Opinión

José Alfredo Calderón: El protagonista permanente…

José Alfredo Calderón E.

Historiador y observador social

 

A pesar de las evidencias que poco a poco se amplían en torno a la manipulación mediática que las estructuras paralelas han hecho –con mucho éxito lamentablemente– de que la crisis actual se reduce a una pugna entre el Comisionado de la CICIG y el presidente de la República, las causas reales se encuentran muy debajo del superficial manejo que se impulsa y la multiplicidad de actores confunde a la mayoría, pero cuando se escarba hasta el fondo, el que yo llamo protagonista permanente (muchas veces oculto), aparece en todo el hilo histórico, estructural y sistémico del proceso.   Sea que hablemos del sistema judicial o del sistema político, todo nos lleva al diseño matriz de la estructura económica y sus beneficiarios. Quién diseña, define el fondo y la forma en que ese diseño responderá al objetivo primario (razón de ser) y, sobre todo, la sostenibilidad que permite la reproducción de ese diseño, los mecanismos de protección y ajuste del sistema; el modo en el que se producen los productos, la cantidad y calidad de los mismos, el procedimiento de apropiación y distribución, así como la identificación plena y permanente de sus beneficios principales.

Las herramientas académicas, pero sobre todo la Historia, nos permiten ubicar el origen de este hilo conductor y seguirlo con precisión hasta nuestros días. Durante el lapso conocido como La Colonia, la disputa político-económica entre Peninsulares (españoles) y Criollos (hijos de españoles nacidos en estas tierras), se resolvió en favor de estos últimos. Los comerciantes tomaron el control de la economía y para consolidar este dominio, colocaron a familiares y amigos en los cargos públicos.[1] Sin embargo, la dependencia de España no permitía que los procedimientos de apropiación y reproducción se dieran a plenitud como era el deseo de estas familias, lideradas por los Aycinena. Conociendo el derrumbe político y económico del imperio español y la perentoriedad de su dominio en el continente americano, visionaron ese concepto de Patria que bosquejaron con la Independencia y consolidaron con la Reforma Liberal. Una independencia que se realiza –ahora ya se sabe plenamente– semanas antes de la fecha conocida como oficial. [2] El monopolio comercial debía continuar, pero ahora, los beneficios al 100% serían para los que con mucha propiedad –según ellos– se creían dueños de la Capitanía General de Centroamérica.

A partir del 21 de marzo de 1847, cuando oficialmente se funda la República de Guatemala, los esfuerzos criollos continuaron por diseñar una Patria Grande al mejor estilo de sus sueños.[3] Una Patria “liberal” pero con mecanismos y privilegios conservadores, una Patria basada en mecanismos extractivos primarios pero con idearios de primer mundo. La Reforma Liberal fue cualquier cosa, menos liberal. Pero algo si estaba claro, el diseño estaba consolidado y la clase que dominaba (comerciantes y terratenientes), también se erigía en hegemónica por medio de esa venta exitosa de un imaginario social elitario, del cual se “apropiaban” las clases subalternas como si fuera el propio. Ese sentimiento de orgullo nacional, la reconceptualización del término chapín[4] y el impulso del café como producto líder, generaron lo que se denominó –académicamente– como las “Dictaduras Cafetaleras”: 1871-1944, pero que las elites vendían como la República Liberal del progreso y el desarrollo.

Tras el breve espacio revolucionario: 1944-1954, el hilo conductor sigue su curso, pero ahora, la República ya no era solo liberal sino anticomunista. Poco a poco las familias de las elites abandonaban la Administración Pública y el desprecio por el ejercicio político se hace evidente, surgiendo el embrión de lo que posteriormente sería la “Clase Política”. A partir del lapso conocido como la Contrarrevolución en 1954, el nuevo diseño de partidos políticos se construye sobre la base del mismo sistema económico, cuyos beneficiarios siguen siendo los mismos. Una sucesión de dictaduras militares mantiene un control férreo sobre la población y la cooptación del Estado se consolida a un costo menor: la alianza de las elites económicas con el estamento militar. De ser sirvientes de los empresarios, los militares se erigen como socios indeseables, pero al fin socios. Incluso la victoria militar contrainsurgente les permite negociar de mejor forma y ya para finales de los años ochenta tenemos un cuadro que identifica la simbiosis de empresarios ultra conservadores con el alto mando de un ejército que, ya sin la amenaza militar principal (1980-1983), comparte el dominio político (y en parte el económico). En todo este proceso, la clave es dual: por un lado las elites empresariales conservadoras financian las campañas políticas que llevan a los militares (y luego a los civiles) al poder formal; y por el otro lado, los militares conjuraron la amenaza militar de los grupos revolucionarios y mantuvieron la “estabilidad y el orden”, a un costo social, económico y humano muy alto. Esta alianza no podía dejar limpio a nadie, sobre todo ahora que se conocen los horrores de la guerra y cómo los juicios por crímenes de lesa humanidad, involucraron primero a militares de alto rango y luego fueron vislumbrando la responsabilidad de civiles (empresarios) en esos horrores.[5]

Con la irrupción del narco y del capital emergente, así como la consolidación de la “Clase Política”, el dominio político y económico se fracciona pero la ecuación básica se mantiene: El insumo generador es el financiamiento de campañas políticas; en el proceso se colocan agentes propios de las elites económicas y militares (que resultan “ganadores” de los eventos electorales), los cuales reproducen el sistema y garantizan los beneficios de la “teta” estatal; para que, finalmente, los productos consistan en puestos a granel en toda la Administración Pública y el respectivo cobro de facturas, lo cual trasciende la corrupción vía el erario nacional, pues el logro fundamental, es la permanencia de dos productos: La impunidad para todo y la cooptación del Estado para dirigirlo de acuerdo a sus intereses.

¿Se entiende ahora el por qué es tan importante para la alianza perversa mantener la narrativa de que todo se reduce a una disputa entre El Comisionado y El Presidente, La Comisión y El Gobierno?

[1] Lejos estaba la idea de “clase política”, es decir, profesionales de la política al servicio de empresarios por medio del Estado. Personas que se dedican a tiempo completo al oficio público, pero no en nombre propio sino de quienes representan y los patrocinan. Con el tiempo, éstos asumieron niveles de autonomía que sumaron a la complejidad de la crisis que hoy vemos.

[2] El 14 de septiembre de 1963, el periodista e historiador: Enrique Del Cid Fernández, sacó a luz pública un texto llamado: “Plan Pacífico de Independencia”, el cual fue encontrado en los archivos secretos de la familia Aycinena. Para leer detalles sobre el mismo, se pueden revisar mis dos artículos digitales en la Revista Crónica de los jueves 12 y 19 de septiembre de 2017.

[3] Desligarse de España era tan solo el primer y más pequeño paso.

[4] Ya ha sido ampliamente explicado el origen despectivo del término, el cual utilizaban los habitantes de las Provincias de Centroamérica para referirse a los “chapines”, los habitantes de la Capitanía General (básicamente la Antigua Guatemala y la Nueva Guatemala de la Asunción).

[5] Financiamiento de la guerra ante el bloqueo norteamericano, uso de pistas de aterrizaje y centros de tortura en fincas privadas, represión a líderes sociales y campesinos que “estorbaban” y un largo etcétera.

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