Opinión

ENFOQUE: Ortega, otro dictador asesino

Gonzalo Marroquín Godoy

 La historia de las dictaduras es siempre triste, aunque muchas veces sectores de la sociedad las añoren. En Chile, Augusto Pinochet gobernó con mano de hierro entre 1974 y 1990, un período en el que se vivieron dos situaciones diametralmente opuestas. Por un lado una feroz represión en la que fueron asesinados miles de opositores, y por el otro, el país vivió un crecimiento económicos significativo.

Con el tiempo, la historia registra a este dictador como asesino y corrupto, por más que muchos añoren sus políticas económicas liberales que hicieron crecer la economía chilena.

 Las dictaduras y los malos gobiernos solo pueden sostenerse en base a la represión y autoritarismo, pero finalmente caen… ¡siempre!

Aquí en Guatemala vivimos varias dictaduras, la última de ellas la de Jorge Ubico, añorado por algunas personas por haber traído “seguridad”, porque en efecto, hizo que la delincuencia disminuyera, pero ser opositor significada perder la vida o tener que salir al exilio, y a los delincuentes simplemente los mataban. El pueblo se levantó en su contra, precisamente por su política represiva y limitaciones a las libertades ciudadanas.

Esas fueron dos dictaduras de derecha. Fidel Castro en Cuba impuso otra dictadura brutal. Resolvió problemas de educación y salud del pueblo, pero la represión constante y la supresión de todas las libertades y derechos provocó posiblemente uno de los flujos de refugiados más grandes que haya visto Latinoamérica. Quienes querían libertad o eran activistas políticos, tenían que abandonar la isla, porque dentro solo tenían dos caminos: cárcel o tumba.

Hugo Chávez –y lo ha seguido su sucesor Nicolás Maduro– tomó el mismo camino de su ídolo Castro. Se perdió por completo la democracia y las libertades, aunque fue un hábil manipulador del sistema hasta su muerte. Las protestas que siguieron luego han mostrado a un chavismo sangriento.

No está de más mencionar que en cada una de las dictaduras que he mencionado, se controló, reprimió y censuró a la prensa, porque un pueblo mal informado es presa fácil del engaño oficial y por ello las dictaduras persisten. A mayor libertad de prensa, mayor democracia en cualquier país.

Ahora estamos ante la tragedia del hermano pueblo de Nicaragua. Daniel Ortega se ha convertido en un asesino del propio pueblo al que un día dijo defender con las armas del sandinismo. Las nuevas generaciones quizás no sepan mucho de Anastasio Somoza –y toda su familia–, pero fue presidente u “hombre fuerte” de su país entre 1967 y 1979, cuando fue derrocado nada menos que por el ejército que comandaba el propio Ortega.

Bajo la dictadura somocista, los nicaragüenses vieron como nada se podía decidir sin la intervención de “Tacho”. Negocios, política y la vida de las personas. Por supuesto, hubo también muchos asesinatos.

Pero su sucesor, que volvió al poder tras un receso democrático, se ha convertido en uno de los más violentos dictadores de los últimos tiempos. Han muerto ya cerca de 300 personas en las protestas que exigen la vuelta a la democracia auténtica –y no la manipulada por el “orteguismo”–, y la respuesta es la misma: más plomo, al mejor estilo del crimen organizado.

Algunos se dejaron engañar por Ortega, porque se hizo socio de muchos negocios. Pero su personalidad de lobo asesino tenía que saltar. Ni Ángel González, su amigo y socio –de sus hijos en la televisión nicaragüense– le puede mejorar la imagen. El levantamiento en su contra es general en todo el país. Tendrá que salir… o caer, como todos los dictadores.

…Y nosotros aquí, con un gobierno más bien endeble, que se quiere hacer fuerte acosando a la prensa independiente y persiguiendo a sus críticos, como al diario elPeriódico y su Presidente, José Rubén Zamora. Los gobiernos pasan, las dictaduras caen, la prensa persiste.

(Abajo, una infografía de AFP que resume la vida política del dictador nicaragüense).

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