Opinion

El caso que cambia las coordenadas

RENZO ROSALRenzo Lautaro Rosal


Recién comenzamos a analizar las repercusiones después de la presentación del caso Cooptación del Estado. Fueron tantos nombres y sectores involucrados, mucha la información aportada que nos dejó estupefactos por bastante tiempo. Ahora corresponde comenzar a ver las implicaciones de un cambio radical de las reglas históricas que han determinado los juegos del poder. Constatamos que la conversión hacia el estado criminal ha sido posible por el crecimiento del financiamiento electoral ilícito, donde confluye una diversidad de fauna que en algo se pusieron de acuerdo: cooptar al estado, o lo que queda de él, hacer caso omiso de la legalidad e institucionalidad, hacer trampa con las pocas regulaciones existentes sobre el origen y destino del financiamiento de los partidos.

Lo conocido la semana pasada se resume en las consecuencias de la gran apuesta que representó el partido Patriota y la dupla de líderes saqueadores (OMP y RB) que condujeron la senda del mayor saqueo que ha vivido nuestra sociedad, después de la Colonia. Esa concentración de esfuerzos se evidencia con la diversidad de actores involucrados —monopolio de la televisión abierta, constructoras, bancos, distribuidoras de fertilizantes y combustibles, farmacéuticas, entre otras—.

Uno de los aspectos relevantes del caso, es poner suficiente iluminación sobre capítulos que aunque eran vox populi, al mismo tiempo, representaban episodios intocables. De inicio conocimos, con lujo de detalles, el rol de la televisión abierta. El contubernio de pagos para campaña como medio para beneficios económicos descomunales. Misma fórmula utilizada por otros sectores interesados en sacar raja a toda costa, sin importar que actualmente enfrentamos las primeras consecuencias del robo a gran escala: crisis por todos lados, niños y adultos muriendo por la ausencia de mínimos materiales y equipos en los hospitales públicos. Los implicados deberían ser acusados de delitos de lesa humanidad —de nueva generación—. También se constató que los bancos, algunos, se han convertido en maquinarias de lavado; golpe al incuestionable sector financiero siempre beneficiado, indistintamente del gobierno que se trate. Ahora se comprende mejor que la existencia de recursos públicos ha alimentado el estado paralelo, configurado por una serie de engranajes que giran alrededor de uno central que condiciona la orientación y velocidad de los otros. Se devela, de igual forma, el carácter desvirtuado de la obra pública convertido en el gran fondo para untar a constructoras de todo tamaño y consolidar el esquema de saqueo. Este último sector, además, es el responsable de aceitar a los actores políticos territoriales, alcaldes y diputados distritales, especialmente, para afianzar la pirámide y aumentar los recursos en juego.

Quedan por delante diversos episodios. Confirmar la implicación penal de los señalados y sus respectivas redes, asegurar cada uno de las pruebas habidas y por haber; pero al mismo tiempo, lograr que lo ocurrido sea irrepetible. Nada garantiza, de momento, que en la actualidad no nos encontremos ante una nueva etapa de robo tipo PP, solo que con otros actores y métodos. El mensaje al Presidente Morales es precisamente ese, que durante su mandato no se geste algo parecido. No por gusto el mandatorio se sumó presuroso a la conferencia de prensa. La papa caliente está en sus manos. Deberá contribuir a desarmar las estructuras de corrupción existentes por todo el gobierno central, apoyar la nueva gestión de la Procuradora General de la Nación y su agenda que contendrá el caso TCQ, la posible cancelación de los usufructos de frecuencias dados a la televisión abierta, solo por mencionar algunas prioridades. La ola tiene ahora otras dimensiones, los organismos estatales se deberán subir en ella, sí o sí.

El caso indica que la criminalidad compleja es el gran factor a enfrentar con contundencia, claridad y suma de esfuerzos. Las raíces que motivan su existencia y reproducción no han sido alejadas aunque fueron golpeadas, sus modelos de actuación fueron develados, algunos de sus protagonistas han sido colocados en las carteleras públicas. Todo eso es relevante e histórico, pero aún insuficiente. Lo transcendente es desnudar las artimañas y modos de actuación que cuidadosamente se ha edificado ante nuestros ojos. Esa complicidad generalizada, que se refuerza en cada elección, no debe volver a pasar.

Ahora corresponde comenzar a ver las implicaciones de un cambio radical de las reglas históricas que han determinado los juegos de poder.

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