Opinion

¿Cuál es el papel de la moral y la religión, en un país tan lleno de tradiciones, de piadosas procesiones y templos como el coliseo, y de malos como Satán?

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Mario Alberto Carrera


La Baldetti —a petición de su pío pastor, que tiene un templo casi tan grande como el coliseo de Roma— le obsequió  —como es de todos bien sabido— una bandera tan descomunal que podría competir en esos concursos de aunque usted no lo crea. Osado e impío el religioso al pedir a su oveja blanquinegra semejante regalo: peccatum nefandus por las dos partes: por un lado la de Cash —con nombre de dinero— por elegir una bandera de casi un millón de quetzales y no pensar  en los miles de miles de guatemaltecos al borde de la muerte por hambre. Y por el otro,  —por el de la Baldetti— por proveer a una iglesia de un objeto propio de la casa de un Nabab, y no del carpintero Jesús, cuyo costo, asimismo, debió paliar, por ejemplo, las necesidades ingentes y perentorias de los hospitales. Ya es más que suficiente la desafiante y provocativa presencia de un templo monumental como Casa de Dios, en la carretera a El Salvador, en un país de miserables, como para añadir un nuevo reto a la pobreza nacional con el pabellón un millón…

Me imagino que la Baldetti —que en la sala del crimen contó que los martes por la noche visitaba a Cash— pensó que en el cielo  obtendría, a cambio del millonario pabellón, la absolución por sus negocios obscenos y putrefactos. Pobre oveja negra que en su pequeño e interesado cerebro pondera los negocios de su Dios de manera tan miserablemente terrena. Proyección carroñera y mezquina

El provocante caso de Roxana —la de menesterosa infancia— y su pastor de parecidos orígenes (y ambos de espaldas a la miseria ambiente) me ha hecho pensar ¡y volver a pensar porque es un tema que me obsede!, en cuál es realmente el papel de la moral, de la ética y del bien y del mal en un país poblado de personas ¡tan llenas de supersticiones , más bien que de religión!, y que por lo mismo deberían tener horror por el mal y practicar continuamente el bien. Pero no   es así. Esto es lo que provoca mi curiosidad. Los guatemaltecos son y actúan en general, como Carlos Luna y la Baldetti: parecen ser muy píos y misericordiosos, pero sólo lo aparentan: de espaldas a la miseria nacional levantan templos babilónicos en la carretera a El Salvador o palacios de descanso en Roatán, dignos de una diva del bataclán.

La cultura o la civilización emerge del deseo o la necesidad de un grupo  que, para su conveniencia y bienestar común, renuncia a los placeres y a las pasiones que llamamos el mal —o sea a los instintos— y crea, con tal sacrificio que muta en el trabajo, un Estado de derecho con unas leyes (que personifican el bien) que todos sus ciudadanos se comprometen a respetar. Hasta bien entrado el siglo XX y aún en nuestros días, alguna de estas culturas, con Estado de derecho, asumen una estructura fundamentalista y comparten el poder con las iglesias regionales, que deciden, asimismo, qué es el bien y qué es el mal. ¿Hay en rigor —y en Guatemala— todo lo que en volandas describo en las líneas anteriores? ¿Un Estado de derecho y no un estado fallido, errático y con un payaso que no aterriza?

Lo de la bandera, Luna y la Baldetti es cosa de nenes tiernos y virtuosos si observamos,  a mayor profundidad, el protervo paisaje que es proyectado —ahora  en cinemascope— en la gran sala donde oficia el juez Gálvez. Vemos la confusión entre superstición, magia y religión, donde brincan locamente el bien y el mal. La sala del crimen más abyecta de todos los tiempos, con escenas del más refinado surrealismo kafkiano, y de Torotumbo de Asturias, en las que  aparece un pringoso comerciante –Alejos- y un militar asesino —Belcebú Rodríguez— encomendándose a Dios —supongo— Biblia en mano, en la que leen horas y horas la Palabra de Dios, suplicando  y tratando de ahogar todo el mal que consumaron mediante sus crímenes atroces y exorbitantes.

¿Qué pintan el bien y el mal; la moral, la Iglesia, el Estado de derecho, las leyes, el contrato social y todo lo que se nos ocurra, que se establece para el bien común y el desarrollo equilibrado y con equidad, de un grupo que llamamos sociedad, de cara lo que vemos que ocurre en Guatemala, gracias a la bendita CICIG y a la injerencia del gobierno de los Estado Unidos? No pintan nada. Este es un pueblo de forajidos (los poderosos en cualquier sentido) que esclavizan, explotan y asesinan a quien se deje. Y punto. Esto es lo que se ve. Y esta es la realidad.

Teníamos poco de excelso, eminente y sobrehumano en nuestra historia, porque nuestra historia ha estado siempre bajo el signo de lo injusto, del encomendero, del explotador en el repartimiento colonial y post Independencia. Y ahora —aquel mínimo, aquel ápice que podíamos tener— ha caído bajo las patas de estos caballos del Apocalipsis sin jinete ¡puras bestias y nada más!, que han sido nuestros gobernantes y sus achichincles, en el mercado carnavalesco que podemos contemplar horrorizados en la sala del crimen, oficiada por el juez Gálvez.

¿Qué es el bien y qué es el mal en un país llamado Guatemala? Chi lo sa. Sólo lo sabe  Belcebú, capo y padrino de todas las mafias que convergen en el Palacio de Justicia, donde todavía nos falta ver —según Velásquez— el verdadero tsunami, que cooptará —para usar su palabreja— las mientes del mismo comisionado.

 

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