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ENFOQUE: El terror del autoritarismo

Gonzalo Marroquín Godoy

 No se cuánto habrá que retroceder a la historia para comprobar que el poder absoluto es nefasto y, aunque da resultados a favor de quien lo detenta durante algún tiempo, termina mal ­incluso para el déspota y afecta a quienes llegaron a respaldarle, porque siempre se afectan los derechos ciudadanos y sus intereses.

Hitler llegó a convencer a la mayoría de alemanes que los judíos eran los responsables de todos sus males. Incluso el argumento le sirvió para iniciar, no solo un plan de extermino, sino –lo que él deseaba–, un proyecto imperial de expansión para absorber a Europa e imponer la supremacía aria con la que murió soñando.

Cuando el poder es absoluto, no se puede esperar RESPETO, ni mucho menos tolerancia y apertura a la participación.

Pero el autoritarismo no data del siglo pasado con Hitler. Es algo que a lo largo de la historia se ha mostrado como una corriente o tendencia dominante. Los ejemplos sobran y podemos citar a reyes medievales, papas y otras autoridades de la época que lograban el control del poder político por medio actitudes autoritarias . Sus decisiones no podían ser cuestionadas y, mucho menos, oponerse a ellas abierta y públicamente.

El rey Enrique VIII de Inglaterra es un buen ejemplo. Su poder llegó a ser tan absoluto –autoritarismo en esencia–, que se nombró a sí mismo cabeza de la iglesia anglicana, con el fin de poder divorciarse a su sabor y antojo sin depender del poder supremo de la época en materia religiosa, es decir, el Papa, quien se oponía a la voluntad de “su alteza real”.

Napoleón, Hitler, Stalin, Mussolini –para citar algunos nombres autoritarios del siglo XX–, no fueron muy diferentes. No permitían que hubiera una opinión distinta a la suya; imponían sus puntos de vista y, como común denominador, se rodeaban de serviles –capaces, o no–, para imponer una línea de la que nadie se debía apartar, bajo pena de perder los derechos y hasta la propia vida.

Con el tiempo eso no ha cambiado en esencia. Las condiciones sí, seguramente. La oposición y la denuncia no cobraban fuerza con rapidez, lo que facilitó siempre que el abuso, la usurpación y las actitudes prepotentes y hasta humillantes para ciertos sectores, no se conocieran o trascendieran prontamente. Eso facilitó el exterminio de judíos, de millones de rusos, y el expansionismo napoleónico, hasta que su ambición le superó.

En pleno siglo XXI el autoritarismo de gobernantes y políticos persiste. Hoy tenemos a un Donald Trump que se cree rey y señor de su país, sin escuchar el clamor popular estadounidense, no se diga el que se escucha a nivel mundial. Chávez fue autoritario y gobernó a su sabor antojo Venezuela, hasta dejarla quebrada en manos de otro autoritario, su sucesor Nicolás Maduro. Autoritarios han sido o son Pinochet y Fujimori (derecha), Correa, Ortega y Morales (izquierda). Por supuesto que no se puede olvidar a Fidel Castro en Cuba, para enriquecer la lista de los gobernantes autoritarios e intolerantes que actúan siempre en la misma dirección: limitan los derechos y libertades de las personas.

En Guatemala hemos conocido del autoritarismo absoluto a lo largo de la historia. Rafael Carrera, Justo Rufino Barrios, Manuel Estrada Cabrera, Jorge Ubico y varios militares en el ocaso del siglo XX, son ejemplo de la forma de gobernar con mano de hierro, sin tomar en cuenta ¡jamás!, los derechos e intereses de la población. Cuando hicieron alguna buena obra no fue por su amor patrio y cívico, sino más bien, para satisfacción de su ego personal.

En la era democrática hemos tenido brotes de autoritarismo. Jorge Serrano primero y luego Álvaro Arzú. Este último se resiste a pasar a la historia como un autoritario frustrado, y quiere llevar su vocación a su máxima expresión. Sueña con volver a la Presidencia –intentó torpe e ilegalmente reelegirse en el pasado proceso electoral– y al no poder hacerlo, utiliza su influencia sobre el presidente Jimmy Morales para presentarlo como un débil-autoritario, una mezcla poco común y poco eficiente.

N este momento, se quiere imponer en Guatemala una línea autoritaria, en la que una clase dominante imponga su poder y retorne aquel status quo que se rompió por la lucha contra la corrupción y la impunidad.

Se quiere imponer de todo: eliminar a la CICIG, volver a lo de antes, que vuelvan los “negocios” de cuello blanco –¡corrupción!– y que la clase política que nos ha gobernado impunemente lo siga haciendo, convirtiendo en millonarios al grupo de turno y manteniendo en la pobreza y sin oportunidades a la mayoría de guatemaltecos.

El autoritarismo nos asfixia. El autoritarismo quiere estar de vuelta y hasta quiere imponer una dinastía vinculada al “Pacto de Corruptos”.

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