Opinion

El dilema de ser Sean Penn

JUAN MANUEL RODRIGUEZJuan Manuel Rodríguez G.


 

Si alguien ha sido controversial en Hollywood en las últimas décadas es Sean Penn. Ganador de dos Óscares, un actor reconocido tanto en Hollywood como en los países que no están necesariamente alineados con Estados Unidos. Amigo del ya difunto Hugo Chávez, empedernido activista político que pelea la causa de las Malvinas argentinas, y ahora amigo de Joaquín Guzmán, el narcotraficante más buscado del mundo. Laureado actor, exesposo de la controversial Madonna. Mediático, seguro. Ya sea por su fama de actor o por su reconocida reputación de rebelde. Le gusta jugar dentro del limbo de una industria que lo ha hecho trascender y ser Sean Penn, y causas y activismos que pelean contra el statu quo que su otra faceta representa.

El Chapo Guzmán eligió a dos figuras de la farándula para que fueran sus entrevistadores: Kate del Castillo y Sean Penn. Una pareja por demás dispareja, que aún no se entiende de dónde se pudo contactar cada uno de los actores, pero que al fin y al cabo resulta mejor que un guion de la mismísima Reina del Sur. El problema que surge acá es, ¿existe un dilema moral en el actuar de, particularmente, Sean Penn, por haberse reunido con uno de los delincuentes y capos más famosos y buscados del mundo? ¿Es ético aceptar una entrevista de un sujeto como el Chapo, llegar y no avisar a las autoridades de dicho acontecimiento? ¿Hasta qué nivel es aceptable el silencio, con tal de una exclusiva polémica entrevista?

Las autoridades mexicanas, lógicamente, quieren interrogar a Del Castillo y Penn sobre su encuentro. Se señala que un reportero sí puede entrevistar a un presunto narcotraficante, pero el dilema, que se suma al gran dilema, es que ni Penn ni Del Castillo son reporteros o periodistas. ¿Por qué entonces sí es permitido que un reportero entreviste a un presunto narcotraficante, si de presunto el Chapo no tiene nada? En la misma entrevista, el Chapo dice: Yo suministro más heroína, metanfetaminas, cocaína y marihuana que cualquiera en el mundo. Pero, ante la legislación mexicana, el hecho de que estos dos actores no sean periodistas, los hace entrar en un área gris donde bien podría declarárseles perpetradores de delito.

Todo depende del país donde sucede. En otros países no es necesaria ninguna acreditación de periodista para poder realizarle la entrevista a quien sea, aun el delincuente más buscado del mundo. Es lo que llaman el secreto profesional. Otra área gris que bien podría ser juzgada, porque podría plantearse el mismo recurso que se utiliza cuando alguien calla sabiendo quién cometió el crimen: encubrimiento. ¿Cómo entonces puede decirse, en este momento, que encubrir al Chapo no es delito, pero no decir quién fue el asesino en un crimen sí lo es? Según la ley de Estados Unidos, Sean Penn no cometió ningún delito, como bien lo dijera Floyd Abrams, un conocido abogado de periodistas. Pero, si se le hace juicio al famoso narcotraficante en Estados Unidos (lo cual sucederá luego del proceso de extradición), podría ser muy probable que se llame al actor para declarar.

Así que, en pocas palabras, el dilema de ser Sean Penn no es legal sino ético. Teóricamente, muchas legislaciones protegen el secreto profesional del periodista. Pero, qué frío suena que, por una exclusiva, un periodista escoja encubrir en vez de participar del lado de la justicia. Aunque como el mismo Penn podría decir, esta es una cruzada para que se legalicen las drogas. Porque al fin y al cabo, lo que quería el Chapo es dar a conocer su versión de los hechos, autoproclamándose un Robin Hood con aras de corazón valiente, que lo desliga de la imagen pública que por años se ha construido sobre él.

El dilema de ser Sean Penn es un dilema moral. Es aceptar la exclusiva llena de sangre, pero que seguro hará que todos quieran comprar el ejemplar de la entrevista como pan caliente, o, en este caso, cocaína quemada: es un reflejo de nuestra sociedad de Occidente.

jmanuelrodriguezg@gmail.com

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