Opinion

Dr. Jekyll y Mr. Hyde o el extraño caso del Lic. Morales y Black Pitahaya

MarioAlberto-0009


Yo, lector, vivo de devorar libros de papel. Nada de cosas digitales o textos digitalizados.

Soy un genuino ratón de biblioteca. Me sumerjo en ella. Hay volúmenes por todo el segundo piso de mi casa. Tengo una inmensa cama sin esposas y textos y más textos las sustituyen. Me refiero a esas que le ponen a no cuando lo detienen que, para el caso, son lo mismo. No hago más que leer como don Quijote sólo que lo que yo ingiero no son novelas de Caballería, aunque conozco bien el Amadís de Gaula porque impartí Literatura Española de la Edad Media en la San Carlos. Yo, lector, vuelvo y vuelvo a los textos ya releídos y recontra subrayados, acotados y glosados. Casi no leo novedades.

Pero cuando de los periódicos salta a mi vista por grotesco o por indignante — porque también me entrego goloso a varios periódicos y revistas de papel todas la mañanas— me tiro de clavado, después, en la biblioteca en busca de una referencia, de un dato, de un caso o de un ejemplo que abra más las compuertas de mi entendimiento referido a los hechos diarios. Ya sabe usted, entonces lector, por qué escribo y público esta columna que es fruto de muchos avatares en los entresijos de mi cerebro, que ya no es tan joven como yo quisiera. Porque viera usted los artículos que yo me echaba hace 20 y también hace más de 40 años en El Gráfico, q.e.d., y en un Siglo XXI ¡espléndido y magnífico!, dirigido gloriosamente por José Rubén Zamora.

Algunos de aquellos artículos hicieron temblar el Misterio, al ara y al trono. Perdón, lector, por la impudicia intelectual.

Le cuento todo esto porque dadas la circunstancias nacionales, me ha estado borbollando en los sesos (no  existe mente, ni espíritu ni alma ni ninguna de esas necedades) una novela sensacional y que usted lector —aunque lo quieran imbecilizar con la caja estúpida, con el monitor de su PC o con su laptop, teléfono  inteligente o cualquiera de esos aparatos alienantes y sus programas munícipes— estoy seguro que se gozaría como yo. Se trata de un relato intitulado El Extraño Caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert L. Stevenson, publicado hace 130 años. Por supuesto que toda relación de tal novela —con cierto personaje y con la vida nacional— es pura coincidencia forjada en los laboratorios de mi mente libertina y mórbida.

Hemos visto al señor Presidente dormirse profundamente en público y despertar asustado como si por unos segundos se hubiera sumido en un ensueño insondable. Hacer muecas infantiles, pasarse las manos por el pelo y regresar al mundo de los vivos sin inmutarse. Sólo le faltó un bostezo que se tragara al público con todo y los textos en los que se presentaba, nada más y nada menos, que el Presupuesto de la Nación para 2017.

Inverosímil. Suponemos que está transitando por un periodo de adaptación al solio ¡tan pesado!, y a las presiones de los malditos medios, que han hecho que sus médicos le receten ansiolíticos, que probablemente él mezcló con nepentes exquisitos. Y Morfeo besó su preclara frente…

Lo vimos llorar, gemir y gimotear –infante consentido en sus primeros años edipianos, como muchos- en el fascinante Desayuno Nacional de Oración, organizado por el partido Guatemala Próspera. Actor consumado —aunque no muy bueno, más bien mediocre— quiso seducir y convencer a la audiencia con sus lágrimas fingidas, que lo hicieran ver como un sensiblero pastor que conduce a las ovejas guatemaltecas a su cargo, según él hacia la cumbre, según yo al desbarrancadero.

Pero la claque de señoritos satisfechos y de señoritas insatisfechas aplaudió hasta el cansancio la escena patética, que proyectó ¡de todo!, menos fuerza y reciedumbre que es lo que necesita Guatemala en su inerme hambruna: Inverosímil.

Y también lo hemos apreciado gritar, vociferar, amenazar, en el Palacio Nacional de la Incultura de Arzú, un día antes de partir a abrir la boca a las Naciones Unidas. Entonces sí que le salió el cobre. Entonces sí que le apareció la otra personalidad. Entonces sí que se acercó a la hipomanía, entonces sí que le vimos algo de una cierta bipolaridad que podría comenzarlo a invadir y a padecer: Inverosímil.

La Prensa fue el blanco de sus iras, casi incontenibles, expresada con un lenguaje gestual absolutamente  amenazador. Por segundos daba miedo y pareció ser poseído por la imagen de don Manuel que también, como él, era Cabrera. Supuestamente el discurso era pare exaltar la paz colombiana a cuyas celebraciones, en Cartagena, también acudió después de Nueva York. Tira la piedra, esconde la mano, sale corriendo, le deja la pacaya al otro Cabrera, declara Estado de Prevención, restringe garantías. Y da la fachada de un Moralejazo: Inverosímil.

Con el hambre y la miseria a cuestas. Sin hospitales, sin seguridad y sin escuelas. Sin desarrollo humano, pero con más riqueza cada día ¡más y más!, para los ricos. Con una cadena de ayes y lamentos por la minería a cielo abierto, por el desvío de los ríos hacía los cañaverales inverecundos, por los diez y ocho seres humanos que se mueren de hambre cada día y por los otros diez y ocho que en la violencia caen. Esta es nuestra Guatemala: Inverosímil.

Y el broche de oro: un señor que un día grita y otro, llora. Que un día se adormece en los salones dorados de don Jorge y otro día amenaza con no dar fafa ni anuncios al Gobierno. ¿Adónde vamos y hasta dónde llegaremos?

Dr. Jekyll y Mr. Hyde —un extraño caso de bipolaridad— narrado por Stevenson se instala en el Palacio. La realidad que imita al arte, la mímesis al revés, como sostenía Óscar Wilde: Inverosímil.

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