Opinion

Tiempo de cambio VERDADERO

Gonzalo Marroquin (3)Enfoque

Gonzalo Marroquín Godoy


 

En Guatemala se está dando un fenómeno sociopolítico interesante, pero a la vez preocupante: las cosas cambian, sin embargo, en realidad, nada cambia.

El año pasado brotó un auténtico movimiento ciudadano con la etiqueta #RenunciaYa, el cual cobró fuerza inusitada y fue factor importante para que se depurara el poder Ejecutivo con la renuncia de Baldetti y Otto Pérez. Su impulso sirvió también para que en las urnas se castigara a la clase política, y es así como llega a la Presidencia Jimmy Morales.

Detrás de esos acontecimientos está el fracaso de un sistema de partidos políticos que creó, con paciencia y mentalidad perversa, un imponente marco de corrupción e impunidad, por medio del cual se han sucedido en el poder siglas (DC, MAS, PAN, FRG,GANA, UNE y PP y FCN), colores, canciones y mandatarios, pero el país nunca ha tenido el cambio que se necesita y la mayoría desea.

Para algunos la ilusión ha llegado. Un presidente que no surge de la misma clase política, el constante destape de la corrupción con los escándalos del año pasado y ahora la porquería en el Congreso,  así como la lucha que libran el MP y la CICIG, parecen suficiente para que los guatemaltecos lancemos al aire las campanas de la esperanza.

Pero, ¡cuidado!, el mal sigue latente. El cáncer no ha sido controlado y aún requiere de atención especial, tratamiento especializado y de la determinación inclaudicable del paciente, en este caso la sociedad guatemalteca. Muchas batallas están por librarse y todas se harán en nombre de la democracia. Unos estaremos luchando por ese cambio real, mientras que otros estarán a favor de mantener el statu quo, las cosas como están, sin hacer olas…, porque funcionan –desde su punto de vista–.

La democracia debe funcionar con base en un sistema en el que los partidos políticos se conviertan en instituciones fuertes, sólidas y definidas; de lo contrario, es frágil e inoperante. Esto es lo que ha sucedido en Guatemala. Los partidos nunca han alcanzado un nivel solvente. La mayoría de ellos ha surgido para llevar a un personaje a la Presidencia –caciquismo–, y cuando lo ha logrado no ha visto más allá del oportunismo, y por eso la debacle que han sufrido.

La recordada Madre Teresa de Calcuta dejó para la historia muchas frases, pero hay una que aplica a las personas y, en este caso en particular, a instituciones, como las que forman nuestro sistema de partidos políticos. Esto dijo con sabiduría la religiosa: EL QUE NO SIRVE PARA SERVIR, NO SIRVE PARA VIVIR.

¡Qué contundencia! Si un partido político que en su filosofía debe establecer obligatoriamente que su función principal es servir –al país, a la democracia, a la sociedad–, no lo hace, porque simplemente no se le ha pasado nunca por la mente a su dirigencia y porque no se le ronca la regalada gana, NO SIRVE PARA SERVIR, pues entonces, en conclusión, NO SIRVE PARA VIVIR.

Qué nos han dejado los partidos políticos que han pasado por el poder, más allá de más corrupción e impunidad, porque cada uno aportó su importante cuota. Ni siquiera líderes que hayan sobrevivido y puedan ser rescatables, porque el sistema termina absorbiendo a quienes llegaron con mente sana.

Hoy tenemos cascajo de partidos. Lo último ha sido comprobar en el Congreso que difícilmente alguno pueda salvarse.

Preguntémonos por un momento: ¿hay algún partido que ofrezca de verdad algo diferente?, ¿hay alguno que esté dispuesto a enfrentar a la clase política para erradicar los males que nos aquejan? –lo que sería como ser un buen enfermero en la búsqueda de la cura del cáncer–.

Ahora bien, el desafío más grande que hay por delante es que cualquier reforma que se impulse debe pasar por ese mismo sistema, debe ser atendida por esa clase política. No se trata entonces de un cambio que llegará de manera sencilla, porque la resistencia a este es real, fuerte, ya existe y está en marcha con estrategia y voluntad de no permitir que haya cambios de fondo, porque la forma sí están dispuestos a realizarla un poco, como ya se está viendo en el propio Congreso.

Por eso, ahora hace falta que surjan movimientos fuera de los partidos políticos establecidos y que haya un esfuerzo ciudadano para exigir el cambio de verdad.

En este momentos se habla del cambio que se dio a partir de 1984, cuando principió el proceso democrático y la apertura política. Ciertamente, un paso importante, pero que apuntaba a que las estructuras del statu quo se mantuvieran. Fue un gran avance para la época, de todas maneras. Peor es nada, reza el refrán.

Pero ahora no nos engañemos. Los diputados –esos que recetan sueldos y sobresueldos escandalosos, cobran por obras, son contratistas y aprueban leyes por dinero– no quieren el cambio. Ya veremos cómo pronto promueven las reformas a la Ley Electoral que ellos mismos han preparado. Unas reformas diseñadas para ser engañabobos, porque no solucionan los males del sistema de partidos políticos.

Si nos ponemos la mano en la conciencia, podemos responder si hay partidos que SIRVAN PARA VIVIR. Pero la buena noticia es que si no los hay, pronto puede haberlos.

 

 

 

FRASE: A los partidos políticos no podemos calificarlos de fracaso absoluto…, al menos son un excelente ejemplo de lo que NO SIRVE PARA VIVIR.

 

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