Opinión

Luis F. Linares López: LECCIONES DE LA TRAGEDIA NICARAGÜENSE

Luis F. Linares López

La llegada al poder de Daniel Ortega fue producto de una turbia negociación con Arnoldo Alemán. Una reforma a la normativa electoral bajó el porcentaje requerido para evitar la segunda vuelta, en la que Ortega tenía garantizada la derrota. A cambio, Alemán se libró de la persecución penal por sus múltiples y notorios actos de corrupción.   Engatusó al cardenal Ovando y a la iglesia católica con su histriónica conversión, expresada en el matrimonio religioso – presentado como renovación de votos – con Rosario Murillo, y la proclamación de la “revolución cristiana, socialista y solidaria”.

Mediante mecanismos como Alba de Nicaragua S. A. (Albanisa) formada con capital de la petrolera venezolana y que es, entre otros “logros”, el mayor generador de energía eléctrica de ese país, pasó a ser uno de los hombres más ricos, si no el más rico de Nicaragua.

El sector empresarial, cuya organización cúpula es el Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP), no vaciló en volverse compañero de ruta de Ortega, mediante la eufemísticamente llamada “relación de consenso”. Los grandes empresarios no escatimaban alabanzas a la certeza jurídica, las condiciones favorables para la inversión y el clima favorable a los negocios que les garantizaba el régimen. En 2007, a poco de tomar posesión de la presidencia, luego de obtener el 38 % de los votos en 2006, respondió a un intento de huelga en una zona franca con la movilización del ejército, y dentro del empresariado hubo expresiones de júbilo. Había un gobierno fuerte, capaz de meter en cintura a los sindicalistas bochincheros.

Con paciencia y eficacia digna de mejor causa, Ortega se dedicó a arrinconar o desmantelar la organización social que sobrevivió a la era somocista o surgió durante el período revolucionario. Los sindicatos independientes fueron desplazados por la Central Sandinista de Trabajadores José Benito Escobar. Los empleadores irradiaban felicidad al “negociar” con este engendro de sindicalismo charro, pues todo se arreglaba mediante el acuerdo directo con los adláteres del mandamás o la iluminada Rosario.

Cuando fallaban los procedimientos de control suave, entre los que destaca el redundante y rimbombante Consejo de Comunicación y Ciudadanía del Poder Ciudadano, el gobierno recurría a las fuerzas de choque – las turbas sandinistas – que arremetían con lujo de crueldad y en absoluta impunidad contra los que salían del carril.   Uno de tantos casos fue el ataque sufrido en 2013 por el periodista y presentador de televisión Jorge Hurtado.

En 2009 el amparo otorgado a Ortega por la Sala Constitucional declaró inaplicable la norma que prohibía la reelección presidencial, aduciendo que violaba sus derechos como ciudadano, es digno de Ripley. Un magistral ejemplo de burda manipulación de las normas sobre derechos humanos.

La truculenta elección para un tercer período, formando binomio con Rosario Murillo, fue la culminación del proceso de captura del conjunto del Estado nicaragüense. La separación de poderes se tornó en ficción y los controles de legalidad fueron domesticados. Se estableció un poder absoluto que, como no podía ser de otra manera, se corrompió absolutamente. El oportunismo de los empresarios los hizo cómplices de la dictadura, de la cual se beneficiaban. Este comportamiento tampoco es ajeno a las élites nicaragüenses. Algo parecido hicieron muchos de ellos con los Somoza y otros con el gobierno sandinista posterior a 1979.

Cuando la acción de las turbas y la policía en contra de las manifestaciones de protesta por las modificaciones al sistema de pensiones se convierten en el detonador del profundo malestar que permanecía latente en amplios sectores de la población, las organizaciones empresariales comienzan a distanciarse del gobierno de Ortega. No sabe uno si reír o llorar cuando el presidente del COSEP afirma que si hubiera sabido que el resultado de todo el proceso – la convivencia con Ortega – iba a ser lo que sucedió a partir de abril, en ningún momento hubieran tomado “esa ruta de trabajo”.

Enorme costo de aprendizaje de una lección que se encuentra en cada esquina de la historia, especialmente en la de Nicaragua. Lección sobre la que deben reflexionar detenidamente los numerosos empresarios guatemaltecos que apoyan del diente al labio la lucha contra la corrupción, pero que están realmente comprometidos con hacerla naufragar. Si esa lucha fracasa tendremos más temprano que tarde la entronización de un Estado mafioso, que se convertirá en un paria para la comunidad internacional, en donde nadie estará libre de la extorsión y la rapiña.

 

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