Opinion

Petén, enero 2016

EDUARDO COFIÑOPor Eduardo Cofiño K.


 

 

El cambio climático ha provocado que en Guatemala el maravilloso clima tropical, moderado, benigno, variado e impredecible de por sí, haya ido convirtiéndose, poco a poco y cada vez más, en más impredecible aún. Cada día, cada año, se pone más interesante el asunto. El cambio climático.

¡Ya no sabe uno ni qué ropa ponerse, Chula, por Dios Santo!

Pues, los que hemos podido observar el planeta tierra desde la ISS (International Space Station, por sus siglas en inglés. Estación Espacial Internacional, para los que nos son bilingües) y hemos tenido (también, fíjese qué afortunado) la suerte de estudiar un poco de todo (geología, en este caso), sabemos que Guatemala, como toda Centroamérica, en realidad, sufre un proceso de erosión permanente, como esos castillos de arena volcánica que se van deshaciendo cuando les vertimos agua encima. Y los niños lloran. Vamos desapareciendo poco a poco, centímetro a centímetro, año con año… y la deforestación (y el susodicho cambio climático) han acelerado el proceso. Visto desde el espacio uno realiza de inmediato la fragilidad del pequeño cordón umbilical entre el norte y el sur. ¿Verdad, Arjona?

Pedacito de tierra bendita, frágil, exótica e inigualable donde nos tocó dejar el ombligo (y el prepucio, si te han circuncidado), que se va lavando hacia los océanos con cada gota de lluvia, con cada viento que nos azota… Paraíso terrenal que desaparece y que estamos destruyendo a pasos agigantados. En fin.

Estoy en Petén.

Precisamente ayer comunicaron que entraría un frente frío, fruto de las neviscas y tormentas gélidas que han castigado al imperio, allá en el norte de América. Y así sucedió.

Intempestivamente, sin avisar siquiera, sin hacer reservación o llamar educadamente entró, como Pedro por su casa, abrió la puerta y se dirigió directo a la cocina, vino girando órdenes, como militar, pues. De un momento a otro el Petén se convirtió en Inglaterra. Entendámonos, hablo del clima, nada más. La cultura, el orgullo, el aplomo y el manejado por el lado izquierdo no se trasladaron para acá. Ni locos. Solo mandaron el clima, vaya.

De repente se nubló y obscureció como que fueran las seis de la tarde. Empezó a soplar un viento congelado del norte. El lago, otrora sereno y plácido, se enervó y encrespó, como gato asustado. Se tiñó de color plomo (¿aluminio anodizado?), como gato pardo, realmente, y crecieron sus olas. Una llovizna perenne y pertinaz, de esas que caen en diagonal, desciende impasible y disciplinada sobre los árboles, sobre los techos de guano, sobre los corredores de lámina.

Es una lluvia tan fina que no se atreve a hacer ningún ruido al chocar contra las láminas. Gotas esporádicas caen sobre estas desde los árboles, donde se concentran en las hojas como niños a la entrada de la escuela. Y se escucha un tambor natural, sin ritmo ni cadencias, sin tiempos o armonías. Y sin embargo, allí está la música del planeta, de la Madre Naturaleza.

Nada y se zambulle periódicamente un white collared grebe (un patito de cuello blanco, les decimos aquí, porque en español significa somormujo, barajo, en su casa lo conocen), animalito tan bello y tan frágil como los ecosistemas que destruimos y que aquí, gracias a Dios, todavía se encuentran algunos parajes intactos… nada, patito, nada libre…

Siempre, entonces, el gris de la tarde (aunque sea por la mañana), la lluvia torcida, el viento tullente y el patito diminuto que acompaña al tamboreo de las gotas, al canto, sonido, pito del grillo, la chicharra, el chipilín perpetuo que no cesa nunca en la selva, ese que llena el silencio de más silencio y que me lleva a preguntarme si son cánticos de insectos o lo que sea, si realmente viven allí, en el bosque, en la selva, ¿o es que suenan adentro de mis oídos, de mi cabeza?

Porque, créalo usted o no, realmente no importa, a veces escucho esos sonidos de chicharras también en la ciudad, adentro del elevador, detenido en el tráfico, viendo televisión… Seguramente me estoy convirtiendo en esquizofrénico, ¡qué emoción! Más vale esquizofrénico conocido que desconocido con alzhéimer. Eso sí: si uno maneja bien la esquizofrenia y logra congeniar con ella, pues, cuando escuchas esas voces, esos consejos, comentarios, sugerencias u órdenes, alucinaciones auditivas, si pudieran llamarse así, lo que le toque a cada loco, uno puede aprovechar a conversar consigo mismo, conversaciones inigualables, entretenidas y estimulantes, por horas. Mejor que ir al psiquiatra, de plano.

Y más barato.

Esquizofrenia: la única terapia para ser feliz y poder sobre vivir en este biodiverso, arqueológico, multicultural y –todavía– dotado del mejor clima del mundo, pedacito de cielo robado, Petén (Guatemala).

Esté usted donde esté, en la ciudad de Guatemala, en Xelajú, Atitlán, el océano Pacífico, Atlántico o la laguna de Ayarza, en el desierto de Zacapa o la Sierra de las Minas, en Semuc Champey o en Siete Altares (¿se secó al fin?), en las aguas termales o en los ríos navegables y polucionados o en los no navegables y polucionados ríos, trepando hacia la cumbre de un volcán o hundido en el fondo de un barranco, en un caserío paupérrimo en la ladera de la montaña, en un poblado, en una comunidad rural, en un asentamiento, esté usted aquí, allá o en otro lado, en cualquier lado, digo, esquizofrénico para siempre.

¿Qué decía usted?

Por lo pronto el lago, que observo a lo lejos, a través del follaje del bosque, se obscurece y se crispa mientras las gotas caen como llevando el compás de las chicharras inmortales, estén adentro o afuera de mi cabeza, no lo sé.

El viento frío de Londres.

Y todo (verde, que te quiero verde, Miguel Ángel Asturias), verde, tan verde que es casi negro.

En estos días, rarísimos por cierto, donde la gente se cubre con su único suéter, jersey, sudadero o chumpa, protegiéndose de la humedad implacable y de este frío londinense de la selva tropical.

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