Opinión

  ENFOQUE Por eso estamos como estamos… por eso nunca mejoramos

Gonzalo Marroquín Godoy

Yo me gradué de bachiller en 1971. Recuerdo con relativa claridad cómo era el país en aquel entonces. El presidente era Carlos Arana Osorio, un militar que había combatido exitosamente a la guerrilla en el oriente y ofrecía seguridad y estabilidad económica. Fue el primero de una serie de presidentes militares que gobernaron el país.

Era una época diametralmente diferente a la que vivimos hoy en día. No se podía pensar en la libertad de pensamiento en su más amplia expresión, los militares imponían su voluntad , mientras que una guerrilla radical principiaba a cobrar fuerza, en demanda de cambios sociales. Era la época de la “guerra fría” que se libraba en el mundo entre el capitalismo, representado por Estados Unidos, y el comunismo que intentaba proyectar la URSS.

Con gobiernos mediocres, corruptos y sin iniciativas, no se puede esperar que el país avance en la dirección adecuada…

Lo que sí es cierto es que Guatemala era un país en el que las diferencias socioeconómicas era muy marcadas, porque las estructuras construidas a través del tiempo apuntaban a crear un esquema en el que salir de la pobreza era difícil –por no decir imposible–. Por ello Guatemala ya destacaba internacionalmente por sus deficiencias de orden social, principalmente por los magros índices en educación, salud y mortalidad infantil, entre otros.

¿Qué ha cambiado en las casi cinco décadas desde entonces?. No mucho, en los aspectos sustanciales y si mucho, en otros sentidos. Claro que Guatemala ha evolucionado. Ningún país se mantiene paralizado en el tiempo.   Nuestro problema es que apenas hemos aprendido de las lecciones del pasado, hemos sido reacios al cambio, y las estructuras políticas, sociales y económicas han cambiado poco.

Aún con la llegada del nuevo milenio, cuando parecía que era imperante promover cambios en todo el Mundo, Guatemala continúa con la misma actitud del siglo XX. A finales de aquel siglo se fueron los militares y hubo un cambio estructural de partidos políticos, pero –lamentablemente– prevaleció el dominio de la vieja política, aquella que ha preferido mantener el estatus quo, en vez de buscar nuevos y mejores horizontes.

Recuerdo que nuestro maestro de “Problemas socioeconómicos de Guatemala:” –un curso de quinto año de bachillerato en el Liceo Guatemala­­–, el brillante Héctor Rosada, nos hablaba de la realidad que existía en el país, lleno de pobreza, sin educación, salud, ni oportunidades para la mayoría de la población.

Al dejar las aulas escolares y principiar la vida real, ya inmerso en el periodismo, pude comprobar esa realidad. Era algo más que estadísticas, eran personas sobreviviendo en niveles inimaginables de pobreza. No eran solo noticia, eran personas reales sufriendo aquella realidad.

Mortandad, analfabetismo, falta de educación, sobrevivencia. Esa era la Guatemala de 1971. Yo principié a trabajar como periodista en 1972. Diez años después, los cambios eran mínimos.

Habíamos cambiado de presidentes, pero solamente de un general a otro. Los partidos políticos se sustituían entre sí como “vehículos electoreros”, pero el “sistema” seguía siendo el mismo.

Los índices de desarrollo humano ­–en ese tiempo no se les llamaba así­– seguían siendo pobres o paupérrimos. Los militares se vieron obligados a ceder el poder a los civiles, pero la situación no cambió sustancialmente. Ciertamente mejoramos en materia de libertades –lo cual es sumamente valioso–, pero aquella vieja política no varió demasiado.

¿Qué podemos esperar a futuro? Si seguimos haciendo lo mismo, con una “partidocracia corrupta”, ¿podremos cambiar nuestro destino?.

No recuerdo ninguna política pública trascendental como para cambiar el rumbo del país en casi medio siglo. Militares dictatoriales o civiles voraces se han sucedido, pero nada ha cambiado.

Los precios subieron. La tecnología nos ha inundado y absorbido, vivimos la era de la híper información, pero la vieja política sigue dominando y se resiste a morir.

Por eso estamos como estamos… por eso nunca mejoramos. Pero ¿toleraremos mucho más ser marionetas de la politiquería?

 

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