Opinion

El aborto: lo último que necesita nuestra niñez

Pedro CruzPedro Cruz


En las últimas semanas he leído a varios  columnistas pidiendo que se abra un diá­logo sobre el aborto. Acotan que nadie quiere el aborto, pero que este resulta nece­sario dado la compleja problemática que viven muchas niñas y adolescentes que han sido sometidas a violencia sexual.

La chispa que encendió el debate fue la propuesta de la diputada Sandra Morán, quien planteó modificar el Código Penal para que se reforme el artículo referente al aborto terapéutico. Podríamos decir que hay muchos que quieren que esta puerta se abra porque luego será más fá­cil incluir en la legislación nacional el aborto por cualquier motivo.

Sin embargo, quiero creer que la moti­vación de la diputada Morán es genuina y que la mueve primordialmente el interés por el bienestar de la niñez y la juventud. Y este es el punto que tenemos en co­mún: queremos erradicar de la infancia el sufrimiento y la pérdida de su proyecto de vida, que genera la explotación y la violen­cia sexual. Esta es una realidad dolorosa que día a día nos golpea.

Pero me parece que tanto a la diputada Morán como a las organizaciones nacio­nales e internacionales que la apoyan, a los columnistas y activistas que de una u otra forma apoyan la legalización del aborto como un camino para enfrentar esta problemática; les falta perspectiva.

Así es, perspectiva. Tienen prejuicios arraigados respecto del tema, poseen una visión corta de lo que es salud integral, están engañados por soluciones superficia­les que en realidad no beneficiarían a na­die, a excepción de las personas que se favorezcan directa o indirectamente de la industria del aborto. ¿Por qué digo esto? Lo explico a continuación:

Prejuicios arraigados: consideran que cualquier persona que se opone al aborto lo hace por su religión, por una moral hi­pócrita o porque su fe los ciega. Esto no está más que alejado de la realidad. Hay ateos que defienden la vida a capa y espa­da, más y mejor que los creyentes. El de­recho a la vida es universal. El primero antes que cualquier otro, antropológica­mente hablando. Y pues no está de más decir que es también el primero en la de­claración universal de los derechos huma­nos. ¿Podrían por favor fijarse en las per­sonas de su alrededor y comprobar que aquellos que defienden la vida son de los más diversos orígenes, creencias y esta­dos socioeconómicos?

Visión corta de la salud integral: por su­puesto que es preocupante que una niña de 9 o 10 años sea víctima de violencia sexual y en consecuencia se convierta en madre a tan temprana edad. Su salud físi­ca y psicológica debe recibir una atención especial. Pero si pensamos que el aborto será una solución para su salud integral, nos engañamos. El aborto tiene conse­cuencias físicas y psicológicas más serias que un embarazo precoz. Pueden corro­borarlo con cualquier médico y psiquiatra que sea serio y consecuente. Además pue­den también confirmarlo con mujeres que se han practicado un aborto. Un ejemplo claro de esto, es el libro Yo aborté, que reúne testimonios de mujeres espa­ñolas víctimas del aborto. De más está de­cir que en España el aborto es legal, que cualquier mujer puede practicarlo sin ninguna restricción e incluso, menores de edad pueden recurrir a él sin permiso de sus padres.

Soluciones superficiales: el aborto es visto por muchas personas como una so­lución a problemas complejos como la violación y la trata de personas. Lo ven incluso como el único recurso que puede seguir a un embarazo no deseado. Y jus­tamente es en esta visión en la que orga­nizaciones proaborto han cimentado su mensaje y hasta cierto punto su éxito. Es­te paradigma lo han quebrantado mujeres y organizaciones que se enfrentan a la du­ra realidad de un embarazo fruto de una violación y eligen respetar la vida del no nacido y explorar otras opciones.

Para citar un dato, el estudio Trata de personas con fines de explotación sexual en Guatemala, elaborado por la CICIG y UNICEF, concluye que el análisis sobre una muestra de sentencias judiciales estable­ce que el 57 % de las víctimas está conforma­do por niñas, niños y adolescentes, mientras otros estudios sugieren que este porcentaje po­dría ser aún más elevado. Es un porcentaje de víctimas demasiado alto, que indigna. Pero sinceramente, ¿es el aborto una so­lución a la trata?

Estos son solo algunos aspectos impor­tantes de considerar antes de proponer leyes o cambios en la legislación que con­traríen el derecho más fundamental del ser humano: La vida. Efectivamente, es hora de tener un diálogo abierto sobre el aborto. Pero, por favor, hagámoslo desde una base verdadera y antropológica, desde una perspectiva integral y humana. Con franqueza. Dejo sobre la mesa entonces, las primeras preguntas: nuestras niñas están sufriendo a causa de la violencia se­xual, pero ¿de verdad queremos aumentar su sufrimiento físico y emocional a causa del aborto? ¿Qué modificaciones al Códi­go Penal podríamos incluir para que quie­nes agreden sexualmente a las niñas su­fran penas más severas y no se refugien en la impunidad? ¿Queremos truncar su proyecto de vida con una intervención quirúrgica que no solo no borrará su ma­ternidad forzada, sino que amplificará sus motivos para sentirse víctimas de una so­ciedad que no supo proteger su bienestar?

Comentarios

comentarios

Mas en Opinion

Gonzalo Marroquin

Reformas al sector justicia: polémicas y sin estrategia

JUAN MANUEL RODRIGUEZ2

Una Cuba fría

luis fernando copy

Quizá la forma de empezar sea tirar los inútiles propósitos y plantearnos una linda pregunta

EDUARDO COFIÑO

Me muero triste

MarioAlberto-0009

¿Un insensato dirigirá los destinos del Planeta? O Donald Trump y el narcisismo político

mario-fuentes-destarac

¿Puede la esposa del Presidente de la República optar al cargo de presidente o vicepresidente?

Renzo Rosal

Cuando se acomoda el discurso por conveniencia  

Gonzalo Marroquin

La globalización languidece

rodolfo  bay1

El retorno a la era de China

Pedro Cruz

Amigos y enemigos, mejoremos Guatemala

opinion-gustavo-leiva

La lepra se cura, pero la falta de conciencia no

Renzo Rosal

Un Gobierno funcional, pero ¿para quiénes?