Opinión

José Alfredo Calderón: Vivencias ciudadanas…

José Alfredo Calderón E.

Historiador y analista político

Mis vivencias personales, académicas, sociales y laborales me han permitido una formación multidisciplinaria y un enfoque holístico que, entre otras cosas: logra ampliar el horizonte, permear la subjetividad y profundizar en el análisis. En el año 2007, con ocasión del proceso electoral de ese año, fui contratado por una organización privada dedicada al trabajo de fortalecimiento ciudadano y transparencia. Los términos de la contratación se enfocaban a la realización de talleres en casi toda la República para informar a la población (o reforzar según el caso), sobre los derechos y obligaciones ciudadanas, así como todos los aspectos que deberían conocer para ir a votar plenamente informados y, de esa cuenta, pudieran ejercer un voto más consciente y crítico. Las responsabilidades incluían el proceso de convocatoria y toda la logística de cada evento, lo cual requirió la construcción de una red ciudadana formada por amigas[1] y ex alumnos en varios departamentos.

En el arranque del proyecto hubo algo inusual, pues no estaba previsto o por lo menos no me lo había informado: Los patrocinadores de la actividad requirieron que los “talleres ciudadanos” iniciaran en la capital con sus altos ejecutivos, profesionales con posgrados (la mayoría) y una condición clasemediera acomodada. El espíritu inicial del proyecto se dirigía hacia una población objetivo constituida por habitantes del interior de la República, debiendo lograr un mix socio-económico, con énfasis en el que se consideraban “sectores populares y de clase media” que son la mayoría de votantes.

Iniciamos el primer taller en un hotel de 5 estrellas de la zona viva de la ciudad. El ambiente estaba algo enrarecido porque la convocatoria a la planta ejecutiva de empresas sumamente conocidas y emblemáticas no le había caído en gracia a muchos. “Estos talleres son para la gente que los necesita, en el interior está la ignorancia y eso hace que tengamos malos presidentes porque son la mayoría”, decían con palabras más o palabras menos, casi todos los participantes. Fue entonces que, valiéndome de la ironía que siempre me ha caracterizado, inicié la charla introductoria así: “Yo sé que todos ustedes son personas muy estudiadas y con varios cartones. Agradezco su presencia y apoyo al proyecto, a sabiendas que la población objetiva es otra, pues ustedes, seguramente, ya saben todo lo necesario para votar.” Luego continué: “Antes de arrancar con el taller propiamente dicho, quisiera hacer algunas preguntas cuyas respuestas seguramente ya conocen de sobra.”

No está demás indicar que la sorna estuvo presente cuando aludía a la dicotomía entre los que “sí saben” y los “pobres ignorantes y pueblerinos” (usando algunas frases de ellos). La primera pregunta fue cuántos había votado en la elección pasada primero y luego en la anterior; todos levantaron la mano, es decir, teníamos votantes “experimentados”. A continuación confirmé que todos hubiesen votado para alcalde y lancé la segunda pregunta: ¿Cómo se elige a los síndicos? NADIE pudo responder correctamente. A continuación, bajé el nivel y pregunté: ¿Cuáles son los requisitos para ser presidente de la República? NINGUNO/A pudo atinar a los requisitos correctos. Muchas de las respuestas aludían ocurrencias como: ser abogado, estar casado, las edades iban de 3 a 60 (algunos decían que no había límites para la edad), así como otros disparates. Seguí con las preguntas básicas y los resultados eran similares en casi todas. El ejercicio me sirvió para varias cosas pero destaco dos:

  1. El analfabetismo político en Guatemala para el pelo[2]; aún en sectores privilegiados que tienen acceso a estudios universitarios (de posgrado incluso), así como a fuentes diversas de información y las herramientas tecnológicas más avanzadas.
  2. La descalificación del que se siente privilegiado hacia los que considera “inferiores”, pero resulta que las experiencias en el interior de la República fueron similares, estando en condiciones diametralmente opuestas en cuanto a oportunidades y privilegios.

Sale a colación esta anécdota, a propósito de una arenga que hace el editorial de un vespertino la semana pasada “Momento del ciudadano”. Si no fuera por nuestra patética realidad, uno se emocionaría pues –efectivamente– debería ser el momento de un levantamiento ciudadano para construir una realidad muy distinta a la que padecemos. Sin embargo, el profundo analfabetismo político nos condena a contar con población más no ciudadanos, territorio más no país. La masa ciudadana está formada por un muy reducido número de personas con incidencia muy precaria y carente de una organización sólida y sostenible más allá de la coyuntura.

 

 

[1] Una de las enseñanzas fue comprobar (de nuevo) la efectividad e incondicionalidad de las mujeres para apoyar e impulsar iniciativas sociales como la del ejemplo que nos ocupa. Las damas son, por lo general, más leales, responsables y con facilidad se comprometerse con cualquier proyecto que hayan interesante y/o importante. Los varones en cambio casi siempre reaccionan ante la expectativa de recibir algún beneficio con el involucramiento ante cualquier iniciativa.

[2] Aunque el ejercicio se dio en 2007, otros esfuerzos similares recientes, más el monitoreo de redes, vivencias en clase en la Universidad y otros eventos (tanto propias como de colegas), confirman ese analfabetismo político del que hablamos.

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