Opinión

JOSÉ ALFREDO CALDERÓN: El niño que creció muy rápido y entregó su corazón al futuro (II y final).

José Alfredo Calderón E.

Historiador y analista político.

En la primera parte vimos como la niñez y adolescencia marcaron la consecuencia y coherencia de Oliverio Castañeda De León. Su actuar y su pensar eran auténticos y no podían provenir de otro lugar que no fueran los valores familiares. La preocupación por los demás fue coherente a lo largo de su adolescencia y juventud. Al respecto, doña Chusita nos refirió otra anécdota: “Al colegio Americano llegaban niños de institutos a los que les daban becas; pero él los ayudaba. Una vez se enfermó uno de ellos y él hizo una colecta entre sus compañeros para llevarle un médico”[1] Ya en la vida universitaria, esos valores solidarios continuaron, según lo confirma uno de tantos testimonios: “Él era tan solidario y tan humano; si alguien le decía que no tenía para la camioneta y él no tenía plata, le pedía prestado a otras personas –sus amigos– para ayudarlos. A mí me pidió prestado varias veces para ayudar a otros.”[2]

A Oliverio le gustaba el futbol y el arte, siendo ésta segunda la que más le gustó, aunque en general, era bueno en todas las materias ya que fue un excelente estudiante desde siempre. En cuanto al futbol, aunque le gustaba mucho, nunca descolló como jugador. Al respecto, doña Chusita nos contó: “No tuvo la habilidad de otros para los deportes, mientras sus hermanos andaban en dos patines, él los perseguía en uno. No aprendió a nadar porque era muy catarriento (sic). Yo siempre lo excusaba de las clases de natación porque se me podía enfermar.”[3] Era tal su amor por el futbol, que lo canalizó con su afición por el club Tipografía Nacional al cual ayudaba mensualmente con una pequeña cuota. Cuando Oliverio murió, sus padres siguieron aportando dicha cuota al club, como aferrándose al recuerdo del hijo que les dio tantas alegrías pero también un terrible dolor con su partida.

Oliverio tenía fama de culto y educado[4], lo cual se evidenciaba en él de forma natural. Sus compañeras y amigas le comentaban a doña Chusita como en los eventos en los que participaba, la mayoría de personas se quedaban sentadas al saludar a quienes ingresaban; Oliverio en cambio, siempre se levantaba y les cedía el asiento a las damas. La relación con sus hermanos era excelente. Al mayor, Gustavo, lo respetaba y admiraba mucho: “Me decía: ‘mamá voy a arreglar el cuarto porque si no va a venir Tavo y me va a regañar. Si había pleitos, él siempre estaba fuera de ellos.”[5]

A Oliverio le gustaba comer, era comelón, era delgado, y de pequeño, muy enfermo aunque de grande muy sano. La comida típica de Zacapa le encantaba. Otra afición culinaria era la comida italiana, aunque no siempre podía darse ese gusto, pues ya en pleno ejercicio dirigencial, no tenía trabajo y por ello casi nunca cargaba dinero. “Recuerdo su último cumpleaños cuando le compramos con un amigo, un postre que tanto le gustaba: el pie de higo de los Tilos. Le gustaba ir a comer a un lugar donde hubiera buena música, era un hombre de detalles (…) le gustaban los helados, los pasteles, le gustaba la comida italiana (…) otra de las cosas que le gustaba era el baile, era un pésimo bailarín pero igual se metía a bailar y dar brincos…”[6]

Pero el rasgo más significativo y señalado por todos era su buen humor. Cuando le preguntaban: ¿Y usted en que anda?, él siempre contestaba: yo en camioneta ando. Le gustaba hablar con el acento de Zacapa, todo lo tomaba a chiste; cuando su mamá lo regañaba, siempre contestaba algo que la hacía reír. Doña Chusita cuenta que para un cumpleaños de ella le dijo a Oliverio: “Bueno, y usted no me va a dar un abrazo, estoy cumpliendo años. Él se acercó, la abrazó y le dijo: Usté ya está logradita.[7]

La responsabilidad era otro de sus méritos relevantes, se dedicaba por completo al estudio y su trabajo como dirigente estudiantil y social. Era una persona exageradamente responsable para la poca edad que tenía, era demasiado adulto; incluso en una ocasión para su cumpleaños, no lo celebró porque tenía una reunión de trabajo –nos refieren sus compañeras y amigas– “El presentía lo que le iba a pasar, pero era tan responsable que aún recuerdo que, cuando ya se sentía muy amenazado, él se apartaba: Vos, no te vengás conmigo, no quiero que estés conmigo porque estoy es muy peligroso. Él se apartó de su familia, ya casi no los miraba. Era tan noble y responsable que evitó que otros salieran dañados, incluso en el momento de su muerte lo demostró…”[8]

Dos testimonios reiteran su altísimo talante ético y humano: “Oliverio evidencia alguien que amaba mucho la vida y que la sacrificó porque creía en lo que creía y era coherente entre sus creencias y lo que hacía (…) él era un hombre refinado, nunca perdió eso y no tenía por qué perderlo tampoco, pues su sencillez le permitía juntarse con cualquier persona.”[9] Rebeca Alonso nos dice: “Marcó las cualidades, las características, los principios que debe tener un verdadero líder: Franqueza, honestidad, convicción, transparencia de sus actos…”[10]

¡Hasta siempre Oliverio! el niño que creció muy rápido y entregó su corazón al futuro. Cierro con la consigna que lo inmortalizó: ¡”Mientras haya pueblo, habrá revolución”!

 

[1] Op. Cit. Entrevista a la madre de Oliverio, doña Chusita De León de Castañeda. Pág. 46

[2] Op. Cit. Entrevista a Rebeca Alonso, compañera y amiga de Oliverio.

[3] Ídem.

[4] También de refinado refiere Angélica Alarcón.

[5] Ibid. Pág. 47

[6] Ibid. Entrevista a Rosa María Alejos. Pág. 48 Por cierto que su último cumpleaños fue el 12 de octubre de 1978 y lo tuvo que pasar sin su familia, pues el acoso de las fuerzas de seguridad era ya muy fuerte y quería proteger a su familia. A doña Chusita le afectó mucho este suceso previo a su muerte.

[7] Idem.

[8] Idem. Rebeca Alonso era la persona que estaba con él en el momento que desde el carro Bronco empiezan a disparar los esbirros. En el acto, la empuja y sale corriendo hacia el pasaje Rubio, con el objeto de apartarse del grupo de compañeros y amigos que siempre lo seguía, evitando así que otros murieran.

[9] Ibid. Entrevista a Angélica Alarcón. Pág. 50

[10] Idem.

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