Opinión

Luis F. Linares López: UN AUTÉNTICO GENTILHOMBRE

Luis F. Linares López

Cuando mi querido amigo Oscar Rivas Sánchez me llamó el 19 de noviembre para que trasladara sus condolencias al equipo de ASIES por el fallecimiento del Lic. Carlos Escobar Armas, uno de nuestros ilustres fundadores, me comentaba que una faceta que siempre distinguió a Carlos era su amabilidad, su trato como caballero, aunado a su natural modestia. Ciertamente era un hombre afectuoso, espontánea y naturalmente entrañable. Unos días después, previo a la Misa de nueve días, hacía comentarios similares otra querida amiga de ASIES, Magalí Quintana, y le decía que no cabe duda que se trataba de alguien que merecía, como pocos, ser llamado un gentilhombre. A lo cual me respondió que aunque es una palabra usada en tiempos pretéritos, era más que adecuada para describir una de las tantas facetas de este gran guatemalteco.

Carlos era personaje polifacético, a más de ejemplar. Ejemplar como hijo, esposo, padre, abuelo y bisabuelo. Ejemplar como compañero de trabajo, como jurista, político, académico, maestro, diplomático, pues fue todo eso y mucho más. Ejemplar como hombre de fe. Como católico que a lo largo de su dilatada existencia mantuvo una inquebrantable coherencia entre sus creencias y sus actuaciones en todos y cada uno de los ámbitos donde le tocó desenvolverse.

Su tesis de graduación en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de San Carlos, allá por los años 50, se tituló “Deontología jurídica”. Sobre la rama de la ética referida a los deberes de la persona en el ejercicio de una profesión o actividad. En este caso la del jurista, que invariablemente debe propugnar por la justicia y la plena realización de la persona humana, a través del ejercicio y respeto de sus inalienables derechos. Donde la ley encuentra su razón de ser en la búsqueda y la realización de perennes valores.

La tesis no fue un requisito para obtener el grado académico. Fue un plan de vida. Una hoja de ruta de la que no se apartaría nunca. El concepto lo tenía grabado en la mente. Cada vez que era necesario insistía que más importante que el ser –objeto de estudio de la ontología – era la deontología – el deber ser – porque es lo que legitima y da sentido a la vida, a la actividad donde la persona se desenvuelve

Fue también uno de los fundadores de la Democracia Cristiana en Guatemala. Allá por los años 50. Su pensamiento político encontró la fuente de inspiración en la Doctrina Social de la Iglesia Católica, que ofrece orientaciones para organizar la vida en sociedad a partir de los principios éticos, de la dignidad de la persona humana, la solidaridad y la libertad. Dedicó los últimos años de su vida al trabajo en ASIES, insistiendo cada vez que lo consideró oportuno, en la necesidad de renovar y fortalecer el compromiso con los propósitos que le dieron origen. Era una inagotable fuente de saber, siempre dispuesto a compartir e iluminar.

El sacerdote que tuvo a cargo la homilía – de quien lamentablemente no pude conocer su nombre antes de escribir este sencillo homenaje – señaló que entre sus muchas virtudes destacaba su honestidad. Un hombre honesto que luchó por una Guatemala honesta.

Hace un par de días alguien decía, en un vano y torcido intento por justificar lo injustificable, por defender el status de corrupción que se resiste a claudicar, que la política puede separarse de la ética, pues lo importante son los fines, las razones de Estado, el mantenimiento del poder. Sin embargo, ese nefasto relativismo es el que puede hacer que la esperanza surgida hace tres años, sobre la posibilidad de extirpar el cáncer de la corrupción, que corroe las entrañas de la sociedad, se desvanezca y pronto no sea más que un agradable pero inútil recuerdo.

Por ello el mejor tributo que podemos hacer a su memoria es continuar propugnando por una Guatemala donde no haya divorcio entre la ética y la vida social, política y económica. Donde la consecución del bien común, la realización de la justicia en todo el amplio y variado sentido del término, desde la conmutativa hasta la social, sean el propósito principal de todos los que se dedican o quieren dedicarse a los asuntos públicos. Donde la probidad deje de ser una palabra útil para el discurso, pero fastidiosa a la hora de ejercer el poder. Finalmente, nos sentimos dichosos y honrados de haber tenido la oportunidad de compartir en tantas ocasiones con una persona como Carlos, con la certeza que ya ocupa el lugar que el buen Dios le tenía reservado entre los justos. QEPD.

 

 

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