Opinión

José Alfredo Calderón: Ausencia que duele…

José Alfredo Calderón E.

Historiador y observador social

Decía el gran escritor Dante Liano: “En Guatemala, el ninguneo y la descalificación parecieran deporte olímpico.” Por cierto que a estas alturas muchos de mis lectores se estarán preguntando quien es este gran literato guatemalteco radicado en Milán y muy respetado en el mundo académico e intelectual europeo, pero que en Guatemala apenas es conocido. A pesar de esta penosa verdad, el propósito de mi columna hoy, es resaltar los méritos y la dimensión humana de un antropólogo genial que acaba de partir de este mundo terrenal el fin de semana recién pasado.

Hay presencias y ausencias que marcan. En este caso, las páginas de la historia guatemalteca dejan de ser grises cuando se habla de quienes nunca buscaron los reflectores pero que, con su aporte académico, intelectual, social y, sobre todo, humano, marcaron una impronta indeleble en quienes tuvimos el privilegio de compartir con ellos.

Hablo en concreto del antropólogo sociocultural Carlos René García Escobar, conocido por sus amigos más cercanos como “Beethoven”[1], a quien conocí en la gloriosa Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos de Guatemala[2], allá por los años ochenta, precisamente cuando nuestra Alma Máter estaba sometida a una cruel y despiadado persecución. Esta saña contra la comunidad sancarlista, se ensañó todavía más, en unidades académicas no facultativas como nuestra Escuela y la de Psicología. Varias personas ya han resaltado los méritos académicos de Carlos René, en los que sobresalen sus dotes de investigador sociocultural, docente y escritor. Fue pionero de la investigación vivencial, que partía de la necesidad metodológica y política de estudiar los casos desde dentro y como un participante más para entender de mejor forma el fenómeno de estudio. Pocos años después descubrí que ese método de abordaje también era conocido como Investigación/acción y lo aprendí con los académicos de la Asociación para el Avance de las Ciencias Sociales –AVANCSO–, Institución en la que tuve el privilegio de intervenir con una consultoría para diseñar e implementar un sistema de evaluación.

Pero lo que hacía Carlos René iba más allá. De la participación y la acción, la forma vivencial de asumir la tarea académica era un sello muy especial que le permitió establecer un contacto fraterno con las personas y grupos con los que se relacionaba y no solo estudiaba como cualquier investigador convencional. Su involucramiento con los bailes tradicionales como el de Moros y el del Torito, fue de lo más conocido. En el primero de ellos, durante muchos años protagonizó el papel del “Séptimo Vaquero” y logró desarrollar todo un componente integral que permitió no solo conocer, sino interpretar estas expresiones, desde el respeto y la vivencia personal. Pionero de la antropología de la danza, la academia de este país le debe mucho.

Siempre lo vivencial fue su sello distintivo como ya se dijo. La violencia política lo llevó a emigrar a Estados Unidos en los años setenta y su libro “La Llama del Retorno” (1984)[3] habla precisamente de esa experiencia y la de miles de guatemaltecos que ya en esa época representaban un flujo migratorio importante. Sus dotes de escritor lo llevaron a otras producciones: Ofensiva Final (1992), El Valle de la Culebra (1999) y su obra inédita Avatar. Fue presidente del Centro PEN de Escritores y de la Comunidad de Escritores de Guatemala.

Pero más allá de los aportes intelectuales y académicos, Carlos René se distinguió por su hermoso talante humano. Su compromiso social lo llevó a participar en el Movimiento Revolucionario (IXIM), debiendo decir que sus armas principales fueron siempre la pluma y una hermosa forma de ser que se ganaba el corazón de alumnos, colegas y de todas aquellas personas que lo conocían y compartían con ese hombre sencillo, de origen precario, pero con un inmenso corazón y compromiso por la gente. Nuestro querido Beethoven generó muchas anécdotas, la mayoría basadas en esa preocupación por los demás, como cuando en Costa Rica, con ocasión del Primer Congreso Centroamericano de Antropología, se jugaba una chamusca entre ticos y chapines, estando éstos últimos en inferioridad numérica por lo que Carlos René, preocupado por el orgullo nacional y el de sus amigos, decidió entrar a la cancha con pantalón de vestir y zapatos convencionales de cuero. Sin destellos de habilidad futbolística pero si con mucha entrega y corazón, sus continuos resbalones palidecieron ante su muestra de solidaridad y desparpajo. No está demás indicar que el equipo guatemalteco logró la victoria al final, con alguna pequeña “ayudadita” del árbitro, que por supuesto era guatemalteco: el Dr. Edgar Leonel Barillas, historiador, teatrero y cineasta.

Con ayuda de mis colegas y amigos del grupo YETI[4], sirva esta entrega como un sencillo pero cariñoso homenaje a quien hizo de las ciencias sociales, una forma más humana y empática de conocer e interpretar la realidad social, cultural y política del país que llamamos Guatemala. Hasta donde estés Carlos René, un abrazo fraterno, inmenso y eterno de tus amigos y colegas. Abrazo solidario para Ruth, tu esposa, así como tus hijos Carlos y Anais.

[1] Por su parecido al genial músico. Por cierto que la música clásica fue una de sus aficiones. Solía presenciar los ensayos matutinos de la Sinfónica Nacional dirigida por el gran maestro Jorge Álvaro Sarmientos, como lo solían hacer los llamados “post revolucionarios” como Carlos Navarrete, el Piky Díaz y el maestrísimo Marco Augusto Quiroa. Por cierto con este último, protagonizaron un pasaje bohemio al llegar en pareja a presenciar un ensayo con uno que otro “tanguarniz” entre pecho y espalda. Ante la queja de un violinista por el ruido que hacían y la extrañeza de la mayoría, el maestro Sarmientos los calmó diciendo que se trataba de personajes queridos y de mucho abolengo, por lo que el ensayo continuó sin más.

[2] La Escuela de Historia alberga las carreras de licenciatura en Antropológía, Arqueología, Archivística, Profesorado de Enseñanza Media en Historia y la licenciatura en Historia.

[3] La Editorial Rin 78, con el impulso de los también escritores Juan Fernando Cifuentes y Max Araujo, permitieron la primera edición de la novela, la cual había llamado desde un principio, la atención de Francisco Albizúres Palma quien la había conocido de primera mano en un concurso al que había aplicado Carlos René.

[4] Grupo de teatro de la Escuela de Historia que desde finales de los años setenta, aún perdura. Sus integrantes: Otty Martínez, Edgar Barillas, Boby Robles, Alfonso Arrivillaga, Igor Sarmientos, Rony Hernánez (el Mono), Fernando García (Prieto) y quien escribe.

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