Opinion

La historia de Dios

EDUARDO COFIÑOEduardo Cofiño

No se trata de causar polémica, ni de contradecir a los creyentes de las distintas religiones de hoy pero, ¿desde cuándo cree el ser humano en Dios?
Tampoco intento hacer un Tratado de Teología, ni darme en la madre con los filósofos religiosos, creyentes o ateos, ni con nadie en particular. Solo es otra divagación, otra fumada literaria, intrascendente tal vez, quizás para romper un poco con los escritos y pensamientos de otros columnistas de opinión, y con todo este desmadre electoral y patriótico que nos nubla la vista, como una cortina de humo, parecida a -¿porqué no decirlo?- las religiones.
Pero sé que desde las épocas remotas del hombre prehistórico, desde el hombre de las cavernas (cavernícolas, organizados en clanes, que dejaron sus huellas imborrables en los muros de cuevas como Altamira, en España, cerca de un pueblo maravilloso llamado Santillana del Mar, maravilloso de verdad, se los juro, como perfecto, idílico y romántico, pueblo al que tuve la suerte de visitar, hace muchísimos años, durante parte de mi educación en ese país europeo, rumbo a Altamira, para que no se extravíen, si no tienen GPS. En aquella época, lo dejaban entrar a uno a las verdaderas entrañas de aquellas cuevas. Tocaba uno los muros y todo, como cuando nos permitían escalar los templos en Tikal, agarrándonos de los bejucos, lianas y vainas que los cubrían.
Ni droga de conocimientos en conservación del patrimonio cultural…pa’ qué te cuento, colega.), desde los tiempos en que los grupos humanos se organizaban para sobrevivir de la caza, de la recolección (neandertales, cromagnones, Lucy, el hombre de Pekín y otro montón de huesos, mandíbulas, instrumentos de piedra, de marfil, de madera y… preciosos murales, como los de Altamira), desde aquellos lejanos tiempos, desde que el hombre se paró sobre sus piernas y empezó a diferenciarse del resto de los animales, el hombre creía en Dios.
Y el primer Dios del hombre era el Sol, el Astro Rey, el que le da la vida al planeta, biológicamente, científicamente hablando, pues. Y, fíjense pues, muchachos, el planeta y todo lo que vive en éste, era considerado como la Madre Naturaleza, la parte femenina de Dios.
Entonces, como dicen que el que no estudia la historia no puede entender el presente, ni mucho menos tratar de visualizar el futuro, una conclusión inevitable es que durante cientos de miles de años  (lee bien: cientos de miles de años, por favor), el Dios mas importante del ser humano, era el Dios Sol y su madre, esposa, hija, amante, casera, secretaria, enfermera, acompañante, primera, segunda o tercera dama, dama de sociedad o sexoservidora, o ambas, madre, esposa, hija y empresaria, era la Madre Naturaleza. Después, no sé cuándo, empezaron a inventarse otros dioses, cada uno a imagen y semejanza de algún ser natural: el Gran Oso, los dioses griegos, los dioses mayas y así, cada cultura con sus dioses a la medida. De repente, hace poco, dos mil años no son nada, comparados con estos cientos de miles de años, el hombre empezó a creer en Jesucristo, en Mahoma, en Buda, en los dioses de hoy, los que dirigen nuestros destinos. Mea culpa, mea culpa. Así lo cree la gente, ¿verdad?.
Sin causar polémica, irreverencia o controversia, pues, sigo con mis diatribas, mis elucubraciones, mis pensamientos que, no sé, al final, a donde me llevarán.
Pero en un momento dado el hombre dejó de reverenciar al Dios Sol y a la Madre Naturaleza y se creyó que era el centro de la Creación, del Universo. Y se olvidó del planeta. Se olvidó del amor a su Madre.
Y, de repente, sin darnos cuenta siquiera, ¡cómo pasa el tiempo!, ¿verdad?, pasa volando, ya viene la navidad y la gastadera en regalos y fiestas, ni modo, para eso esta la tarjeta de crédito, llegamos al siglo veintiuno donde enfrentamos a un planeta moribundo, donde se comprueba el daño a la atmósfera, el daño a los sistemas biodinámicos de los bosques y, mas alarmante y triste al final, el daño al agua, a los mares, a la vida de los mares.
No hay que ser científico: si usted ha tenido la suerte de bucear en los arrecifes de Belice, de Honduras, de Australia (muy pocos de nosotros los guatemaltecos, seguramente), si tuvo la suerte de ver estos bosques submarinos multicolores, hace treinta, cuarenta  años y ha regresado ahora, recientemente, usted sabe que los arrecifes se están muriendo.
Usted puede decir, a ciencia cierta, que lo vio con sus propios ojos. Si quiere estudiar un poco aprenderá de inmediato que las emisiones de dióxido de carbono han provocado lo que llamamos el “calentamiento global”, causante primordial del “cambio climático”, y puede comprender cómo este cambio ha afectado la vida marina, cómo hemos incidido para que cambie la temperatura y acidez del agua del mar, como hemos envenenado los ríos que desembocan en él, como lo hemos llenado de plásticos, de químicos nocivos, como estamos matando la vida del mar.
Lo mas crítico de todo es que, en los arrecifes se produce la mayoría del oxigeno del planeta tierra. Entonces, muertos los arrecifes, muertos los microorganismos que dependen de ellos (plancton: microorganismos que incluyen bacterias, diátomos, larvas, medusas), muerto el primer eslabón en la cadena alimenticia de todos los habitantes del mar, muertos los peces, los mamíferos acuáticos…muerto, al final, el ser humano.
Y no entiendo tampoco cuándo se volvió el dinero nuestro dios.
Comprar, vender, consumir. Comprar.Vender.Consumir. Comprarvenderconsumir.
Al final de la Historia de Dios, el hombre, acabó vendiéndole su alma al diablo. No se si nos la pagó con la tarjeta de crédito, en cómodas cuotas niveladas y sin intereses…
¿Qué nos pasó?.
Comprar.
Vender.
Consumir.

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