Opinion

Refundación o destrucción del Estado: ¿Qué hacer frente a la putrefacta rapiña estatal y de cara a una oligarquía tan indiferente a la miseria popular?

MarioAlberto-0009Mario Alberto Carrera


Las palabras corren como correntadas de lodo por las calles de la aldea, de esta aldehuela de infortunios llamada Guatemala, patria y dolor que agota con sus calvarios.

Las palabras corren o más bien saltan de grupúsculo en grupúsculo, casi siempre descimentadas y oímos decir: reforma a la constitución. Cambios fundamentales del Estado. Restauración, revisión, enmiendas, depuración del Estado y, la mejor de entre todas estas voces lavanderas: refundación del Estado. Pero hasta ahora no he escuchado decir todavía: destrucción del Estado, a partir de propuestas nihilistas-anarquistas y después: constructivistas.

¡Y yo me atrevo!, porque he sido toda mi vida anarquista y nihilista, destructor de ídolos y de creencias tradicionales. Detesto las tradiciones y las costumbres porque impiden —como estreñimiento— el fluir de nuevos horizontes de renovación.

Desde  los dorados hombros de Proudhom, de Bakunin y de Nietzsche, proclamo que —ante tan aplastante maremoto de excrementos expulsados por los últimos gobernantes y de cara a la oligarquía que nos preside brutalmente, de una manera más sutil pero igualmente autoritaria y militaresca— vale pensar en una mejor propuesta: la destrucción del Estado y no una pinche refundación. Eso de refundación me huele a encomenderos poniendo la primera piedra de Santiago de Guatemala.

¡Qué refundación ni que restauración, porque no es cuadro colonial tampoco! Aquí lo único que cabe es pegarle fuego ¡a todo!, y de la cenizas esperar a que brote —porque siempre lo hace- un Ave fénix que vacíe ¡hasta el fondo de la esperanza!, la caja de Pandora que no acaba —como vemos en este momento— con sus donaciones esperpénticas y fatales.

¡Salgamos a las calles, sí, pero no a comer tacos y shucos y a chupar granizadas en la plaza!, de la mano de niñitos que igual los visten, en su día, de cucurucheritos o de inditos del 12 de diciembre. Salgamos a la plaza, sí, pero no para participar en las folclóricas y munícipes reuniones de los sábados, que no mueven ni cambian nada en este país, guiados por quienes saben manipular a los corderos facebookeros, a través de recursos electrónicos hackeros, presididos por los Sepúlveda y los Rendón…

Salgamos a la calle, pero a hacernos sentir como lo hacíamos antes. Antes armábamos, los estudiantes, barricadas donde lanzar de todo al Ejército represor y a la Policía mordelona. ¡Volvámonos anarquistas y nihilistas al menos por unos meses! Y rompamos desde abajo los cimientos del Estado y más bien de la Nación. Esto que estamos viviendo ha llegado a la infamia e inunda de guarrería nuestras raíces, que se encuentran ya en pleno estado de putrefacción.

¿Ustedes creen —pobre pueblecito de semillas protervas y de progres manifestaciones en la plaza— que cambiaron algo en este país porque la Baldetti y  el Pérez están en chirona? ¡No, señores, no han cambiado nada!  Eso fue un pinche golpe de Estado hackista, producido en la Metro Goldwyng Mayer, con sede en La Cañada

¡Muchá, no sean babosos! O nos ponemos los pantalones de la subversión radical  -aquellos pantalones que nos han heredado Yon Sosa y Luis Turcios Lima, pero desde luego fabricados por novísimos criterios de un  libertarismo contemporáneo como el de Michelle Foucault- o nos lleva la China Hilaria. Es tiempo de destruir para construir. Tiempo de la transvaloración de todo los valores, como lo  proclama Nietzsche en la Genealogía de la Moral. Tiempo de mezclar a Bakunin con Schopenhauer; y de pensar que Federico dejó muy en claro que el bien es el mal y el mal es el bien, porque han aberrado al Estado de manera extraviada, desviada y pervertida.

¡Ya no vayan a la plaza! Allí los están llevando —y los llevan— grupos de personas semilleras que suspiran también por el poder. Hace un año los convocaron allí gente que pudo manipularlos por el bastardo Facebook y otros medios similares de comunicación que ya mencioné. Las revoluciones no se hacen sino con balas y cañones. Nunca se ha visto un bochinche colosal, sin  sangre ni mártires. Aunque sólo sea de casualidad y modestito como cuando lo de María Chinchilla.

Escribiendo y publicando manifiestos —políticamente surrealistas— y convocando a batallas como las de París-Mayo-68. O las de ahora mismo en la capital de la admirada y rebelde Francia -tierra de  Diderot, que los tenía muy bien puestos- es como podemos rajar los cimientos del país que, grotescamente, pespuntaron los de la Línea 1, titereteados  por los de la Linea 2. Esta última, es la más cochina porque nos pisa, como a las gallinas, desde hace 500 años.

Es volviéndonos otra vez adolescentemente rebeldes –aunque se tengan 70  años-  como podríamos erigir una destructora Bastilla, sin concesiones a tantas palabras huecas, como quienes las pronuncian. Basta de refundaciones serrañeras.

Es hora de sumergirnos hasta el fondo de nuestras raíces. Preguntar a los abuelos incorruptos. Buscar en la Historia todo lo que quedó irresuelto y lo que ha quedado sin castigo, por los crímenes de los hijos de Xibalbá —que es la unión del Ejército con la oligarquía—. ¡Sumergirnos!, y salir a la luz aseados ¡ya!, por la sangre de nuestros mártires como mi amigo Otto René. Y después de destruir el Estado actual, construir otro incontaminado  por las heces  de los que ahora están en los tribunales, y de los que faltan, ¡y faltan aún…!

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