Opinion

LA RANA (¿Parte I?)

EDUARDO COFIÑOEduardo Cofiño K.


 

Se apoyó fuertemente en sus patas traseras. Afianzó con pericia sus dedos verdes y, en las puntas, las ventosas de los mismos se tornaron amarillas por un instante. En el microcosmos de su vida resonó un ruido fuerte, seco y hueco cuando brincó hacia el espacio. Fue un salto largo y suave, parabólico, que transcurre como en cámara lenta. Un salto en el que se pierde el tiempo.

Sintió el viento chocando fuertemente contra su delicada cara, contra su cabeza verde, contra su cuerpo gelatinoso y anfibio: el cuerpo flotando, gravitando, bamboleándose, meciéndose en el vacío momentáneo de su vuelo. Vibrando en consonancia con el universo que la rodea. Es cuando se pierde el contacto con la dimensión sólida que se aleja, y el hábitat se convierte en un mundo gaseoso, de aire. Es como volar… sin alas, ¿para qué? Los sonidos múltiples y abundantes de ese mundo imperceptible se entremezclan en una sinfonía que murmura en sus oídos invadiendo todo: el viento, la ingravidez, el sonido, el tiempo. La luz cambia segundo a segundo (“…fíjate en el tiempo y en la luz”, me decía hace años, en un sueño extraño, ¿no lo son todos?, mi tía Lily, mientras yo batallaba y perdía nuevamente la lucha contra las drogas y el alcohol. ¿Porqué me acordaré de eso, ahora?), mientras ella vuela al borde de la baranda de caoba que proyecta (ahora sí, ahora no) la luz que se filtra entre los balaustres. Claro, oscuro, claro, oscuro. Y ella vuela (y yo soy ella, aunque parezca increíble. Yo soy la rana). Siente el viento que la abraza y acaricia ese cuerpo, esa cabeza verde, esa cara, ese dorso, esos dedos y las ventosas que se estiran preparando el arribo a otro mundo nuevo.

Y ese fue solamente el primer brinco.

Desde aquí, desde mi escritorio, observo las partículas minúsculas que brillan en el aire, las veo bailar y danzar (en un movimiento cuasi perpetuo) al ritmo del tiempo natural que no tiene nada qué ver con el reloj, con los compromisos humanos, con las obligaciones mundanas, con el dinero.

Por la barandilla se filtra la luz del sol e ilumina las minúsculas partículas que reflejan la luz iridiscente, como diminutas estrellas, como galaxias enanas, inalcanzables también.

Arriba, colgando en un palo rollizo, que cuelga de los largueros que sostienen el techo de guano, se mece, indiferente, el traje de baño mojado que utilicé por la madrugada, cuando crucé el lago hacia la otra orilla, en solitario y acompañado por la niebla y las estrellas.

(Habíamos convenido en encontrarnos en la gasolinera, para ir al Comisariato. A mí me daba algo de pena molestar al general -ahora presidente, ¿te acordás Tono?- solo por algo tan nimio, insignificante, de verdad. Y yo la necesitaba, pues no había encontrado otra así, especial para competencias de natación. Aunque, pensándolo bien, no había buscado a fondo).

Para ella, el sonido se ha convertido en música de una orquesta de silencios que se rompen con murmullos y ronroneos de abejorros cantantes, que se mezclan y funden en un coro disonante con los cantos de los grillos que rellenan siempre el silencio sin silencio de la selva. El aleteo de algún ávido volador también concursa en aquella sinfonía inigualable, que para ella (la rana, la rana…, por si se habían perdido) es como un gran aplauso.

Yo siento el paso inexorable del tiempo y del día, que continúa su camino imparable hacia el ocaso, por el cambio de luz en la baranda, en las partículas, en las sombras, por el movimiento imperceptible de la rana que ha llegado a su destino y se prepara para otro brinco de aquellos.

Proeza tras proeza, no cabe duda. Un gecko sale por un momento de su escondite, atrás de un cuadro colgado en la pared blanca, observa indiferente y se esconde de nuevo. Yo siento el paso del tiempo, pues las sombras se alargan, las partículas desaparecen. La Tierra se mueve. El planeta gira. Se sienten los segundos como horas desiertas: pasan, transcurren, pero no se mueven.

Ella solamente siente cómo el impulso instantáneo es automático, sin pensarlo, sin saber a ciencia cierta por qué lo hace. Es una necesidad  urgente e imperiosa, imposible de rechazar. Su pequeño hígado genera las enzimas que impulsan los músculos como pequeñas corrientes eléctricas que estallan en las células, como las órdenes que le llegan a la computadora desde mi teclado.

Otra vez el vacío, la otra dimensión. ¿Adrenalina? Quién sabe.

Otro brinco.

Por lo general, nunca la colgaba allí, la dejaba sostenida en una cuerda que até de un lado a otro, en las columnas de madera que sustentan el rancho del muelle principal, sobre el mismo lago Petén Itzá. Pero ahora se había perdido, en ella misma, ¿me entiende usted?, un extremo de la pita que sirve para ajustarla a la cintura, para que no se le caiga, cuando uno nada. Se enreda en los pies y, finalmente, quedaría uno desnudo, lo cual no es muy recomendable en una competencia en aguas abiertas, sobre todo por la salida, corriendo apresurado hacia el área donde se encuentra la bicicleta. Un poco bochornoso, ¿no?.

(Este artículo continuará… o, ¿quién sabe? Se me rebalsaron las palabras de este vaso literario donde les comparto mi vida, que vierto en esta columna donde, como todo en la vida, nos pone límites. Los humanos. ¡Ah!, los humanos. He transcrito solamente la mitad del artículo completo.

De todas formas, ¿para qué leer? Y yo sí tengo mucho qué contarles, estupideces mías. Pero mías al fin).

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