Opinion

¿Ejecución extrajudicial, crimen de Estado y atentado contra la Fiscal a manos del magnicida?

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Mario Alberto Carrera


Un verdadero caldo de insondables honduras se ha producido y se continúa cocinando luego de la ejecución extrajudicial —porque lo fue— y del también llamado —con todo derecho y apropiadamente— crimen de Estado, consumado en el acaso más famoso magnicida del país: el capitán Byron Lima Oliva.

Tuve el primer conocimiento de Lima a principios de 1996  cuando en mi columna —trisemanal— en un entonces muy glorioso Siglo XXI, censuré, acremente,  el asesinato que los matones del entonces presidente Álvaro Arzú, consumaron en un pobre lechero: Pedro Haroldo Sas Rompiche —de los coloniales suburbios antigüeños— que fue ejecutado por Obdulio Villanueva y secundado por el hoy fallecido Lima Oliva. Los sicarios imaginaron que el lechero atacaba al Presidente y le dispararon ¡automáticamente!, como sólo los asesinos profesionales del EMP pueden hacerlo. Hubo varias detonaciones, la principal a cargo de Villanueva, pero también disparó Lima Bonilla, de unos 23 años entonces. Así lo dije y condené en mi columna. Ergo, Arzú conocía y conoce las imponderables habilidades asesinas de Lima Oliva. Pasaron los tiempos, y cuando fue impostergable —para la más rancia oligarquía nacional y el Ejército— eliminar a Juan José Gerardi Conedera, por el REMHI, Álvaro recordó lo bien que le había servido Lima Oliva cuando —en aquella colina y curva antigüeñas— disparó contra el humilde lechero. Y volvieron a requerir los servicios de Lima para Monseñor.

Y también pasaron otros muchos años y cierta señora comenzó a ser incómoda. En Guatemala la gente de pro, la gente súper bien, la que se hace descender de los Próceres —que llegaron a Guatemala, en nuevas carabelas en el siglo XVIII y XIX (los de nouveau arrivèe) tiene un pensamiento mero raro  y peculiar: para ellos, cuando algo o alguien se vuelve excesivamente excoriante y osado se decide —en grupo ingente de nobles—  eliminarlo de cuajo y matarlo o mandarlo a matar al mejor estilo en que fue evaporado Rasputín. Me refiero —en 2016— al asesinato de la incómoda Thelma Esperanza y —dice mi paranoide y mitómano amigo José Rubén Zamora— que de él también. Acaso, aquellos que mandaron a masacrar al  Obispo, volvieron a pensar ¡otra vez! En el magnicida Byron Oliva, el mejor gatillo nacional.

No era —como se dij0— que Byron Lima Bonilla —desde la cárcel— iba  escoger a un tirador profesional de los muchísimos que abundan en Pavón y que rodeaban asimismo al capitán, pero no a lo Arzú sino menos bombásticos, porque los apellidos Arzú Irigoyen son de los más castizos entre los nouveau arrivèe del XVIII, que desde muy arriba tendrían que ver a los Lima Bonilla. La primera versión que corrió fue que Lima directísimamente era quien iba a acabar con Thelma Esperanza y José Rubén. Pero el anterior plan fue cambiado ¿a última hora…?

Entonces se produjo una orden de marcha atrás —en el seno de los que arreglan las cosas ejecutando y asesinando de un plumazo y que tienen sicarios de toda la vida como el capitán— o, bien, el grupo se dividió y, algunos dentro de él, con mayor sensatez, simplemente tomó el  mando de la  Operación Thelma Esperanza y José Rubén, ¡y la abortó!

Temerosos —los del grupo principal o el subgrupo disidente— atajaron a Byron Lima y le indicaron que ya no había necesidad de que él mismo acabara con la vida de la fiscal, pero el asunto se complicó porque Lima Oliva conocía ya todo la conjuración. Lo mejor sería que el capitán desapareciera y, con él, el secreto de cómo se consumó el magnicidio de Monseñor y este nuevo secreto: el del proyecto de asesinato de la fiscal general. Esta fue la causa, quizá, de los hechos macabros que se produjeron la mañana de este 18 de julio: silenciar a Lima, para siempre. Pero los ejecutores de la espantosa sentencia se llevaron también de encuentro a catorce personas más, en una ejecución ¡absolutamente extrajudicial! que puede ser el desenfreno satánico más impactante de los últimos tiempos. Acaso superior al que Berger, Vielmann Montes y Spirenssen montaron en el mismo sitio con el nombre de Pavorreal.

De los distintos casos que acabo de narrar, y recordar en volandas, las salas del crimen guatemaltecas se tendrán que seguir llenando de causas.

Por la ejecución extrajudicial del lechero —Sas Rompich— Obdulio Villanueva fue cinco años a prisión, que no cumplió porque fue decapitado en el penal, ¿para callarlo?

Por el magnicidio, aún pueden los tribunales respectivos seguir abriendo nichos, porque ni Lima, ni su padre, fueron los únicos magnicidas. Se habla aún de la participación de dos ex presidentes de la República. Por lo de, ahora mismo, nadie se traga la lica de vaqueros del Taquero, con todo y granadazo.

Ahora que el gran asesino ha sido ejecutado extrajudicialmente, el mismo Jimmy Morales puede ser imputado y  no digamos su ministro de Gobernación y los ya expulsados de sus cargos en la línea de mando del Sistema Penitenciario. Sobre todo porque las escenas —porque no fue una— del crimen, han sido absolutamente alteradas. Después de las 9 o 10 am —en que se produjo el nauseante suceso— pasaron  unas seis horas para que el MP y la CICIG pudieran ver los escenarios ya nada frescos.

Los hechos que arriba aparecen podrían darme y ofrecerme un intenso asunto o fuente literaria para la redacción de una  nueva novela. Y, acaso, eso sea: el producto de mi imaginación, tan febricitante como siempre lo ha sido.

 

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