Politica

Salud pública: CALVARIO EN VEZ DE CURACIÓN

Sin suficiente personal médico -los galenos atienden hasta 30 pacientes por día-, sin  medicinas y con infraestructura en pésimas condiciones, acercarse a los hospitales nacionales en busca de sanidad termina siendo un termómetro  que es difícil de olvidar, cuando se logra sobrevivir para narrarlo.

Marcela Marroquín Cabrera

mmarroquin@cronica.com.gt

Ir a parar a un hospital público para recibir atención médica es lo peor que le puede pasar a una persona. Así lo consideran algunos pacientes que han vivido para contarlo, y familiares de otros que no lograron salir con vida.

De un hospital privado me trasladaron al General San Juan de Dios, porque mi seguro de salud ya había llegado a tope, luego de una operación y largo tratamiento de insuficiencia cardíaca.  Llegué en un estado muy grave, con una arritmia incontrolable y  un problema de diabetes avanzado, por lo que me sentía muy débil. A esto le agrego la actitud de desprecio con la que nos tratan, como si estuviéramos ahí por puro gusto. Déjeme decirle que nadie estaría ahí si tuviera las posibilidades de curarse en un hospital privado. Todos pasamos por un calvario, sin tener otra opción, cuenta Benjamín Gallegos, al contar su experiencia de internamiento en el centro asistencial público más  grande del país.

Y es que en los hospitales nacionales, debido a la crisis en que se encuentran, la  peor en muchas décadas, no hay posibilidades reales de atender a los pacientes. Según la Procuraduría de los Derechos Humanos (PDH), la crisis es  de tal magnitud, que hay un déficit de personal médico y enfermería, al extremo de que los galenos atienden en promedio de 15 a 30 pacientes diarios, en las áreas de consulta externa. Además, para los turnos solo hay dos médicos en las áreas de emergencia, y hay desabastecimiento de medicinas.

Una vez pedí que me llevaran un ibuprofeno, para el dolor que sentía. Se lo pedí a cuanto personal tuve oportunidad de ver; sin embargo, pude tomarme el bendito ibuprofeno luego de diez horas de haberlo solicitado. Esto es injusto y cruel para los enfermos, agrega Gallegos.

Pero el viacrucis no termina ahí. En su paso por 10 días en el nosocomio público, le perdieron su expediente médico, y llegó el momento que los doctores ya no sabían cómo medicarlo, debido a que no conocían su historial médico.

Luego de estar unos días en emergencia, lugar donde estaba con unas 150 personas más, la trabajadora social se compadeció de mí y me trasladó a la parte de arriba, a un piso donde solo habíamos hombres. Lo que no imaginé es que en esa sala había mucha humedad y frío, yo tenía los pulmones congestionados, soy asmático y mi cuadro de insuficiencia cardíaca no ayudaba. Realmente la pasé muy mal, sentía una impotencia, con ganas de llorar, que se volvió una constante, agrega el paciente entrevistado.

Su tormento terminó cuando una de sus hijas decidió sacarlo, pero sigue sin resolver su enfermedad. Sigo muy delicado de salud, no puedo caminar sin agitarme, me tomo 14 pastillas al día para estabilizar mis achaques. Mi corazón trabaja al 30 por ciento de su capacidad. Lo que cada persona pasa mientras está en un hospital público es algo que nadie merece vivir, porque, además de la poca salud que tenemos, nos tratan como a un mueble, o peor.

 

Sin esperanza ni recuperación

Cecilia De León, recuerda con tristeza lo que ocurrió a su  padre, un hombre de 77 años,  al buscar  atención médica, primero, en el Hospital San Juan de Dios; luego, en el Hospital Roosevelt, los dos centros asistenciales más importantes del país.

Cuando el mes de abril, del 2012, estaba por terminar y los calores del verano estaban por irse, el progenitor de  Cecilia fue sometido en un sanatorio privado a una biopsia de próstata, por un tumor que le detectaron y que resultó ser benigno. Por esa razón, el médico tratante le dejó una sonda Foley, recetándole antibiótico. Pero  las cosas se complicaron un día después, debido a que el enfermo, al levantarse de su cama, tropezó y ya no pudo levantarse, todo esto por un fuerte dolor de cadera. Eso ocurrió en horas de la madrugada y sus familiares, como pudieron, lo subieron de nuevo a la cama, mientras amanecía.

