Opinión

Mario Alberto Carrera: La libertad de pensar…

Mario Alberto Carrera

La libre emisión del pensamiento está garantizada por la ley respectiva que se deriva del artículo 35 de la Constitución y por convenios multilaterales signados ante las Naciones Unidas.

Sin embargo, para colocarse y ubicarse en el privilegiado y manipulado sitio de los que ejercen, dirigen y orquestan cómo ha de ejecutarse la “sinfonía” de la libre emisión del pensamiento (con todo y sus bemoles, silencios y movimientos del incumplido “derecho de aclaración o respuesta”) deberíamos preguntarnos cuál es la “sala”, la instancia magnífica de tal libertad constitucional? Este paso o peldaño es de la libertad de pensar que, aparentemente, parece menos complicado o coruscante que el de la libre emisión del pensamiento, “protegida” por las leyes y convenios que ya dije arriba…

El hombre no aprende a pensar libremente a pesar de que –en contrario- así lo pregonen colegios, escuelas, universidades y, sobre todo, las Iglesias (donde se habla tanto del libre albedrío) y demás instituciones (¡oh, la institucionalidad!) del Estado. Pero –en consonancia con la psicología individual y social- el hombre, especialmente el que conforma la masa, es el ser más coartado en su andadura hacia la libertad de pensar y de determinar su historia y su memoria. Ya lo dijo Freud en “El malestar en la cultura”: “La historia del hombre es la historia de su represión”.

Desde que el hombre nace se le enseña a martillazos todo lo que debe ser y hacer para arribar al pináculo de “hombre de bien”, “realizado” y ajustado, que lo convierte -eso sí- en flamante conformista (Camus) cuyo triunfo en la vida consiste precisamente en no pensar, no cuestionar, no ser anti sistema.

El mundo no está hecho para pensar sino para obedecer al Big Brother. De manera que -un poco en broma y otro poquito de veras y un cacho en tono festivo- deberíamos abolir o eliminar toda precaución o encomio en torno al discutido tema de la libre emisión del pensamiento, porque la mayoría de hombres no tenemos nada que emitir desde nuestro cerebros maniatados a no ser necedades y estulticia aceptadas por el “establishment”. Por ello es que –casi siempre- lo único que evacuamos son antojadizas opiniones condicionadas por la “cultura”, propaganda, eso sí, mucha propaganda, anuncios y merolicas propuesta de “oferta y demanda neoliberales”. Pero todo ello se engloba en lo que podríamos definir como impúdicos intereses creados.

Si hubieran genuinos pensamiento que emitir (mediante los mass-media) acaso valdría la pena contender agresivamente por todo lo que garantiza la famosa ley de libre emisión del pensamiento. Pero cuando de verdad no se llega ni se lograr pensar en libertad (sobre todo en este país donde no se piensa sino que sólo se sonríe complacientemente al represor) ¿para qué luchar ¡tan afanosamente!, por algo que, en la práctica masiva, no es más que vil fantoche como el joven payasete que detenta la Presidencia de la República?

Este no es un país de libertades sino de prohibiciones y autocensura. La prueba es que cuando usted se atreve a pensar diferente de la alta burguesía feudal, usted todavía puede devenir agujereado, como los campesinos que recientemente han aparecidos ejecutados extrajudicialmente. O ser marginado en y por las clases dominante y de poder, desde la Iglesia, sus universidades, medios y cenáculos culturales donde a usted lo clasifican como anti sistema y “conflictivo” porque usted comete el pecado de no ser tolerante con la mediocridad intelectual que, en Guatemala, se da al por mayor.

El pensamiento es pues, patrimonio exclusivo de la oligarquía que ordena cómo se debe pensar ¡y lo peor!, es que domina a casi todos los medios que precisamente dicen que emiten el pensamiento “libremente”… Este sí que es un dilema paradojal que puede pasar -con toda “dignidad”- a los anales de la Lógica. Como mal ejemplo.

Pensar/pensar es “cosa seria” y también “cosa nostra”.

“Sapere aude”, proclamó Kant. Y ello es algo imposible en este país de prohibiciones a ultranza, impedimentos evangelistas, vedas y de ejecuciones extrajudiciales por nuevas CIACS.

Cuando Kant hizo la proclama contenida en esta breve locución latina: “Sapere aude”, lo realizó convencido de que nadie piensa realmente en y con libertad. La traducción de la frase es más o menos: Deja a tu pensamiento que piense, permite a tu razón pensar. Para decir que toda mente está bajo coerción y restricción catapultada por su entorno cultural. Y en Guatemala ¡absolutamente!, sobre todo si tal derecho lo aplicamos al mundo indígena y a la mujer indígena. Somos el país más atrasado del continente donde los cerebros no crecen porque hay una desnutrición pavorosa. Y donde las mujeres son las más bajitas del mundo porque no comen.

Pocos son los espíritus que se salvan (en el Reino de Guatemala-de-los-arzuistas-encomenderos) de la secular maldición de la cultura castradora y logran abrir una pequeña ventana que cientos (porque son sólo cientos) de necios multimillonarios y sus lacayos ajustados y conformistas, se empecinan en cerrar para mantener a Guatemala casi en la Edad Media, en cuanto a desarrollo humano. Como los terribles y poderosos necios que amordazaron a Giordano Bruno.

Solo los grandes pensadores, periodistas y poetas piensan. Pero son difamados, calumniados e insultados por la “nobleza”, la alta burguesía y los terratenientes encomenderos-toda la vida- hasta hacerles la vida imposible. Y por eso huyen como huyeron del “cariñoso” suelo patrio: Asturias, Gómez Carrillo o Carlos Solórzano. O son ejecutados extrajudicialmente (por los Arana Osorio) como: José María López Valdizón. Huberto Alvarado, Oscar Arturo Palencia, Roberto Obregón, Luis de Lión y, el más grande de todos: el colosal Otto René Castillo que me honró con su amistad.

 

 

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