Opinion

Regalos envenenados

 

RENZO ROSALRenzo Lautaro Rosal

renzolautaro.rosal@gmail.com


El poder, o más bien, las ansias por ostentar una porción, por pequeña que sea, traen consigo enormes trampas. Son una especie de engaños, regalos envenenados. Esas falsas realidades pueden durar bastante tiempo antes de ser identificadas. Mientras eso sucede, parece más fácil caer en su aceptación para saborear sus mieles. Digo esto a propósito de la serie de investigaciones periódicas que tempranamente han detectado que el presidente Morales ha sido rodeado por diversas roscas, tanto integradas por militares como por civiles; todos con la finalidad de rodear al mandatario, alejarlo de los escenarios de realidad, enamorarlo para que tome ciertas decisiones, descarte otras y asuma los rumbos que se le indiquen. Es decir, le han creado un montaje que ha sido aceptado con rapidez y sin pestañear, señales inequívocas que desde antes de tomar posesión se han cedido porque tiene un limitado conocimiento del entorno, así como de los grandes problemas y peor aún, de cómo enfrentar esas realidades. Entonces, mejor ceder para que otros lo hagan a su modo.

Algunas de las evidencias de lo señalado. El día de la segunda vuelta electoral, el hasta entonces candidato presidencial se presentó en el Parque de la Industria con un séquito de seguridad que indicaba que ya lo había tomado como rehén, sin resistencia alguna. Uno se pregunta ¿cuál es el sentido de esa medida?, reflejar que ya es ciudadano de una categoría superior, que perdió el piso antes de salir al escenario, o simplemente, que ahora se es vip y que su vida corre peligro aunque hasta la fecha ninguna decisión esté, ni cercanamente, en la escala de riesgo menor. Continuemos indagando. Ya al frente de la silla presidencial, salen a la palestra la designación de funcionarios, en varios niveles, asociados a estructuras de seguridad; tal como fue hecho por OPM, pero con menor velocidad, en forma gradual. En esta ocasión, la operación de control institucional ha sido a mayor velocidad. Eso significa tomar las riendas del momento con el beneplácito del recién llegado, para poner en marcha un supuesto plan que no tiene relación alguna con los ofrecimientos de campaña electoral y menos con los nudos donde aprieta más el zapato a la mayoría de guatemaltecos.

El poder, o más bien, las ansias por ostentar una porción, por pequeña que sea, traen consigo enormes trampas.

Un tercer indicio, los hechos y las declaraciones públicas. Para cerrar el círculo que corrobora la hipótesis del presidente complaciente que ha aceptado que otros tomen las decisiones de fondo, están los hechos. Sin entrar en detalles, la lógica tras los desaciertos en serie que hemos visto en las seis semanas de gobierno, indica la puesta en marcha del tanteo, de la visión parcelar y la agenda de un gobernante  desconectado que vive su mundo cotidiano en otra realidad: visitas a lugares e instituciones que no tienen conexión ni razón de ser, obediente a ser conducido a donde lo lleven los portadores de los regalos, que no tienen nada dentro. Mientras eso sucede ¿quiénes gobiernan y qué deciden? eso es lo que comienza a desentrañarse en la actualidad.

El compás de espera durará hasta Semana Santa. Después asomarán las duras realidades. En materia de gestión política, se acentuarán los reinos del poder, las parcelas proliferarán, ya que el poseedor temporal de la casa central decidió tempranamente dividir las tierras y todo lo que en ellas se lleve a cabo. Entonces, en lugar de avances, habrá más codazos,  luchas intestinas entre los responsables de los pedazos, decisiones y controversias entre ellos, intentos por cooptar los territorios del vecino y chantajes institucionales. En resumen, otra vez se impone la visión parcelar, que señala continuidad de las formas que han venido operando en los últimos veinte años; donde solo cambian los rostros y los nombres de los actores, pero no el sentido profundo de las tramas. Las carretas han existido siempre, ahora solo han cambiado los haladores y las orientaciones de los destinos.

 

 

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