Opinión

José Alfredo Calderón: Cómo explicar ese raro fenómeno de la indignación…

José Alfredo Calderón E.

Historiador y observador social

Guatemala pareciera ser un paraje polisémico. Si le preguntáramos al finado y genial Eduardo Galeano, éste diría que es aquel solar donde se pasa años tratando de resolver preguntas y cuando tenemos las respuestas, nos han cambiado las preguntas. O mejor aún, diría que es un país donde todos son iguales, pero algunos son más iguales que otros. Lleno de contradicciones y paradigma de desigualdad, Guate (forma cariñosa de apropiación de un “país” que no es país), representa un paisaje donde un grupo inventa una identidad que no existe y resignifica un mote identitario: chapines, cuyo origen es despectivo y alusivo a las petulancias de los habitantes de la Capitanía General del Reino, con respecto al resto de habitantes de las provincias de Centroamérica (más allá del uso del famoso calzado).

De hablar ceremonioso y lleno de caulas y mojigatería, el chapín pretende ser el heredero de los criollos, cuando los descendientes de éstos solo los ven como mano de obra barata, y cuyo horizonte democrático se reduce al voto cada cuatro años. Además, no repara en la prepotencia de concentrar una identidad supuestamente nacional, en el mote de chapines; desconociendo las diferencias del resto de habitantes de la República; los cuales albergan aspiraciones, dinámicas y detalles muy diferentes a esa simbología del chapín. Haragán para investigar información verídica y confiable, es fácil presa de la moda y la basura del internet, dando por fuente cierta, cualquier albur contenido en un meme o cadena en redes sociales. Reacio a organizarse para no perder “identidad” y ser manipulado, también desprecia el ejercicio político porque no encuentra diferencia entre éste y la politiquería. De aficiones inmediatas, banales y pueriles, subestima la cultura y sus diversas manifestaciones para cultivar un acervo que no ve como beneficio.

Aunque los criterios para caracterizar a esta población heterogénea y contradictoria sean muchos, recurro finalmente a dos herramientas puntuales: la pirámide de Abraham Maslow y la sentencia de Mario Monteforte Toledo en torno a que, “el largo plazo del guatemalteco, es el desayuno del día siguiente.”[1] En un país con las cifras de miseria y degradación moral que presenta Guatemala, empieza a ser fácil entender el por qué los habitantes de la ex Capitanía General presentan síntomas ilógicos de dinámica humana. Somos capaces de ser espontáneamente solidarios y caritativos en la tragedia, pero nomás pasa la emergencia, paulatinamente se vuelve a la indiferencia ante el dolor de muchos, pues las emergencias, solo desnudan una realidad sistémica y estructural que nunca cambiará sino se cambia el sistema. Construimos ídolos y liderazgos de papel, con la misma rapidez con la que los destruimos. Nos enojamos ante el engaño electoral de turno, con la misma rapidez con la que volvemos a lo habitual y cotidiano, esperando otra elección para volver a ser engañados. Hablamos de la crisis de valores, mientras nuestra indignación no pasa de las redes sociales y, muchas veces, consentimos la impunidad y la corrupción como males endémicos y eternos.

¿Y qué decir de nuestra inveterada mojigatería? Adalides de la moral y las buenas costumbres, nos solazamos con la supuesta pecaminosidad ajena, mientras somos testimonio vivo de moral relajada y conducta distendida.

Ahora bien, hasta ahorita me he referido a ese núcleo “privilegiado” que se autodenomina chapín, ha tenido acceso a la instrucción primaria al menos, tiene un trabajo más o menos estable aunque su salario sea magro y disfruta de las redes sociales y el internet, así tenga que “jalar” señal del “Wi Fi” del chance y algunos sitios públicos. Pero la inmensa mayoría de guatemaltecos son los que describe Monteforte, siempre en la búsqueda de la “chuleta” como dirían los españoles. Y en este momento resulta útil la pirámide de Maslow como referencia. ¿Cómo pedir pensamiento crítico y ejercicio pleno de ciudanía, a un conglomerado mayoritario que apenas resuelve –estacionaria e intermitentemente – las necesidades primarias? ¿Cómo hablarle de política y de ciencias sociales a quien no tiene trabajo o el que tiene es temporal, informal y con ingresos que dan grima? ¿Cómo hablar de democracia con quien no tuvo los nutrientes básicos en su primera infancia y la formación de sus neuronas fue insuficiente? ¿Cómo hablar de indignación con quien poco conoce de dignidad, pues el sistema lo condena desde que nace, según su ubicación en la escala social, cultural y económica? ¿Cómo explicar a alguien que la pigmentación de la piel, el color de los ojos y la pertenencia étnica no debiera ser razón de discriminación, si desde pequeño es lo único que ha conocido? ¿Cómo integrar un frente de masas, sumido en una estructura de desigualdad, falta de oportunidades y miseria, en una lucha contra la corrupción, cuando muchas veces, es precisamente la corrupción ocasional, la única ventana para su sobrevivencia?

He llegado al punto para tratar de explicarme una cuestión toral en esta lucha ciudadana contra la impunidad y la corrupción. ¿Qué es lo que realmente indigna a las capas medias y sectores populares, más allá de las catarsis en redes sociales? ¿Qué es lo que realmente podría movilizar a esos amplios sectores, que al menos tienen resueltas sus necesidades más básicas, para poder pensar en algo que no sea el sustento diario y la sobrevivencia? Los verdaderamente privilegiados, las élites, la tienen fácil. La corrupción para ellos es efecto y no causa, es cuestión moral individual, no estructural; es un asunto circunstancial, no sistémico. Pero además, sus efectos perniciosos solo les afectan colateralmente, pues en realidad, su condición de privilegiados se las da el haber sido parte del problema. Por eso, la única esperanza de cambio, es integrar un frente amplio en donde los sectores populares puedan luchar junto a las capas medias y la pequeña burguesía[2] pensante, para transformar el sistema, al menos desde lo político. Cómo integrar a las masas que se mueren de hambre, es una tarea posterior, por obvias razones.

 

[1] Guatemala, las líneas de tu mano.

[2] Pequeños y medianos comerciantes, técnicos y profesionales, académicos e intelectuales, campesinos acomodados e industriales pequeños y medianos.

 

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