Opinion

¿Cuál puede ser la moral de los presos putrefactos del Mariscal Zavala?

MarioAlberto-0009Mario Alberto Carrera

marioalbertocarrera@gmail.com


Veo por la tele, y en los diarios escritos, los tenderetes en que se alojan los  honorables exfuncionarios en la cárcel vip del arriba mencionado cuartel, donde al principio se supuso que el comandante Tito Arias —para honrar sus desbordantes habilidades en el exterminio de miles de guatemaltecos civiles y no beligerantes— tendría allí unos apartamentos pontificios en los que pasar unos meses de vacaciones.

Pero pronto se desvaneció el plan de la Armada respecto del chateau d’hiver que habilitó para su descollante matón y artífice de cientos de ejecuciones extrajudiciales, don Negoción Pérez. Porque doña Thelma —otrora aliada a morir del expresidente, pues no olvidemos que Aldana llegó a desbancar ¡malamente!, a Claudia Paz y Paz— tenía y tiene otros planes, ahora que hace mancuerna con don Iván: llenar de muchísimos putrefactos que, primero, desahuciaron a los oficiales de sus apartamentos y, después, a la tropa de sus galeras. Ahora residen en tiendas de campaña ¡tan tambaleantes como sus almas corrompidas!, en las que cagan, comen, danzan y reciben jubilosos invitados, porque entre todos ya han armado una nueva moral —moral de grupo más absolutoria que la más eficaz religión— armando banquetes con pollo de los Gutiérrez y cubetazos de los Castillo.

Pero eso ¡qué importa!, si todos están juntos y cada vez con menos sentimientos de culpa. Juntos, abigarrados y deliciosamente hacinados —oliéndose los incontables pedos que producen las torrenciales viandas que los invaden y que portan sus amigos y parientes— que acuden a consolarlos y a decirles que no  pasa nada y que no son más que víctimas de las oenegés, de los países cooperantes y del embajador más shute de los que ha enviado Estados Unidos en toda la historia de Guatemala.

En este Mariscal Zavala, de covachas de nailo, se respira un tufo de barata absolución y perdón inter grupal. Sacramento que se ofician entre sí —sin pronunciar jamás la palabra moral—, porque ello llevaría a la corrupta tropa a reflexionar en el bien y el mal. Y esto está tácitamente prohibido en el cuartel de la satánica troupe.

¿Pensarán alguna vez los hoy recluidos en esa instalación militar en el bien y en el mal? Lo más seguro es que no. Ni menos han de meditar en la ética o en la moral. Todos han de repetirse —día a día y noche a noche— que la vergüenza pasa y el dinero queda en casa. Pues ¿qué son unos tres o cuatro años a la sombra, ante 80 o 90 años de vida? Poco o nada, como le ha pasado al exrector y exministro de educación Eduardo Meyer. Y luego, el dolce far niente y a dormir sobre cientos de miles de cadáveres que no tuvieron en vida una medicina o un atol a tiempo, por culpa de los encarcelados del Mariscal Zavala, o de Santa Teresa, en el caso de la Baldetti y otras distinguidas damitas de nuestra mejor sociedad, porque después lo serán, como lo es un distinguido amigo mío que sobrevaloró ciertos automóviles, pero que hoy vocifera —amnésico que es él— en el Parque Central y en los diarios, en contra de los corruptos, olvidando, o tratando de olvidar, que es uno de ellos.

La moral y la ética en Guatemala son como unos calzones elásticos y hediondos de vieja depravada; es decir, en eso la han convertido los que han pasado por altos puestos del Estado y con —y por tal estancia— han llenado a reventar sus caletas insaciables. Ha sido tal psicosis de codicia sufrida por tantos y tantos putrefactos —que han transcurrido por las arcas del Estado para saquearlas— que, los pocos que no hemos caído, hemos dado en pensar que el bien y el mal acaso no sean motivo de preocupación en este desvencijado y expoliado país. La moral al revés.

Hace mucho —por razones de la cátedra que he ejercido y por mi labor literaria— que me preocupa llegar a la raíz de lo que es el bien y el mal. La norma, la ley y la justicia. El mejoramiento de nuestras vidas y el imperativo categórico kantiano que nos ordena a hacer el bien y evitar el mal para alcanzar, o al menos otear, las metas de perfección a que aspiraron lo estoicos, aunque yo sea ateo. Y, de tarde en tarde, a reflexionar sobre el suicidio cuando he manchado mi débil condición humana, que he querido blanca como la nieve recién caída, pero que las flaquezas nos llevan a negrear, aunque nunca con la putrefacción del robo al Estado, que es tajante y contumaz corte en las carnes de las grandes mayorías, ávidas en nuestro país hasta, ¡y sin exagerar!, de un mendrugo de pan que rastrean en los basureros del gran depósito sanitario, fauces de la miseria y del olvido.

Pienso en la moral, en la ética, en el bien y el mal, contemplando las nuevas residencias temporales de los putrefactos de mayor relieve de la Patria y de los que caerán después —porque tenemos Iván para rato— en el horizonte sin límites del saqueo que estamos confirmando —porque siempre lo hemos sabido— y que trae un cola que parece más grande que la cabeza que comenzamos a entrever.

¡Qué pérdida, acaso de tiempo y de energías, las que he experimentado, preocupándome por si hice o no mi Primera Comunión en verdadero estado de Gracia! 62 años después aún me intranquiliza si le dije o no al obispo —que era mi tío— un gran pecado mortal que deseaba ocultar. Pobre de mí que no supe, entonces de niño, que había habitantes de este mundo tan podridos como los que habitan hoy el Mariscal Zavala. Acaso mis desasosiegos infantiles habrían sido menos obsesivos.

 

 

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