Opinión

ENFOQUE: Nuestro maltrecho fútbol, reflejo del país

Gonzalo Marroquín Godoy

Guatemala ha tenido una larga y pobre participación internacional en el fútbol –el deporte más popular en el país–, al extremo que no hemos logrado clasificar a ninguna Copa del Mundo desde que se tuvo la primera intervención a nivel de Selección Nacional en la eliminatoria rumbo al Mundial Suecia’1958, cuando terminamos en último lugar en el grupo respectivo.

En aquel entonces, el país tampoco marchaba bien en el orden político y más bien había una fuerte convulsión, pues se había efervescencia electoral y aún estaba fresco en el ambiente el asesinato del presidente Carlos Castillo Armas; su sucesor –después de dos gobernantes interinos– sería el general Miguel Ydígoras Fuentes. En el orden social estaban presentes casi todos los problemas que nos siguen agobiando como Nación: pobreza, mala educación, falta de salud, etcétera.

Corrupción e incapacidad de los dirigentes han llevado a este deporte a una crisis de la que será difícil recuperarse.

El entorno era entonces así: malos para el fútbol y un desastre en la política. Pronto principiarían ambas actividades a destacar por la construcción de un sistema en el que han manifestado fuertemente la corrupción y mediocridad de la clase dirigencial, ya sea deportiva o política.

En el campo político hemos visto todo tipo de gobiernos, pero nunca se han logrado superar los problemas más graves y prioritarios. Ahora se está comprobando que los políticos de turno se han aprovechado de los recursos del Estado y han olvidado el fin para el que las autoridades son elegidas por voto popular cada cuatro años. A la clase política de turno le ha interesado muy poco impulsar el desarrollo del país y ha prevalecido el interés particular y de grupo eobre el interés nacional.

Al igual que en el fútbol, cada cuatro años hay una posibilidad de cambio con la elección de nuevas autoridades, pero después del evento electoral, se confirma que la situación sigue de mal en peor y los guatemaltecos comprobamos con frustración que elegir al menos malo no es suficiente para promover cambios y salir del hoyo en el que nos encontramos. La historia se repite periódicamente, pero con un escenario cada vez más deteriorado.

En el fútbol ha pasado lo mismo, como si se tratara de un microcosmos nacional, un reflejo de que lo que pasa en la política, se lleva al plano deportivo. Guatemala llegó a su mejor momento en 1967, cuando finalmente se logra la única corona internacional, al ganar un torneo de Concacaf. Se puede decir que entonces se disfrutó de la primavera futbolística, que en la política se había vivido entre 1945 y 1950, con el primer gobierno de la Revolución.

Aparte de aquellos dos momentos especiales en una y otra actividad –futbolística y política–, no se encuentran grandes momentos, por más que veamos efímeras acciones y resultados positivos aislados que, sin embargo, no han sido suficiente para mostrar un rostro distinto de Guatemala.

Nuestro fútbol llegó a ser importante en el área centroamericana, disputando el liderazgo con Costa Rica y Honduras. Sin embargo, paulatinamente la incapacidad y falta de visión nos han llevado a caer derrotados por países beisboleros, como son Nicaragua y Panamá.

Lo mismo sucede en la política, en donde el protagonismo de nuestros gobernantes se ha ido diluyendo hasta llegar a ser apenas uno más en la orquesta de naciones centroamericanas.

Corrupción e incapacidad. Eso es lo que tiene hundido al fútbol y al país. Lamentablemente ahora estamos en manos no solo de los pésimos dirigentes deportivos –ha sido penoso ver que ni los directivos de los clubes han sido capaces de salir en la defensa del deporte– y de los mediocres diputados, que necesariamente deben modificar la Ley del Deporte para hacerla coincidir con los requerimientos de la poderosa –y por cierto abusiva– FIFA.

La parte rescatable de esto es que se está planteando la necesidad de llevar transparencia en la elección de los directivos de la Federación de Fútbol (Fedefut), algo que sería deseable también para las demás disciplinas deportivas. No hay que perder de vista que si siempre ha existido la corrupción en las federaciones, ahora ese cáncer ha avanzado, principalmente por las millonarias cifras que se manejan en el presupuesto de la CDAG y compañía.

El fútbol –y el deporte en general– y la política, están corrompidos. Por eso estamos como estamos, por eso nunca mejoramos… ¡ni modo!, y muchos conformes y defendiendo el status quo.

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