Opinión

La tragedia del péndulo

LUIS LINARES

Luis F. Linares López


Se atribuye a Luis Muñoz Marín, primer gobernador electo de Puerto Rico y que, allá por los años 60 fue reconocido como una de las principales figuras democráticas de la política latinoamericana, al igual que lo fueron Rómulo Betancourt, Alberto Lleras Camargo, José Figueres y Juan José Arévalo, haber dicho que una de las mayores tragedias de nuestra región es la política pendular, de un extremo a otro, con cada cambio de régimen, lo que implica volver a empezar casi desde cero, y que al cabo de poco tiempo vuelve a suceder lo mismo. Esta característica es reconocida por numerosos estudiosos de la política latinoamericana.

Para no irnos muy atrás en la historia, basta con mencionar los años más recientes, desde los 80 del siglo pasado, cuando bajo la égida del Consenso de Washington se impusieron las políticas neoliberales impulsadas por Ronald Reagan y adoptadas por los organismos financieros internacionales. Fue cuando se dio la Década perdida, sobre la cual algunos de los promotores de las medidas de ajuste, posteriormente reconocieron que se excedieron. A la era neoliberal pertenecen gobernantes como Salinas, Menem, Sánchez de Losada, Fujimori e incluso Carlos Andrés Pérez, del histórico partido socialdemócrata venezolano. Varios de estos gobernantes fueron también señalados de corrupción y algunos, como Pérez y Fujimori, separados de sus cargos por ese motivo. Al que se agregan, en el caso de Fujimori, sus numerosos crímenes.

El descontento contra el paquete económico que trató de aplicar Pérez dio lugar al intento golpista de Hugo Chávez y al crecimiento de su figura política. Con el ascenso al poder en 1999, cuando se dio el lujo de jurar sobre esta moribunda Constitución, el péndulo se va al otro extremo, inaugurando el período de una variopinta colección de regímenes de izquierda, que buscaron revertir el modelo neoliberal, con medidas como la nacionalización de empresas que anteriormente habían sido públicas, y de explotaciones mineras y petroleras; la reversión de reformas a los sistemas de pensiones; aumentos de los salarios mínimos y el impulso de políticas —principalmente las transferencias monetarias condicionadas— orientadas a reducir la pobreza. Cabe señalar que las transferencias, que contaron desde el inicio con la bendición de los organismos financieros internacionales, también fueron practicadas por gobiernos de corte neoliberal, pues tienen la ventaja de que no afectan las causas estructurales de la pobreza y la desigualdad.

Decimos variopinta colección porque entre Lula y Chávez, que podríamos situar en los extremos del particular cuadrante de la izquierda, hay grandes diferencias, y ya no digamos entre los gobiernos de Tabaré Vázquez y Mujica en Uruguay, o la Concertación Chilena, más tirada hacia el centro. Pero, con excepción de Uruguay y Chile, Chávez impuso su tónica a la izquierda latinoamericana, pues gracias a los petrodólares que integró una cohorte de gobiernos incondicionales, como Ortega y Evo, y en menor medida Correa y los Kirchner. Lula no pudo o no quiso tomar el liderazgo, aprovechando su carisma y el indudable peso de Brasil en cualquier escenario. La corrupción no es tampoco ajena a estos gobiernos. Confirman lo que hace años decía un amigo: la diferencia entre la izquierda y la derecha se reduce, muchas veces, a la mano con la que roban.

Ahora, con la crisis de Venezuela, la salida de Dilma Rousseff, la llegada de Macri y la posible victoria de Kuczynski, el péndulo vuelve a moverse hacia el otro extremo. Vienen de regreso la reducción del papel del Estado, la privatización de la seguridad social, la primacía de la competitividad —desmantelando la legislación laboral protectora— sobre la inclusión social, entre otras recetas neoliberales. Una victoria de Lula en 2018 —que no sería nada raro dada la popularidad que mantiene— aminoraría ese desplazamiento a la derecha.

Finalmente, en esta historia pendular, cómo se ha comportado Guatemala. Por diversas razones, y pese al predominio de los intereses empresariales, no se implantaron las más duras medidas neoliberales, y en otros gobiernos que fueron aparentemente más cercanos a las tesis de izquierda, tampoco hubo iniciativas cercanas al socialismo del siglo XXI preconizado por Chávez. Es de esperar que, en este vaivén perpetuo, nos reencontremos con el programa contenido en los Acuerdos de Paz, que permite conciliar las libertades individuales con la justicia social.

Lula no pudo o no quiso tomar el liderazgo, aprovechando su carisma y el indudable peso de Brasil en cualquier escenario.

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