Opinión

José Alfredo Calderón: La calma chicha en un país que no es ni chicha ni limonada…

José Alfredo Calderón E.

Historiador y analista político

Cada vez que surge la llamada “calma chicha”, los que nos dedicamos a observar la cuestión política con más cualificación, sabemos que la mano que mece la cuna ya está a cargo. El vocablo surgido entre los marineros de alta mar, describe con claridad esos estados de quietud dentro de la inquietud o de inquietud dentro de la quietud, según nuestro referente y posición. “Hablar de calma chicha es hablar de la quietud. Pero no de esa que cura la fatiga, no de esa que abre espacios a la meditación, no de la que es remanso en la turbulencia de la vida. Hablar de calma chicha es hablar de la otra quietud, la que desespera, en la que no hay negro ni blanco, ni frío ni calor, ni bien ni mal… la que sabe a muerte.”[1]

Surgida de la voz griega Karma, la palabra latina cauma significa calor sofocante. Con la evolución del idioma castellano, cauma derivó en calma y en el mundo de los marineros, el término se asoció a la ausencia de viento, lo cual, generaba un intenso calor y dificultades para navegar. Desde entonces, la calma en alta mar refleja una incomodidad que puede deberse al calor y/o a la falta de viento. El adjetivo “chicha” podría derivarse de la tradición oral de los marinos, pues como bien indica Ortega Morán: “Pudo ser que, algún día del siglo xviii, en uno de tantos viajes a través del mar, el viento cesó y el barco se detuvo. El calor y la quietud desesperante, hicieron exclamar a un marinero de origen francés algo así como «¡esto es una calma chiche!». En francés, chiche significa «avaro», de modo que la expresión podría traducirse como «¡esto es una calma avara!», esto, por no ceder ni un ápice de viento. La expresión debió gustar a los marineros españoles; hacía tiempo que la palabra «calma» había perdido su dureza y necesitaban una nueva forma de echar en cara a la naturaleza su «avaricia».”

Como se ve, la voz calma denotaba una situación indeseable, ya sea por la incomodidad del calor o por la falta de viento. La expresión fue trasladándose a otros ámbitos y algunos autores señalan que el término “calma chicha” aparece en la primera mitad del siglo XIX. Ortega cita a Joan Coromines que la ubica en 1831 pero hay antecedentes anteriores: “…he encontrado que en la obra del ecuatoriano Rafael Jimena, «Al General Sucre [Epistolario]», de 1821, la expresión se usa ya metafóricamente. En una parte dice: Ninguna noticia de interés. Estamos en calma chicha: no corren ni verdades, ni mentiras.”[2]

Sirvan estas referencias introductorias para explicar: cómo a la turbulencia social y política, le sobreviene ese estado tan especial que se comenta. Y es que en nuestro “país”, la calma chicha suele estar precedida de grandes intensidades. La reactivación de La Plaza, ya con nuevos liderazgos, la unidad coyuntural de distintas organizaciones que iban de la derecha moderada a la izquierda radical, las demandas cada vez más radicales porque el sistema cambie en su estructura, el hartazgo manifiesto contra la clase política y ´los actos de corrupción, así como las contundentes muestras de rechazo a la impunidad vinieran de donde vinieran; parecieran haber desaparecido o entrado en un letargo ciudadano que                            –aparentemente– es inexplicable.

Las movilizaciones y la protesta social se manifestaban más rápido, más maduras y más contundentes, al extremo que el 14 y 15 de septiembre, la animosidad ciudadana había alcanzado niveles nunca visto en contra de los diputados. Como corolario, el 20S representó una movilización impresionante, la cual, desafió los presagios y señalamientos de que sería una expresión de la izquierda radical y que era peligroso participar. La unidad coyuntural amplia de vastos sectores ciudadanos de todas las tendencias democráticas se hizo presente. Pacíficamente pero con mucha vehemencia y contundencia en sus demandas, la población, familias enteras, representantes de todos los ambientes, escaños y condiciones sociales, culturales, económicas y políticas se manifestaron con inusual claridad y madurez.

Hablamos de tan solo un mes atrás y las cosas empezaron a cambiar en forma pronunciada. Pero quienes observamos con más atención la dinámica social y política, detectamos señales. La anticipada venida del nuevo embajador norteamericano, los tres ministros que se fueron y que siempre se quedaron, los llamados cada vez más amplios a un diálogo de sordos, la toma de aire de los internos en el Mariscal Zavala; el regreso de encendidos discursos de personajes ya apagados; la reactivación furibunda de los netcenters y activistas de extrema derecha; la orquestación oficial pro impunidad desde la Cancillería y la propia presidencia de la República, así como la mayoría de diputados señalados que hipócritamente habían mostrado “arrepentimiento” y marcha atrás en los dos decretos que habían enfurecido a la población. El alineamiento de la Corte Suprema de Justicia, la presencia oficiosa del Nuncio; la integración de un nuevo “líder” al frente de la alianza perversa ampliada (Arzú) y por último, el respaldo empresarial –ya oficial– al presidente.

Las muestras oportunistas de la sociedad civil permitida por concentrar todo en las “reformas” a la LEPP brotan como hongos… Luego…la calma chicha. La mano que mece la cuna nuevamente a cargo, y en Xibalbá: “todo tranquilo y sereno”, repite con voz tenue y lúgubre el celador de turno…

 

 

[1] Arturo Ortega Morán, escrito mexicano. En el Centro Virtual Cervantes.

[2] Idem.

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