Opinion

Lo importante de saber leer la realidad

 

opinion-gustavo-leivaGustavo Leiva


A menudo es­cuchamos esta nueva pregunta: ¿Cómo lees vos el caso de …? Es­ta pregunta es válida tanto para abrir una conver­sación, ya sea so­bre Donald Trump, sobre lo que nos sucede como país, como fami­lias o, simplemente, como personas y entre amigos.

Es un hecho, leer la realidad se ha convertido en una especie de nuevo alfa­beto que ahora anda de boca en boca, no sólo de quienes se dedican a entrevistar a líderes de opinión, sino en cualquier conversación trivial. Ya, pues, no pregun­tamos qué pensás de…, sino como lees lo que está pasando con …?

La verdad es que este tema, de saber o no saber leer la realidad, nos lleva hasta las fronteras de la filosofía y, especial­mente, a reconocer que lo más impor­tante en la vida es cómo vamos interpre­tando cada instante que vivimos. Nues­tra vida, la de nuestros hijos y familias, depende de la capacidad que tengamos para leer lo que está pasando a nuestro alrededor y, también, y mucho más im­portante aún, lo que nos está pasando adentro de nosotros: ese mundo interno que vamos cargando con nosotros a cualquier lado que vayamos como esos caracoles invasores que viven adentro de su concha.

En lo personal, a mí me encanta có­mo dejó el Popol Vuh, en los mitos de los gemelos que bajaron al Xibalbá, un código secreto para poder interpretar la realidad que vivimos cuando estamos en situaciones donde nos jugamos la vida a cada momento, y donde, saber leer la realidad, puede resultar en crear o morir.

Me encanta la escena cuando los ge­melos bajan a Xibalbá y tienen que esco­ger uno de los cuatro caminos. En lugar de tomar ellos la decisión, dejan que un mosquito, una diminuta especie de la naturaleza, elija por ellos. El mosquito toma el camino negro, de las otras tres opciones que tenían a la mano: el ca­mino blanco, el amarillo y el rojo. Des­pués, cuando tienen que enfrentarse a una prueba máxima de conocimiento, que consiste en saber los nombres de los 12 señores de Xibalbá, otra vez, dejan que el mosquito sea quien los guíe. Por supuesto que el mosquito cumple con esta delicada misión a perfección. Cuan­do los retan a dar los nombres de los se­ñores de Xibalbá, los gemelos hacen los saludos sin equivocarse y, por eso, no son derrotados. Para el maya de aquellos tiempos, no saber crear la realidad, no saber interpretar ni leer el momento preciso, sig­nificaba estar derrotado, haber fracasado, morir. Esta, creo yo, es una tremenda lec­ción.

Cuando nosotros, los que hemos sido formados en la manera de pensar Occi­dental, este tipo de historias no tienen sentido y son tomadas a la ligera, como primitivistas, näive, y damos por sentado que se trata de una manera de leer el mundo propia de la era de la piedra — ignorante y más—.

Aunque no lo creamos, esta historia de los gemelos está en el centro de la in­terpretación de la nueva manera de ver el mundo desde la física cuántica. Por eso es que es tan fascinante pensar que el mundo maya de ayer, y el mundo de quienes van al frente de las ciencias de hoy, en lugar de separarse, están ahora más juntos que nunca.

Para David Bohm, uno de los grandes pensadores de la física moderna, cuyos esfuerzos fueron poner a los cuanta de acuerdo con la teoría de la relatividad de Einstein, la idea del mosquito salvador resultaría especialmente apropiada para dar un ejemplo de lo que significa que todos nosotros, además de tener una personalidad ya hecha, tenemos a nues­tra disposición, como los electrones que se mueven en el mundo sub-atómico, varias otras personalidades exploradoras que utilizamos antes de dar un salto a una realidad mayor. Este salto a una rea­lidad mayor, es el famoso salto cuántico.

Pues bien, todos, y con esto quiero de­cir desde los sapos hasta las guacamayas y nosotros los humanos, antes de saltar hacia lo incierto, poseemos una especie de séquito de exploradores, llamados fee­lers, que van anticipadamente en busca de las mejores opciones que tenemos para saltar a nuestra siguiente fase de evolución.

Todo lo que vemos, incluyéndonos a nosotros mismos, deberíamos saber leerlos no como seres definitivos y ter­minados, sino como feelers, que, o están a punto de saltar, o ya saltaron. ¿No es esta una linda manera de leer cómo el universo se va desenvolviendo a la par de todo lo que nos ocurre a cada instan­te. Tú y yo, no somos ni tú ni yo, somos feelers que acaban de dar un salto al va­ció. ¿Qué les parece?

 

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