Opinión

José Alfredo Calderón: Como no temerle al “deja vu”…

José Alfredo Calderón E.

Historiador y observador social

Recuerdo como si fuera ayer toda la tensión que los jóvenes vivimos durante el conflicto armado. Especialmente aquellos que optamos por la organización social y estudiantil primero, y luego por la cátedra universitaria crítica del statu quo y las acciones represivas del Estado. Las cadenas de teléfonos[1] para informarse y/o avisar si alguien no había llegado a clases o la madre de alguno avisaba que no había llegado a dormir. El miedo a reunirse y la meticulosidad con la que se escogían los lugares, pues los “orejas” “judiciales” y G-2[2] andaban sueltos cuál jauría de hienas hambrientas. Recuerdo particularmente cuando en tiempos de Ríos Montt (1982-1983), no se podía celebrar ni cumpleaños, pues toda reunión mayor de cinco personas ya era vista como subversiva aunque se hiciera en la propia casa. Había necesidad de obtener permiso a Gobernación y aun así, uno se arriesgaba a un “chillo” de algún vecino molesto o celoso, el dueño de una tienda que veía receloso a su competencia o la denuncia por cualquier motivo, lo que incluía “bromas” pesadas. Es decir, no era necesario estar en política o pertenecer a una organización revolucionaria, puesto que a la gente se le mataba por cualquier cosa. Parece comunista, es familiar de comunista, es amigo de comunista, en el aula universitaria se sienta a la par de uno que parece comunista, tiene tatuajes, es de asentamiento, está afiliado a un sindicato o peor aún, es dirigente sindical. Estudia en la San Carlos, es maestro, parece que es poeta y tiene el pelo largo; sus abuelos fueron de la Revolución de Octubre….y así un largo etcétera.

Romper la pasta de los libros y forrarlos con cualquier fachada pendeja por si un retén nos revisaba, tanto si ibas en carro o a pie. Cualquier asomo de duda era suficiente para ser detenido y dicha detención ya daba –por lo menos– un 50% de posibilidades de engrosar la lista de desaparecidos. Testimonios de muchos padres recorriendo morgues, hospitales, cuerpos policiacos u oficinas gubernamentales y municipales en búsqueda de miles de adolescentes, jóvenes y adultos. No alcanza el espacio para narrar tanto terror y tanta ignominia… Por eso se nos eriza la piel cuando vemos un “deja vu” en ciernes del temible Donaldo Álvarez Ruiz, ministro de gobernación del gobierno del general Lucas García (1978-1982), quien tenía en el sótano de su casa, un centro de torturas!! ¡¡Así como se lee!! ¡¡En el mismo lugar donde convivía con su familia!! Todavía recuerdo que con el golpe de Estado del 23 de marzo de 1982, cientos de personas saquearon su casa y quedaron horrorizadas cuando se percataron de ese macabro sótano.

Debo insistir que no se necesitaba ser líder revolucionario o militante de sus organizaciones para temer por la vida personal o de familiares y amigos. La condición socioeconómica acomodada tampoco eximía, ni estudiar en una universidad privada[3]. La sola sospecha, un simple chisme, una relación familiar o de amistad, una relación de vecino o de trabajo, la asistencia a una misma iglesia, una novia o novio, literalmente cualquier cosa era suficiente para ser detenido, interrogado, “juzgado” y encarcelado, cuando se corría con “suerte”, porque en muchos casos, los grupos paramilitares y parapoliciacos simplemente desaparecían a las personas, tirándolas en el cráter de un volcán o en las turbulentas aguas de mar abierto, en plantas procesadoras industriales o enterrados subrepticiamente en fincas privadas[4] o destacamentos militares.

Pero resulta que la mayor parte de la población de Guatemala es joven (aproximadamente un 70%) y no vivieron el enfrentamiento armado. Muchos de mis alumnos en talleres de capacitación y clases universitarias se sorprenden al oír y leer lo que hoy rememoro. Simplemente les parece inverosímil tal nivel de atrocidades. ¿Leer el REHMI de la Oficina del Arzobispado o el informe de la Comisión del Esclarecimiento Histórico –CEH–? ¡!Por favor!! Si ahora uno deja para leer un capítulo de 30 páginas y todo es crujir de dientes para aminorar la carga académica…

Por eso creo que la población en general no se toma muy en serio la peligrosidad de la gestión de Enrique Degenhart. Donaldo no empezó siendo un monstruo. Como buen politiquero, escondió gran parte de su perversidad durante los años setenta como dirigente del Partido Institucional Democrático –PID–, el cual cogobernó con el Movimiento de Liberación Nacional primero (el autodenominado partido de la violencia organizada: 1970-1978) y con el Partido Revolucionario –PR– y el Frente de Unidad Nacional –FUN– después (Gobierno de Fernando Romero Lucas García: 1978-1982). Luego la historia nos demostró quien era en realidad ese oscuro personaje que mandaba asesinar estudiantes, obreros, sindicalistas, intelectuales, artistas, campesinos y libre pensadores, para luego presentarse en los velorios dando el pésame y entregando arreglos florales…

El asesinato de dirigentes campesinos de CODECA y la Central Campesina del Altiplano –CCDA–, el incremento en los niveles de violencia con énfasis en los asesinatos; la retención de información pública so pretexto de confidencialidad y Seguridad Nacional, el desmantelamiento de la cúpula policial experimentada y capacitada por los propios Estados Unidos (USAID e INL)[5] y la nueva y amenazante “Estrategia Nacional de Seguridad Cibernética”, entre otras señales, debería ser un alerta suficiente para preocuparnos sobre la gestión Degenhart. Si no aprendemos de la historia, seguiremos condenados a repetirla. ¡¡GUATEMALA NUNCA MÁS!!

 

[1] Telefonía fija porque los celulares ni siquiera eran producto de la imaginación.

[2] Inteligencia militar.

[3] Quien escribe se graduó del Liceo Guatemala y estudio en la Universidad Rafael Landívar y eso no impidió ser amenazado y estar en una lista negra “por mis ideas sociales”, según testimonio de un militar conocido de mi madre.

[4] Tema aparte es investigar más a fondo la responsabilidad de empresarios durante la guerra interna.

[5] Cúpula a la que se debía en gran parte la disminución porcentual y absoluta de homicidios por arma de fuego.

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