Opinion

Día de los Enamorados

Eduardo CofiñoEduardo Cofiño K.


Descubrí recientemente que hay algunas personas –¡de verdad muchá!, no es paja– que tienen el tiempo y la paciencia de leer mis artículos, columnas, ensayos, elucubraciones, pensamientos, diatribas, argumentaciones, divagaciones, reflexiones, descripciones o, finalmente, llámelas usted como le venga en gana, leen, pues, estas palabras que siempre son editadas, disminuidas, nunca aumentadas, siempre mejoradas, pero por lo general respetadas, por el equipo de redacción de esta notable revista. Crónica. 

Personas como usted, como vos, que me saludan en algún restaurante, a la entrada del cine, en una exposición de pinturas, en lugares inesperados. Me miran y sonríen, o me expresan, acompañando con un movimiento de cabeza, que les ha gustado este o aquel artículo, que leyeron tal o cual. Me dan una palmada en el hombro.

Y pienso también que algo en común debemos tener mis lectores y yo pues, de lo contrario, no invertirían su valioso tiempo en leerme. Por esto les digo, a mis cuatro micos lectores, muchas gracias, vale la pena las horas invertidas en tan agradable y a la vez difícil arte: la escritura literaria. De repente nos une un pasado común, alucinógeno, plagado de errores, sufrimientos  y fracasos que con el tiempo se convierten en vivencias que te permiten ser una mejor persona. Que te empujan a intentar, cada día, dar lo mejor de ti mismo. Si fuera así, entonces valió la pena tanta caída, tanto dolor. Quizás nosotros, ustedes y yo, finalmente tuvimos la enorme suerte de ser amados, de poder amar. De haber compartido momentos inexplicables donde el sentimiento es tan grande que hasta las lagrimas se asoman a los ojos, como el rocío de la mañana, como la lluvia fina que cae apacible sobre el estanque cuajado de ninfas floreando, donde sobrevuelan por la noche los murciélagos, únicos mamíferos capaces de volar –pues, aparte del hombre–. Increíbles los pinches murciélagos. Y ya que caí en esta laguna de murciélagos nocturnos, les comento así, rapidito, que estos animalitos viven sobre la faz de la tierra hace millones de años y que, comparados con las aves, encuentra uno muchas similitudes extrañas. La evolución los llevo a parecerse a los pájaros, siendo en esencia roedores. Evolucionaron de comer insectos y ahora hay murciélagos que comen frutas, néctares, polen, peces, ranas, pájaros, lagartijas, ratones, hay los que devoran a otros murciélagos y hasta los que chupan sangre: los famosos y temidos vampiros. Disfrutan de la biodiversidad del bosque tropical. Dichosos.

Mientras divago, la laguna de las ninfas se cubre de una neblina húmeda y blanquecina que la arropa como un grueso abrigo que uno coloca sobre los hombros de su amada y yo, en este instante, percibo en el viento tu aroma, tu recuerdo, pues, aun estando lejos, yo te amo, mujer. Guiselle. Así, con una u entre la g y la i. Guisellita.

Y por eso hoy te digo:

Tu te mereces el cielo.

Te mereces las estrellas, el sol, los planetas, las flores más perfumadas y los atardeceres más bellos; te mereces la nieve más blanca, el agua más pura, el viento más limpio.

Te mereces la mejor de mis carcajadas, mi mirada mas profunda –aquella que tu entiendes, pues solo con verte, sabes que te estoy amando– que te dirijo cuando estamos separados, entre el bullicio de la gente. El suspiro más romántico. Los besos más dulces, los abrazos largos, las caricias más agradables y tiernas (las que te gustan: en tu pelo, en tu frente, en tus párpados, en tus orejas, en tus pies…), las palabras susurradas a tu oído, en la obscuridad de un teatro repleto. Te mereces lo mejor de mi persona, mi yo excelente. El cariño, la comprensión, la paciencia sabia de escucharte en absoluto silencio, poniendo todo mi empeño en cada palabra, en cada mueca, en cada expresión de tus ojos color de miel, he escuchado historias, que quizás he escuchado mil veces, como que fuera la primera vez. Concentrado.

Te mereces mí admiración y mi respeto.

Mi amistad, mi poca sabiduría. Mi protección, para que te sientas segura y amada.

Te mereces todo el amor que yo pueda darte.

Y más.

Tu: mi Big Bang.

Porque tu no eres solamente eso: mi mujer. Eres mucho más.

Eres mi esposa, mi compañera, mi amiga, mi tutora, mi consejera, mi protectora, mi maestra, mi confidente… ¡Mi Universo!.

Tu has sido lo mas importante de mi vida. Tu me has permitido amar.

Por eso siempre me quedaré corto con este vocabulario limitado que no me permite decirte cuanto te amo. Yo, el imperfecto, el neurótico, el pentapolar.

Por momentos quisiera ser como el vampiro que se nutre de la sangre. Se acerca a su víctima sigiloso, en la obscuridad, aprovechando el sueño profundo del animal que acecha, en silencio, clavando mis colmillos tan profundo y tan rápido que ni cuenta te darías.  Yo quisiera, de verdad muñeca, tenerte tan adentro como que fuéramos uno solo. Llevarte conmigo a mi nido adentro de un hueco único en uno de los  árboles que rodean la laguna aquella, laguna perdida en esta selva mía  donde el hombre todavía no ha estampado su huella destructora. Polinizarte como los murciélagos polinizan las flores blancas que se abren por la noche, utilizando su sonar y su sensible olfato, encontrándolas por su particular y delicioso olor, extrayéndoles sus néctares sin dañarlas en lo mas mínimo, flores perdidas en la inmensidad del bosque tropical, para que te mantuvieras siempre tan bella.

Y entonces así, entre caricias, belleza, sangre, viento, niebla y locura, amarnos para siempre.

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