Opinion

Los cambios que vienen

Danilo Arbilla A

Seguramente, no han de preocupar mucho al flamante presidente brasile­ño, Michel Miguel Elías Temer Lulia, y a Itamaratí, las protestas y acusaciones de la deshilachada Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba).

Temer debutó como presidente del Brasil a nivel internacional el pasado fin de semana, en la reunión en Chi­na, de los más grandes y desarrollados países del mundo agrupados en el G 20.

Fue su legitimación, mal que le pese a Ecuador, Bolivia, Venezuela, Nicara­gua, Cuba y el gobernante Frente Am­plio uruguayo, que han protestado ai­radamente, retirado embajadores y han roto relaciones en un caso extre­mo.

Al gobierno brasileño, sin duda, le importaba mas lo que pasara en el G-20, que las reacciones bolivarianas.

El problema mayor puede que sea para los protestantes, cuando deban re­cular. Porque al final van a tener que echar para atrás. Quizás se resista Ni­colás Maduro, pero importa poco, es un cuento a punto de acabar. Lo del Canciller brasileño José Serra fue más que explicito, dijo que Ecuador y Boli­via deberían mirar al proceso brasileño para aprender sobre democracia. Con Venezuela fue más contundente, dijo que es un régimen que no merece respe­to, porque es un régimen antidemocrático que desorganizó al país.

Este viraje en la política diplomática brasileña generará un reacomoda­miento en las instituciones regionales, cuya magnitud no es fácil de predecir, pero que, sin duda, provocará más de un desmoronamiento. La CELAC (Co­munidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) no tendrá mayores pro­blemas: se mantendrá en ese estado de semiletargo que la caracteriza y que molesta poco. La Unasur, en cambio, habrá de revisar su política y forma de actuar. Difícil que su secretario gene­ral, el expresidente colombiano Ernes­to Samper, sea reelegido.

Pero los cimbronazos mayores se darán en el Mercosur y en la OEA.

En el Mercado Común del Sur la suerte de Venezuela parece estar sella­da. Esto es, la de la Venezuela de Nico­lás Maduro, que se autoproclamó pre­sidente pro tempore de la organización, con el solo beneplácito de Uruguay, pero con lo oposición de Argentina, Brasil y Paraguay. Estos no lo recono­cen como tal y han creado una comi­sión para administrar al Mercosur, has­ta que Argentina asuma la presidencia en diciembre próximo. Le cuestionan a los venezolanos no haber cumplido una serie de protocolos que exigen los estatutos, a lo que se suma el reclamo de Paraguay, que sostiene que está in­hibida por no cumplir con la cláusula democrática, con lo cual coinciden Bra­sil y Argentina (basta ver lo que ha di­cho Serra, o el propio presidente Mau­ricio Macri, quien ha denunciado que en Venezuela no hay democracia y que se violan los derechos humanos). Es muy probable que, si Maduro no per­mite la realización del referéndum, una de las consecuencias sea la sus­pensión de Venezuela como miembro del Mercosur. Con esta situación, ade­más, se complica el ingreso a la orga­nizaciónn del por ahora postulante Es­tado Plurinacional de Bolivia.

El cambio en Brasil a su vez reper­cutirá fuertemente en la OEA, y máxi­me con el nuevo giro e impulso que le ha impuesto el Secretario General, el uruguayo Luis Almagro. Tam­bién aquí la suerte de Venezuela esta más que sellada. Seguramente habrá una política más severa, en cuanto a la aplicación de la Carta Democrática, lo que pondría en la línea de fuego a países como Ecua­dor, Nicaragua y Bolivia. Un alto funcionario de la OEA, cuyo nom­bre pidió mantener en reserva, me dijo, respecto de Venezuela, que la coalición de países que reclaman un cambio en ese país aumenta día a día, con un grupo duro de 15 países y otros que están más en la periferia y que pueden llegar a un total de 20, con lo cual se superaría el 50 por ciento (18) de los países miembros.

En cuanto a las denuncias hechas ante la CIDH y la OEA por el impea­chment en Brasil, este funcionario in­dicó que la reacción bolivariana por el proceso brasileño es testimonial y sin impacto práctico y, en cuanto a la de­nuncia del Partido de los Trabajado­res (PT) ante la CIDH sobre una su­puesta violación a los derechos de Dilma Rousseff, indicó que no cree que derive en algo sustantivo.

Quizás después de 15 años, desde que fuera aprobada con bombos y platillos, se comience de una vez por todas a hacer respetar la Carta De­mocrática Interamericana.

 

 

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