Opinion

Los Santos Inocentes, o de cómo el juez Gálvez los tornó cándidos y castos, reverenciando el Artículo 14

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Mario Alberto Carrera


La pandilla, algunas veces sólidamente unida y hoy en alocada desbandada, se muestra por la tele ante nuestros ojos desorbitados, en la sala de audiencias de la Corte Suprema de Justicia. Son tantos que desbordaron el pequeño juzgado.

Las cámaras toman, poseen u ocupan (que no cooptan, bobito colombiano) sus rostros y sus cuerpos medio desplomados en las butacas, en un espacio donde lo moral y lo inmoral se desplazan en un juego infernal, dentro de sus mentes mafiosas, en un 90 % de élite social, élite dentro de la cual hay grupos más reducidos y sofisticados, grandes consumistas de viajes a esquiar a Aspen o de no usar más que camisas Hermès y Andrea Sillardi de 100.oo para arriba. La moral baila la danza de los —acaso— arrepentimientos a destiempo.

Yo reflexiono sobre la Ética, sobre si esta rama esencial de la Filosofía tiene algún valor en el seno de la pandilla televisada y, en general, de Guatemala. O es, sólo, una especie de solipsismo grupal, de aquellos que usamos la cabeza, por ejemplo, más allá de entender cómo funciona la labor de un montón de babosos peloteros que se mueven persiguiendo un balón para darle una patada. Mientras el batueco planeta sigue tales hazañas con absoluta entrega y los guatemaltecos discuten, con una buena chela, ¿a quién le va, usté?

La panda de ladrones —por el momento— no atiende a los deportes porque es menester que pongan todos sus sentidos en saber si el aturdido juez los va o no a declarar Los Santos Inocentes, como el nombre de la famosa novela de Delibes, en atención al famoso Artículo 14 de la arqueológica Constitución de la República.

El juez Gálvez no sabe qué hacer —con tanto quehacer— y aumenta su turbamiento, y parece empantanarse, aunque de cuando en cuando, vuelve a la lucidez y la tartamudez lo abandona y también —y sobre todo— la reiteración de: me da la impresión y me da la impresión, que repite tres cuatro y hasta cinco veces antes de encontrar la frase que busca; y eso a mí me produce más ansiedad porque quisiera soplarle y así calmar mi angustia moral-existencial: siento delito ajeno.

He escrito dos ideas: angustia moral-existencial y delito ajeno, en vez de vergüenza ajena. ¡Sí!, la panda que observo gracias al milagro de la tele me mantiene angustiado volando, como si yo fuera un dron, sobre la inmensa sala del crimen. Y no dejo de pensar en toda esta gente que hace sólo pocos días se conducía en flamantes suburban negras: vidrios polarizados y seguridad. Gorilas que me miran con odio y yo en mi piche carrito vistiendo ellos ¡los intocables!, trajes de Dior y oliendo ellas a Femme y saliendo del estilista con el último corte de cabello, sintiéndose divinos y, lo mejor, o lo peor no lo sé, creyéndose buena gente

Dentro de mi pinche carrito —porque me toca ir al súper y soy padre soltero y abandonado y, además libertino y comunista— me pegunto por qué, a lo largo de mi vida, he experimentado tanta culpa y por qué me cuestiono constantemente sobre el bien y el mal tan obsesivo como Federico. En mi autito —que ya no paga casi nada de impuesto de circulación ni un seguro demasiado alto en G y T Continental— yo sigo pensando en el hato que continúa frente al juez de los jueces más conocido como Miguel Ángel Gálvez, el gran súper ratón de la ley. Y admiro la manera como la pandilla ha encarado sus pecados porque, en vez de reconocerlos contritos y pesarosos, piden menos castigos y más comodidades: arresto domiciliario sin vigilancia.

No hay bien ni mal porque resulta que todos son inocentes. El Artículo 14 constitucional los arropa bajo un manto más espléndido que un viaje en la Balita, con champán Dom Perignon, durante el vuelo, y una gran bacanal al llegar a Roatán o acaso al divino París de todos mis sueños. El hijo menor de la Baldetti nos acompaña en este viaje sin límites y extravagante.

Todos están sobre el bien y el mal en la mara aberrada, dentro de la que destaca, con esa cara de alevoso que tiene, Mauricio López Bonilla, el otrora castigador de chiquillas de barriada, desde una obscena moto, chaqueta de fina cabritilla, valorada en miles de euros. Él, un señor bien y además, ministro…

¿Para qué se crearon los valores si esta banda de insurrectos es el muestrario más variopinto de su inexistencia, con prostituta apariencia de lo contrario? ¿Para qué discutir si el bien y el mal existen —como conceptos— si está visto, al observar a la banda que aparece en la pantalla y a los gravísimos delitos que consumaron ¡tan frescamente!, que ello es un mero adorno social con el que se quiere presumir de una sociedad y un Estado y un gobierno ordenados y bien compuestos?

Yo voy en mi carrito de pobre clasemediero ladinizado pensando en todas estas cosas. Yo fui un pobre maestro y soy aprendiz de escritor y de pensador. Yo, lector, soy un pesimista que en vez de ir pensando en el juegazo de fut que dentro de minutos enfrentarán los cremas contra los rojos, voy reflexionando en los valores, en el bien y en el mal —Mas Allá del Bien y del Mal— como el título del libro de mi amado maestro.

Pero, con todos esos defectos míos, no estoy de acuerdo con el famoso Artículo 14 que proclama la inocencia de esta clica maldita que veo por la televisión. No son inocentes. Para nada. Hay suficientes evidencias que los señalan.

Y al final, la madre de todos los jueces, les ha otorgado ¿miedosamente?, medidas sustitutivas. El pueblo se deprime…

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