Con los primeros rayos de luz, y tomando en cuenta que el padre de familia no tenía seguro médico, ni seguro social, ni ahorros ni una pensión, sus hijos deciden pedir una ambulancia y llevarlo a la emergencia del Hospital San Juan de Dios.

Ahí, en la emergencia, conocían a una persona que les ayudó a que le hicieran una radiografía sin demasiada espera, y el resultado del examen reveló lo que ellos temían: fractura múltiple  de cadera.

Nos dijeron que lo ingresarían, para programar operación; que tenía que entrar a lista de espera… y es aquí donde comienza nuestro calvario. Pasó el primer día en la emergencia esperando y sin tener demasiada atención. 24 horas después fue trasladado al Área de Traumatología. Otras 24 horas después nos indicaron cuál prótesis necesitarían para el reemplazo de la cabeza del fémur, y los otros materiales para poder hacerle la cirugía a mi papá. Movimos pitas para conseguir el dinero y comprar rápidamente lo que nos solicitaron. En menos de 8 días habíamos pagado la prótesis, con el proveedor que ellos mismos nos indicaron. Nos indicaron que nos llamarían para indicarnos la fecha de operación, recuerda Cecilia.

Cuando les avisaron cúando sería la operación, ya habían trascurrido 15 días de internamiento. Pero el día previsto para la intervención quirúrgica lo regresaron, porque habían ingresado unos mareros mal heridos, quienes, según ellos, eran prioridad. Volvieron a programar la cirugía para 8 días después y, ya estando en el quirófano, le dijeron qué pena, don, no habíamos visto que tiene problemas del corazón, tenemos que estabilizarlo primero, dice Cecilia.

La historia se volvió a repetir. Nuevamente programaron la operación para 8 días después. En esa última ocasión lo volvieron a regresar, indicándole qué pena, pero no habíamos visto que tiene problemas de tiroides… y en ese momento mi papá ya llevaba un mes en el hospital, lo cual provocó que entrara en depresión, y dejó de comer, cuenta su hija.

Luego, recuerda que, un  día, todavía bastante débil mi papá, nos comenzaron a insistir en que lo sacáramos, que sería más fácil su recuperación en casa. Fue tal la insistencia, que aceptamos. Durante casi dos meses no le cambiaron la sonda Foley. Le pedí favor a un amigo médico que le reemplazara la sonda, y así se hizo. En menos de 8 horas la sonda se tapó con pus, por lo que se le efectuó un urocultivo para determinar qué clase de infección tenía, y resultó que en el hospital lo habían contagiado de una Seudomona Aeruginosa muy agresiva. Esta bacteria era susceptible a un solo antibiótico, que no hay en Guatemala. Se llama Aztreonam. Investigando, encontramos que lo venden en México y en Colombia, pero, por ser de uso hospitalario, no lo venden más que a hospitales. Después de tocar varias puertas, un hospital privado fue el que nos hizo el contacto para traerlo, a un precio sumamente elevado. Tardamos más de 8 meses en lograr sacar de su cuerpo la bacteria.

Pero las cosas estaban por empeorar. Cecilia recuerda con tristeza que, cuatro meses después de vencer la bacteria, mi papá se comenzó a hinchar y a desvariar. No quería comer y presentaba mucho dolor abdominal. Ya había transcurrido un año de su caída y los pocos fondos familiares se habían consumido con el tratamiento para combatir la bacteria que le contagiaron en el San Juan de Dios. Una mañana se agravó, y lo llevamos de emergencia al Hospital Roosevelt… en término de dos días y por la poca atención, mi papá contrajo neumonía. Algunos exámenes que le realizaron arrojaron el resultado de falla renal. Durante la tercera o cuarta hemodiálisis que le hicieron, mi papá sufrió un infarto. Fue como al mediodía, de un día de mayo. Lo revivieron y, al cabo de unas 4 horas, nos dejó. Después de una agonía de 15 días en el hospital, lo más triste de todo es que murió con la esperanza de que ahí lo sanarían, pero, contrario a eso, la mala atención y condiciones del hospital, agravaron su estado, hasta llevarlo al triste desenlace de una muerte lenta, dolorosa  y con la mayor indiferencia humana.

Solo hay dos médicos para atender emergencias en los hospitales nacionales, según una investigación de la PDH.

La crisis hospitalaria es tan grave, que no hay medicina para los pacientes.

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