Opinion

El fracaso de los partidos políticos

Gonzalo Marroquin (3)Enfoque por Gonzalo Marroquín Godoy


Vinicio Cerezo ganó las elecciones de 1985 con una estrategia de comunicación sencilla. El país venía sin rumbo, marcado por la corrupción, la impunidad, la guerra y el autoritarismo, pero al canto de Sí, hay un camino, con un discurso directo y simple, apelando al cambio, la democracia y la paz, ganó las elecciones con amplio margen. Era el renacer democrático de Guatemala.

Recuerdo que la euforia de los primeros meses llevaba a que muchos guatemaltecos pensáramos que la Democracia Cristiana (DC) podría permanecer 10 años en el poder –en ese entonces los períodos de gobierno eran de cinco años–, porque era un partido muy articulado, con base ideológica, organización y apoyo social, democrático y, como si todo eso fuera poco, identificado con las aspiraciones del momento de la mayoría de la población.

Si se quería algo más, la coyuntura internacional era favorable para el presidente demócratacristiano, porque le permitió tomar el liderazgo en las propuestas de paz a escala centroamericana –Esquipulas I y II– y hablar de un cambio de rumbo no solo en el país, sino en la región. Tenía un altavoz que hacía que sus ideas y propuestas se escucharan en cualquier rincón de la nación y en todo el hemisferio.

Pero Vinicio se fue diluyendo –o lo diluyeron, por estrategia, los militares–, la DC perdió el rumbo y a su dirigencia se le subió el poder a la cabeza, hasta perder la dimensión de las cosas. La corrupción e ineficiencia administrativa que suelen acompañarla, pronto pudieron más que aquellos logros coyunturales, pero importantes.

El camino prometido y deseado se perdió, como también el buen rumbo de la Nación. Fue el pueblo quien puso un hasta aquí. Tercer lugar en las elecciones.  Fracasó el partido más institucional que ha hecho gobierno desde 1986.

La historia de Serrano tiene mucho parecido con la de Jimmy Morales. Un partido casi inexistente, el Movimiento de Acción Solidaria (MAS), le sirve de vehículo para capitalizar la frustración que había provocado el partido oficial –aprovechando también situaciones coyunturales, como el primer rechazo a la candidatura del entonces popular general Efraín Ríos Montt y el desgaste de los otros partidos en la palestra (DC y UCN)–, surge sorpresivamente y gana en las urnas.

Su bancada en el Congreso era mínima. Como aún no existía la fuerza del transfuguismo, Serrano recurre a la compra de votos de los diputados y establece una mala práctica, pero le da poder y se crea la trinca infernal.

Poco duró la alegría, porque antes de dos años, Serrano intenta hacerse del mando absoluto con un golpe de Estado a los otros dos poderes estatales, y termina saliendo a un dorado exilio, que solo confirma la corrupción que había detrás. El partido se hunde con él, porque era de él y para él. Nunca alcanzó la institucionalización.

Y llega otra agrupación caciquista, el Partido de Avanzada Nacional (PAN), creado por y para Álvaro Arzú. Se pensó que produciría un cambio para el país, porque llegaban políticos diferentes. Fue lo mismo, aunque se construyeron las estructuras para que la corrupción campeara. Una masiva y sucia privatización –que Vinicio impulsó de igual manera, pero en menor escala–, y la propuesta que tanto daño hizo al provocar opacidad y facilitar los negocios de cuello blanco: contratar ONG y utilizar fideicomisos para desarrollar obras e impedir la fiscalización, con el pretexto de rapidez y eficiencia. Aquel PAN de Arzú comenzó a morir cuatro años después, y lo que de él queda hoy no es más que un cascarón con el nombre y logo.

Por razones de espacio, debo resumir lo que siguió, pero también es fácil, porque han sido historias que se repiten. El Frente Republicano Guatemalteco (FRG) surge para llevar al general Efraín Ríos Montt a la Presidencia. Primero, al no poder hacerlo con su cacique, lleva al poder a un tránsfuga de la DC, Alfonso Portillo –hasta eso ha sido–, y se aprovechan todas las gavetas que el PAN y Arzú abrieron para saquear al Estado. El partido no pudo sobrevivir, aunque aún tuvo un intento con la participación de Ríos Montt, que terminó tercero.

Como partidos políticos, ni el PAN primero, ni el FRG después –ambos con mayoría absoluta en el Congreso– hicieron nada para impedir o detener tanta corrupción. Fracasaron como instituciones políticas.

Aquí se aceleró el desgaste de la clase política. Surgió la GANA para hacer presidente a Óscar Berger, pero sin estructura ni fuerza partidaria. No sobrevivió ni tuvo papel relevante en las siguientes elecciones, un castigo más de la población.

Llegó la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE), y lo mismo. El malestar ante el fracaso de los políticos aumentaba, pero no se expresaba más que en las urnas.

El Partido Patriota (PP) y Otto Pérez Molina, junto con Roxana Baldetti, fueron la gota que derramó el vaso. El pueblo quería un volver a empezar, y surge de la nada un popular cómico, Jimmy Morales, de la mano de un minipartido –por llamarlo de alguna manera–, el FCN-Nación.

La historia de este bloque apenas comienza a escribirse, y su primer gran capítulo es repetir lo de otro partido corrupto y señalado, Líder, que se hizo grande por medio de la compra de tránsfugas.

Cuando el pueblo quería tener una esperanza, algo diferente a lo que asirse, la bancada oficial confirma lo que muchos temíamos: es más de la misma clase política que se ha repudiado por su fracaso gigantesco.

Si compra diputados para tener poder político…, ¿qué no hará más adelante el partido oficial? Lo único cierto es que su destino es el mismo de sus antecesores.

 

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