Opinión

Servir a la vida: ¿Y el universo?

 

El día que terminé de escribir mi último articulo para Crónica, que fue el 5 de Diciembre, comencé a imaginar cómo sería este otro. Para inspirarme llegué a mi casa, y desde la terraza vi a un cielo impecable en los finales de la tarde. Todo esto pasó entre las 7 y las ocho de la noche. Apunté hacia el cielo con mi celular en Sky Guide, y después de orientarme bien comenzaron a aparecer varios satélites que yo nunca antes había visto juntos a la par del sol y de la luna. El que estaba más bajo, o sea hacia en el puro occidente, era el Sol. Después le seguía Saturno. Luego venía Venus que se miraba como el lucero resplandeciente de la noche. Más arriba vi a Marte con su color rojizo. Encima estaba la Luna, seguida de Neptuno. Más allá de sorprenderme y de sentir una alegría rara por estar viendo algo que no entendía, me puse a pensar que sería fabuloso saber conectar, y poder interpretar, y leer, lo que estaba queriéndome decir el universo con lo que nos estaba pasando como país en estos tiempos de tantos cambios. Pensé que debería poner a cada uno de estos cuerpos celestes en la constelación que les correspondía, para saber más. Pero ahí me quedé. Petrificado. Mudo. Aunque podía saber detalles específicos de cada uno de estos luceros de la noche, no pasaría de allí. No saldría de ver al universo hecho pedazos separados, y mi ansiedad era saber qué significaban cuando uno los veía aparecer como conjunto.

Como no tenía ninguna fuente a qué recurrir para lograr semejante lectura del cielo con lo que estaba pasando en la Tierra, decidí que lo mejor era hacer una interpretación libre, y relacionar las grandes fuerzas de la historia—como diría León Tolstoi—que están ahora moviendo al mundo en sincronía con los fenómenos celestes.

Era de noche. Recién había caído el sol. Eso quería decir que los siguientes 10 o 15 años que tardarían estos planetas en volver a estar juntos, eran equivalentes a estos momentos en los que, una era está naciendo y otra está muriendo, y que vamos por la mitad—por eso es de noche.

Para justificar que vamos por la mitad del camino, podríamos tomar como ejemplos las últimas vueltas que el mundo ha dado en Europa, con el Brexit, y en Estados Unidos con la llegada de Trump—son dos fuerzas que van hacia atrás. Pero en esa noche de zozobra los luceros también representaban a las fuerzas que van hacia delante.   Venus, tendría que ser el nuevo empuje con el que América Latina asumiría una nueva actitud, y en lugar de ver hacia el norte, podríamos emprender un nuevo camino viéndonos como continente, y no como países separados. Mientras el norte se aísla con un gran muro, los del sur podríamos unirnos como nunca antes lo hemos hecho, y nos podríamos convertir, en un lugar de un territorio,   en un barco donde iríamos navegando todos juntos. Por eso es que me agrada mucho la presencia de Marte en el cielo. Para que América Latina asuma una posición unida, y sea como un barco, es preciso que las diferencias que nos han mantenido separados—los muros mentales–, históricamente, sean superadas. Sin el norte como destino, no tiene mucho sentido seguir viviendo en un sistema que, para mantenerse, debe estar en constante pugna entre sus opuestos. En la mentalidad de marinero, el barco puede viajar hacia la derecha o hacia la izquierda, pero no de manera indefinida en una sola dirección Esa sería su ruina.

Lo cierto es que, sin la presencia tan absoluta del norte, es posible encontrar nuevos caminos, porque lo más importante en estos momentos de cambio es redefinir nuestra manera de ver al mundo, recrear nuestros mercados y evitar el costo tan grande que tiene, ambientalmente, estar a disposición de la economía del norte.

Pero la gran alegría de este nuevo cielo, es que, en lugar de creer que nuestro único destino es ser productores de alimentos, vamos a tener que innovar y atrevernos a crear nuevos productos y servicios que llenen otras necesidades y que utilicen a la tecnología de punta para atraer a compradores más exigentes.

La posición que Guatemala tiene en el mundo puede ser, en esta noche larga de zozobra, una gran ventaja: podemos darle valor a la cercanía de nuestros mares y a la riqueza de nuestras montañas, para producir no una economía que sirva de paso a las drogas, sino al que conocimiento. Al revisar la historia reciente los países que han salido adelante, como los Tigres de Pacífico– Hong Kong, Taiwan, Singapur y Corea del Sur–es muy agradable constatar que su enorme auge económico provino precisamente de un problema parecido al que nosotros estamos pasando ahora: aguantar una larga noche de 10-15 años de cambios profundos.

 

 

 

 

 

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