Opinion

Relaciones internacionales, geopolítica y algo más

Gonzalo Marroquin (3)Enfoque por: Gonzalo Marroquín Godoy


Ahora que se ha puesto de moda discutir sobre la injerencia extranjera en nuestros asuntos, y que no pocos se arrancan las vestiduras alegando que se mancilla nuestra soberanía, me parece oportuno aportar algunas consideraciones y reflexiones sobre política exterior, relaciones internacionales y geopolítica —con experiencias personales— para enmarcarlo en el mundo actual.

En una democracia, el soberano debe ser el pueblo, es decir, aquel que ejerce la autoridad suprema o independiente. La soberanía, trasladada al Estado, es el poder supremo e independiente. Somos absolutamente soberanos, en la medida que podamos decidir, actuar, vivir y desarrollarnos, de una manera absolutamente independiente.

Cualquier persona con amplia cultura, sobre todo con conocimientos lingüísticos y jurídicos, puede dar una interpretación distinta. Pero lo que es absolutamente cierto, es que hoy en día casi todas las naciones del mundo han cedido parte de su soberanía a cambio de mantener intercambios políticos, económicos o de otro tipo con naciones o regiones.

Guatemala no es la excepción, por supuesto. Hemos firmado cualquier cantidad de tratados, acuerdos, o convenios con países, organismos internacionales o regiones comerciales. Además, recordemos que tenemos necesidades comerciales o financieras, por las que recurrimos a la ayuda internacional, lo que significa —nos guste o no—, sacrificar un poco de nuestra soberanía o independencia.

Muchos de esos acuerdos o tratados suscritos, llegan a ser parte de nuestra legislación interna y requirieron la ratificación por parte del Congreso de la República. Eso no debe sorprendernos, ni siquiera extrañarnos, porque lo hacen todos los países, hasta aquellos que son potencias mundiales.

Lo que siempre hay que considerar como una conducta inaceptable es que estemos dispuestos a sacrificar principios y valores nacionales a cambio de esa buena relación, ya sea con Washington, el Kremlin, la Unión Europea o el Vaticano. Aun en el seno de Naciones Unidas y otros organismos internacionales, tenemos el derecho de alzar nuestra voz y hacernos escuchar. Otra cosa es que alcancemos algún grado de influencia, eso tiene que ver con la postura misma, pero también con la estrategia en materia de política exterior que el país haya podido tener. Nosotros no hemos tenido precisamente la mejor y más inteligente diplomacia del mundo.

Todas estas consideraciones las hago para hacer ver que aquello de soberanía es más bien relativo hoy en día; no existe, de manera absoluta, para ningún país del mundo. En la medida en que se es más independiente, poderoso económica o militarmente o simplemente influyente, pues también se es más soberano.

Si se agregan conceptos geopolíticos, pues veremos entonces que las relaciones internacionales a veces se complican, porque los países grandes y poderosos —como puede ser el caso de Estados Unidos—, tratan de influenciar en aquellos países que están en su región y cuyas políticas nacionales puedan afectarles.

Es difícil mantener una relación equitativa entre una potencia y un país chico. Se puede, pero se debe ser hábil, diplomáticamente hablando, para hacer que esa balanza que ya se ve favorecida para un lado, no lo sea más por malas políticas o decisiones.

La presencia internacional puede ser positiva o negativa para diversos temas o en diversas situaciones, o para ciertos grupos. Vemos injerencia en que embajadores de algunos países hablen sobre la situación nacional en materia de derechos humanos, inseguridad y otros temas, pero les pedimos asistencia cuando la necesitamos.

La diplomacia manda, que en vez de expresar malestar públicamente, se hable y dialogue. Que se expongan puntos de vista y se logren acuerdos sobre la forma de enviar y recibir mensajes. No es fácil, pero para eso se tiene un Ministerio de Relaciones Exteriores y se paga a asesores y consejeros, así como a todos los embajadores que, se supone, deben saber mucho de esto. Pueden preguntarles si aún no saben del manejo de esa cartera.

Muchas veces, la soberanía, esa que en realidad es del pueblo, se ve mancillada, más por las autoridades que por quienes cometen la mencionada injerencia.

Lo que sí es claro es que los gobiernos guatemaltecos no han demostrado mucha habilidad en el manejo de su política exterior. Casi siempre nos hemos visto en desventaja, incluso, frente a naciones teóricamente más débiles y pequeñas.

El problema es que la política exterior la conduce el propio Presidente y, en nuestro caso, Jimmy Morales tiene mucho por aprender. Ya tuvo sus primeros resbalones en una semana, al viajar a Estados Unidos y dar penosas declaraciones a la prensa —aquello de ofrecer la mano de obra barata a Trump para construir un muro en la frontera con México—, y luego, su reacción militarista para resolver el problema surgido con Belice por el ataque a guatemaltecos en la zona fronteriza.

Por supuesto que somos soberanos —más que unos y menos que otros—, pero la independencia la vamos ganando a pulso, paso a paso. Hay que ser independientes económica y socialmente. Mientras no haya oportunidades para los guatemaltecos, seguiremos necesitando que viajen a Estados Unidos. Con eso cedemos soberanía e independencia, pero es parte de nuestra realidad.

La soberanía es como la perfección: nunca la alcanzamos de manera absoluta, pero debemos buscar la cuota más alta posible.

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