Opinion

Indígenas y mujeres: Al Poder

MMarioAlberto-0009ario Alberto Carrera.


Vivimos –lo vengo diciendo desde hace cuatro décadas o más- en la Guatemala inmutable, la del señorito satisfecho, la de los aycinenistas encomenderos que aún no terminan de salir de la Edad Media neoliberal. Esos son los vientos negros que aún  soplan en las catacumbas del Congreso de la República a punto de darle fin (con pésima redacción como todo lo que allí se pergeña) a la Ley Electoral y de Partidos Políticos (LEPP) remendada y pespuntada torpemente, por variar. Es la Constitución la que debe escribirse totalmente y de nuevo –dentro de una Constituyente- para evitar el permanente escollo de corregir X ley que ¡después!, se topará con un artículo constitucional que la coagula, parcial o totalmente, como es el caso proverbial del número 24.

Las cuotas de género y de etnias en el Congreso (LEPP) despiertan tempestades disimuladas y hasta medio ocultas, porque no se quiere hablar trasparentemente sobre estos dos asuntos: la igualdad de la mujer y del indígena. Sotto voce

las seguimos considerando descerebradas -a ellas- y shumos igualados a ellos. Es, ya le digo lector, la Guatemala inmutable. La incapaz de cambiar. La que resiste al cambio y que, cuando lo hace, es pura ficción. Tal y como lo exigía y lo aconsejaba, el Príncipe de Salina, a su sobrino Tancredi, en el contexto de Il Gattopardo, del Príncipe de Lampedusa (Giuseppe María Fabrizio Stefano Vittorio Tomasi di): bisogna che tutto cambi, perche tutto rimanga, como ya lo cité en mi anterior columna.

En la Guatemala inmutable nada cambia  porque es inmóvil como el Ser de Parménides . Y, por ello, Parménides es el filósofo ( guatemalteco por asimilación) de la anti revolución, del anti cambio, anti humanista por excelencia. Es la Guatemala encomendera que quiere a la mujer en casa y con la pata quebrada; y, al indígena, analfabeto y sin  acceso a la educación porque así es manipulable y vota por quien se le ordene, ahuevándolo.

La LEPP debe ser reformulada por completo. Y, por ser Constitucional, debe reescribirse dentro de la re redacción de una nueva Constitución, para una Novísima Guatemala de la Revolución y ya no de la Asunción. Es un imperativo categórico nacional el que la LEPP contenga hoy -o más adelante en un futura Carta Magna- cuotas de empoderamiento para la mujer y el indígena  -en equidad con la del que se cree criollo o nouveau arrivée o new rich- o el que se auto llama ladino, cuando no encuentra una clasificación (él) más apropiada y al que, folclóricamente,  yo llamo señorito satisfecho de por La Parroquia o, asimilado aycienista, al sistema.

En las naciones desarrolladas del mundo (desarrolladas en lo intelectual y no sólo y necesariamente en lo económico-neoliberal) las cuotas son de mitad por mitad. En nuestro caso la cosa se complica porque estas cuotas deben compartirse ¡y cómo no y claro que sí!, con los indígenas.

Sin embargo, y en este último asunto, yo lucharía más que por hacerles a los indígenas un escenario protagónico dentro de la LEPP, por crear, en cambio, un espacio (dentro del que el indígena mismo debe ser el principal actante) en una ley auroral: la Ley de Desarrollo Rural Integral, equiparable al Decreto 900 del coronel del amanecer. Desde luego reformado, en el sentido de hacerle una actualización que amanse a los fantasmas que la United Fruit Company hizo correr en el mundo aycinenisa, y de señoritos satisfechos, al principio de los años 50, que fue, realmente, la causa final por la que tumbaron a Arbenz los esquipuleros invasores de Castillo Armas y sus huestes de criollos nacionales y ladinos avorazados, entre los que comenzó a surgir la generación de militares que ha condenado a esta  casta a ser –ahora- merecedora de los más grandes desprecios, abonados por AVEMILGUA y PCN-Nación.

Es por ejemplo, Daniel Pascual, y no yo: (viejo, canche baboso y shute) quien debe –con las organizaciones campesinas que recientemente realizaron un magnífica manifestación nacional- luchar porque no se les haga justicia dentro de la LEPP, sino dentro de una ya irrenunciable e impostergable Ley de Desarrollo Rural Integral. Esta norma es de las que sí puede traer   la paz a Guatemala y no la firma de la ídem bajo el gobierno del más satisfecho de los señoritos satisfechos de Guatemala: Álvaro Arzú Irigoyen, marqués del ayuntamiento capitalino ¡a perpetuidad!, por obra y gracia de todos los pendejos que siguen votando por él, en este país inmutable y medieval.

¡Sí, señores encomenderos! Es hora de aceptar que la mitad del Congreso esté integrado por mujeres y también por personas de la diversidad sexual. Y de aceptar y admitir que gente con los orígenes étnicos de un Daniel Pascual, puedan presidir los destinos de Guatemala como Evo Morales, el comandante Hugo Chávez o Lula da Silva, en su día.

El hoy de Bolivia y Venezuela (aunque el imperio esté tratando de ahogar a sus actuales presidentes de la manera más cruda y cínica) ha de ser el futuro de Guatemala o nunca tendremos paz. Con hambre y sin tierra, es imposible que la manoseada paloma vuele sobre el territorio de los encomenderos. O los encomenderos latifundistas varían su posición inmutable, o este país será conculcado por incapaz de llegar a acuerdos, que es la ciencia (la de los acuerdos inteligentes y sensatos) que hemos dado en llamar política.

 

 

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