Opinión

José Alfredo Calderón: Reflexiones en torno a una indignación colectiva que no llega

José Alfredo Calderón E.

Historiador y observador social

Una premisa fundamental en la que la mayoría de guatemaltecos está de acuerdo, es el estado calamitoso del país, la endemia y contundencia del fenómeno de la corrupción, el descaro de la impunidad y la burla que funcionarios públicos de los tres organismos del Estado hacen de la población en general y de los más vulnerables en particular. ¿Por qué las cosas no cambian entonces? ¿No sería lo más normal que la gente se indignara, se organizara, protestara y ejerciera presión para cambiar el statu quo? En mi última entrega el jueves pasado, hablaba de la dificultad de explicar ese raro fenómeno de la indignación. Lo que en otros países (países de verdad digo) podría desatar una hecatombe, en Guatemala apenas desata molestia temporal en redes sociales en un grupo reducido, formado por personas que tienen las mismas características: Una instrucción escolar secundaria como mínimo; con un empleo estable y formal o al menos con ingresos que les permiten satisfacer las necesidades básicas; con acceso a internet y en muchos casos, con computadora personal propia; con posibilidades y tiempo de acceder a medios de comunicación tradicionales y/o digitales; con vivienda, ya sea propia, hipotecada o alquilada, pero con un mínimo de estabilidad en el mediano plazo; con posibilidades de distracción y ocio de cualquier tipo: cine, video juegos, paseos familiares, televisión/cable y algunas otras comodidades aunque sean éstas precarias, todo lo cual les permite autoevaluarse como de clase media (baja, media y media alta) o incluso sectores populares que viven al día, pero no solo no les falta lo básico sino que, al menos, tienen “privilegios” como celular, acceso a internet (aunque no sea cuenta propia) y “capacidad” para ejercer –como ya dijo Dante LIano– el deporte nacional por excelencia: la descalificación y el ninguneo.

Pero resulta que la gran inmensa mayoría de guatemaltecos, no tienen estas características. La mayoría sobrevive o simplemente se muere por una infinidad de causas, casi todas prevenibles. Millones de guatemaltecos se debaten en la miseria y la ignorancia. La pirámide de Abraham Maslow es implacable al respecto. Por eso, he planteado preguntas de este corte: ¿Cómo pedir pensamiento crítico y ejercicio pleno de ciudanía, a un conglomerado mayoritario que apenas resuelve     –estacionaria e intermitentemente– sus necesidades primarias? ¿Política? ¿Ciudadanía? No gracias, prefiero comer –pareciera el diálogo imaginario que pretendo ilustrar– ¿Cómo hablar de indignación con quien poco conoce de dignidad, pues el sistema lo condena desde que nace, según su ubicación en la escala social, cultural y económica? Además, esta misma condición no le permite distinguir entre lo digno y lo que no lo es, porque solo ha padecido lo segundo.

Se debe partir de otra premisa fundamental[1], la indignación es un proceso cognitivo y emocional que solo puede surgir en personas dignas, independientes, con un mínimo de solvencia material y simbólica, es decir, que hayan cubierto al menos los tres primeros niveles de la pirámide de Maslow. Caso contrario, puede haber rencor, odio, reacciones primarias ante la carencia, pero no un proceso consciente que más allá de protestar y rabiar, permita la construcción colectiva y democrática de un escenario mejor, o al menos, humano.

Hay otros dos grupos, que por la naturaleza de la desigualdad imperante, son sumamente minoritarios, uno que decide y otro que resiste:

  1. Las elites, que por su condición de privilegio, no tienen mayor problema que no pueda resolverse –en el caso de los más “conscientes”– con caridad y oraciones en el culto de su predilección. A la mayoría, les gana la indiferencia y peor aún, un ferviente deseo para que las cosas no cambien.
  2. La ínfima masa ciudadana, informada, politizada, formada pero dispersa y con formas organizativas precarias. Su nivel de incidencia es mínimo, su campo de acción –más que la calle– son las redes sociales. Constituyen un grupo que se debate en micro luchas de todo tipo y que rara vez pueden confluir en un proyecto en común.
  3. Se puede hablar de un tercer grupo, que requerirá espacio aparte porque sale de lo convencional.[2] Son organizaciones de masas, cuyo examen es indispensable porque salen del mapa tradicional y podrían cambiar muchas cosas en el mediano plazo.

Debo volver a la pregunta que centra el propósito de esta entrega. Sin incluir a los dos grupos minoritarios por las razones ya expuestas y concentrándose en las capas medias urbanas[3]: ¿Qué es lo que podría indignarlas y generar un movimiento ciudadano sobre una base común, amplia y consensuada? Si la indignación es la fuente primaria para la ignición ¿Qué es lo que puede generarla? ¿Cómo se canaliza una vez encontrada esa piedra angular para luchar al menos contra tres flagelos: Corrupción, impunidad y perversión del sistema político-electoral?

La Corrupción, la violencia, la impunidad, la miseria, el descaro y la desfachatez de los funcionarios públicos y de muchos actores privados, crímenes de alto impacto, índices de subdesarrollo en aumento, precariedad de la niñez, la educación y la salud, así como un largo etcétera, han demostrado no ser razón aglutinadora suficiente.

Está claro que nada cambia sin acción política y el motor de ésta, es la indignación, que solo puede surgir del hastío generalizado por el estado de cosas imperante y la necesidad consciente de cambiarlo. La pregunta como ven es compleja y profunda. ¿Por qué las capas medias no se indignan? ¿Qué se necesita para que esto pase? Los dejo pensando mientras sigo escudriñando en este raro fenómeno de la indignación colectiva.

 

[1] La primera ya vimos es el estado calamitoso en que se encuentra Guatemala en todos los ámbitos, áreas y frentes.

[2] Me refiero a las dos principales centrales del campo, que se han vuelto peligrosas a los intereses dominantes, por su no cooptación, sus formas organizativas horizontales, la masificación de sus bases y la politización de las mismas. Son las dos centrales campesinas más fuertes: CODECA Y CCDA.

[3] Normalmente promotoras de los cambios sociales y políticos.

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