Opinión

¿Conformarnos con una reforma política mediocre?

Gonzalo Marroquin (3)Enfoque por: Gonzalo Marroquín Godoy


No me dejarán mentir los apreciados lectores, si afirmo que cada cuatro años se escucha un lamento generalizado porque tenemos que elegir entre el menos peor de los candidatos a la Presidencia.

Esa es una referencia clara de la mediocridad de opciones que presentan los partidos políticos. ¿El resultado?: la clase política hace y deshace, se enriquece mientras el país vive un virtual caos.

No me canso de insistir en que los graves problemas de Guatemala — principalmente los socioeconómicos—, se derivan del fracaso de nuestro sistema de partidos políticos, que se agotó muy pronto tras el retorno a la democracia en 1986, en buena medida, porque la Ley Electoral y de Partidos Políticos, que se aprobó en aquel entonces, no tuvo más alcance que superar el cambio de gobiernos militares a civiles, sin siquiera sentar bases fuertes para una democracia que respondiera a los anhelos de los guatemaltecos.

Imaginemos por un momento un país con las siguientes características —no pensemos en la perfección, porque nunca se alcanza—: a) funciona el Estado de derecho y la sociedad y los políticos aprenden que los delitos —de cualquier tipo— se pagan. Jueces y magistrados son independientes; b) los diputados responden a los intereses de sus electores —el pueblo— y, por lo tanto, legislan para el bienestar común, con normas claras que facilitan el desarrollo; c) el poder Ejecutivo impulsa políticas que permiten la convivencia armónica de la sociedad, cumple con sus funciones sociales —educación, salud, seguridad, infraestructura— y hace que se respeten las reglas claras y positivas que se dictan, y d) la ciudadanía exige que se respeten sus derechos y es participativa en la vida nacional.

Ah, eso suena lindo, pero no es fácil, sobre todo en un país tan convulso y confrontado como el nuestro, pero ese es el ideal al que deberíamos caminar, con el que deberíamos soñar, sin conformarnos con lo menos peor en cada una de las elecciones que tomamos, y no me refiero solo a la de candidatos.

Hacia eso caminamos ahora con las reformas a la Ley Electoral y de Partidos Políticos (LEPP) aprobadas por el Congreso. He escuchado muchas voces de analistas muy respetados, muchos amigos, que dicen que las reformas que aprobó el Congreso tienen cosas buenas y lo mejor es aprobarlas para mejorar en algo. La verdad es que son tan mediocres que no mejoran en nada el sistema político y permiten que esa clase política que ha entrampado al país, siga igual. ¿Que tiene cosas buenas?

Pues sí, solo faltaba que ni se hubieran tomado la molestia de incluir algo positivo para dorarle la píldora a todos los que poco a poco han ido haciendo una cultura nacional, eso de conformarnos con lo menos peor. No sé si deba dar risa o cólera, escuchar a diputados —entre ellos Mario Taracena—, diciendo que ellos, nada menos que representantes de la repudiada clase política, aprobaron esta ley escuchando el clamor de La Plaza. ¡Babosadas!, lo hicieron a su conveniencia y si introdujeron algunas cosas positivas, fue porque de lo contrario sabían que la gente los podría sacar del Congreso.

Lástima que Alejandro Maldonado se conformó con pasar por la Presidencia sin pena ni gloria, porque pudo ser él el impulsor de un sistema político diferente, con una reforma a la LEPP de verdad. Claro, él fue parte de esa casta que se niega a morir y dejar que la democracia guatemalteca florezca verdaderamente.

El veto del presidente Jimmy Morales —si se produce, pues cuando escribo esto no lo había anunciado—, debe llegar acompañado de una estrategia integral para promover que haya respaldo popular y con una propuesta específica de la forma en que se debe hacer la reforma.

No por madrugar amanece más temprano, reza el sabio refrán. El amanecer político que necesitamos los guatemaltecos no llegará con esas reformas, y es mejor esperar a tener las adecuadas y, entonces sí, exigirle al Congreso que las apruebe. Todavía se escuchan voces que dicen que los diputados tienen el derecho de introducir cambios.

Otra vez ¡babosadas! El país necesita que los diputados hagan lo que tienen que hacer y, por una vez, aprueben lo que el país necesita. La mayoría de la población ni siquiera sabe que los diputados se recetaron el financiamiento público y siguen gozando del privado —Ud., yo y todos los guatemaltecos debemos pagar la campaña electoral de cerca de 20 organizaciones políticas—, no se promueve la transparencia en torno a los financistas, como tampoco la democracia interna dentro de los partidos, los famosos comités cívicos están en mayor desventaja, ni siquiera se acaba con el transfuguismo. ¿Qué es eso mejor que algunos ven? Pues se multa más fuerte, se definen mejor algunos conceptos, el TSE tiene algo más de dientes, y los migrantes podrán votar, pero, en el fondo, tendríamos que seguir eligiendo de la misma manera cada cuatro años: al menos malo.

Yo he creído siempre que hay que soñar en grande. A veces es difícil alcanzar los sueños, pero estoy seguro de que si sueño en pequeño, los resultados no serán nunca grandes, mucho menos maravillosos. Esta reforma es soñar en chiquito.

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