mil firmas a favor de los jesuitas, todo lo cual no hizo más que unir a los liberales y promover actos de represión contra autoridades municipales que se mostraban contrarias a la expulsión —Villa Nueva y Amatitlán—.

El Presidente Provisional tenía un problema sobre sus espaldas, porque al haber declarado ilegal la presencia de La Compañía en Quetzaltenango y Totonicapán, cabía preguntarse si no habría que expulsarlos de nuevo del país. Además, García Granados conocía la fuerza de Barrios entre los liberales.

Algunos historiadores apuntan a que los conservadores aprovecharon la situación de efervescencia y confrontación que se estaba creando en torno a los jesuitas, y preparaban acciones contra los liberales.  Lo cierto es que el ambiente era tenso, y eso forzó al Presidente a tomar la decisión: expulsar a la Compañía.

Al igual que se había hecho en Quetzaltenango, se buscó que se cumpliera la expulsión sin publicidad y por sorpresa. No hubo decreto escrito, y únicamente se encargó al comandante militar de Guatemala, Manuel Cano Medrazo, que trasladara verbalmente la orden que, según Miller, transmitió así al superior de los jesuitas en el país:

Por disposición del ministro de Guerra, tengo el honor de invitarle para que mañana por la mañana, a las 4 en punto, usted y todos los sacerdotes jesuitas, novicios y hermanos legos del Colegio Tridentino, hagan las preparaciones necesarias para salir hacia el puerto de San José y embarcarse allí en el barco que sale para Panamá el 5 del mes en curso. El ministro de Guerra me ha pedido informarle de esta orden del Presidente Provisorio, y les deseo a Ud. y a los jesuitas, un feliz viaje.

En total, 72 religiosos abordaron aquel barco, en el que también viajaba el depuesto presidente Vicente Cerna, quien había defendido la causa jesuita.

Efectos y avance liberal

Al día siguiente de la expulsión, García Granados ofreció una explicación pública, según la cual, la Compañía se oponía a los conceptos de libertades y había favorecido  los movimientos conservadores que se estaban organizando en el oriente del país.   Ese mismo día, ordenó a Barrios que sofocara cualquier levantamiento opositor.

El militar aprovechó el momento para atacar a los religiosos, de quienes dijo: el verdadero sacerdote de la religión del Crucificado siempre nos dirá: amaos los unos a los otros. Pero estos nos dicen: odiad al que no os quiere y no reparéis en los medios de combatirlo.

Las autoridades liberales intentaron vincular a los jesuitas con los movimientos antiliberales, aunque lo que parece más claro es que fueron los conservadores quienes aprovecharon el malestar que el gobierno estaba provocando por la persecución en contra de los religiosos.

Según Miller, aun cuando Barrios y los liberales que lo apoyaban promovieron muchos cargos tradicionales contra los jesuitas, toda la evidencia señala que los jesuitas fueron las víctimas de una lucha por el poder político dentro de las filas liberales.

Finalmente, Justo Rufino Barrios se convirtió en el 9º. presidente de Guatemala el 4 de diciembre de 1873. Bajo su mandato se derogó el Concordato de 1854, según el cual el Estado se comprometía a respetar y resguardar la propiedad privada de la iglesia católica. El Gobierno, además, expropió gran cantidad de edificios educativos religiosos, así como conventos y otras propiedades de diferentes órdenes.

Retorno

Debieron transcurrir 64 años para que en 1937, la Compañía de Jesús volviera al país y gozara de todas las libertades religiosas que la Constitución garantizaba entonces. Lo primero que tuvieron a su cargo fue el Seminario Arquidiocesano, pero pronto volvieron con el desarrollo de sus proyectos educativos.

La situación no fue del todo tranquila para los jesuitas en Guatemala, porque nuevamente hubo tensión con los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz, que mantuvieron posturas cercanas a los liberales en materia religiosa.

Una anécdota curiosa apunta que una nieta de Barrios hizo un donativo de US$350 mil para la construcción de un ala de lo que hoy es el colegio Liceo Javier.

Desde 1961 funciona bajo la dirección de los jesuitas la Universidad Rafael Landívar, considerada una de las mejores del país.

 

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