Opinion

 La Guatemala inmutable, la que no cambia entre las tinieblas de los cuerpos clandestinos paramilitares

MarioAlberto-0009Mario Alberto Carrera


Un conglome­rado de inocentes y preclaros guate­maltecos —mu­chos de los cuales acuden babosa­mente optimistas a la Plaza, durante los sábados de shuco y graniza­da— afirman sin necesidad de un buen puro alucinógeno, que Guatemala está despertando y, otros más osados en su tontera, pregonan que la Patria ¡ha despertado ya! Y que se abre a una auro­ra de esperanza: ¡ah, tópico tan mano­seado!

Hace ya bastantes años —cuando te­nía una columna periodística trisema­nal, en un Siglo XXI de bien recordado prestigio— acuñé algunos términos so­ciológicos que enriquecieron la lexico­grafía nacional, como aycinenismo o Guatemala inmutable. El significado de este último término —que más bien es una locución— nace de una convicción que, tras mucho trajinar en la atelana nacional —observando que todo el Esta­do de Guatemala no es más que una bien montada representación donde ¡en­redando!, se juega con los conceptos de bien y mal— me llevó penosamente a la conclusión de que aquí todo permanece, nada cambia y que cuando cambia es para que todo quede igual. Y lo digo con la convicción de quien ha leído en su lengua original, y estudiado, el libro del príncipe de Lampedusa. Ese que todos citan sin haberlo leído y de donde se desprende la frase de que hay que cam­biarlo todo para que todo quede igual. La misma idea de la Guatemala Inmutable, idea que concebí cuando sólo tenía no­ciones de Il Gattopardo.

Parménides, el gran filósofo presocrá­tico, afirmó y sostuvo que el Ser es in­móvil y por lo tanto inmutable. De mis viejos y nuevos estudios tomé aquella idea y de la Hélade Antigua la pasé Gua­temala. Con esto quiero decir que aquí las revoluciones no hacen huesos fijos ni, menos, las refundaciones ni las Constituyentes o renovadas Constitucio­nes. De aquí salieron corriendo ¡despa­voridos! Juan sin Tierra y Cromwell, Hobbes, Locke y y todos los enciclope­distas con la guillotina a cuestas. Aquí todo regresa a la Colonia encomendera. Esta es la patria del maldito criollo, es decir, la patria del satánico Francisco An­tonio de Fuentes y Guzmán, señor de los avernos y padre de todos los creado­res de cuerpos paramilitares. Porque Guatemala es paradigmática en el culti­vo de nefastas tradiciones inmutables como la de que —dentro de un organis­mo ideado supuestamente para el bien— surge otro paralelo que se dedica­rá al mal.

Lo que está ocurriendo en la SAAS —y el renacimiento en ella de CIACS— no es más que uno de los rasgos más prominentes y monstruosos de la Guate­mala Inmutable. De toda nuestra historia y tradiciones folklóricas, es el nacimien­to y proliferación de estas organizacio­nes llamadas clandestinas lo que nos de­termina y caracteriza. Con descaro ya desde Arana Osorio, pero veladas, desde Peralta Azurdia. Más de 50 años de te­rrorismo de Estado, de desapariciones forzadas, de ejecuciones extrajudiciales y de descarado espionaje (CIACS), que es lo que últimamente más tímidamente se estila.

La hiena de Zacapa no disimulaba, ni sus sucesores castrenses. Casi eran inne­cesarios los cuerpos ilegales y aparatos clandestinos, porque el Ejército abierta­mente masacraba donde y cuando le da­ba la gana. Prueba de ello es el actuar genocida del monstruo de los mons­truos: Efraín Ríos Montt. Acaso con él comenzó la era del disimulo y de CIACS, menos exhibicionistas. Ríos: el pastor, el anciano, el sacerdote eminente de la Iglesia del Verbo.

Otros tiempos han llegado, dicen los que van a la Plaza de shuco y granizada sabatinos. Yo exclamo ¡que para nada! Y que nuestra inmutabilidad -y la locución que inventé- siguen con plena vigencia. Aquí el verbo ¡cambiar!, ha sido borrado de las páginas de nuestro Diccionario Pa­trio.

Pero ahora, la historia que vemos es­cuece más. La hiena de Zacapa —dije— no disimulaba. Su zarpazo era directo. Corramos la película e instalemos al máximo la doble moral: El cómico se ha­ce ungir —por su pastor— Presidente de Guatemala. Lo vimos de blanca oveja en la Mega Frater por la tele. Lo de la Ca­tedral fue por taparle el ojo al macho. Es más, también lo hemos observado en el Desayuno Nacional de Oración —con la élite, el Estado y su Iglesia— invisibili­zando a la sociedad civil —la masa— que babosamente lo eligió, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.

¿Pero a quién engaña Jimmy Mora­les que mancilla su apellido porque de morales, nada? Ha mentido y ha vuelto a mentir, desde hace seis meses cuando dijo que no metería su zarpa en el Legis­lativo y, desde la campaña electoral, cuando ofreció no subir ni modificar la carga impositiva. Cultiva el nepotismo. Etcétera. Él finge y vuelve a fingir. Para eso es comediante.

Guatemala se hunde en la doble mo­ral instituida por El Príncipe —figura idealizada, de César Borgia, por Mac­chiavelli—. Porque el príncipe podía consumar el mal ¡y ser malo! hasta las últimas instancias de la maldad ¡contra su pueblo y sus enemigos!, si se ponía en peligro su monárquica y soberana fi­gura. Pero ese libro pasó de moda hace dos o trescientos años. De manera que si el pobre Jimmy lo quiere imitar —con la doble moral de pastor oveja, pero fe­cundador de CIACS— va perdido y equivocado y se erige contundente

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