Opinión

ENFOQUE: Cuando los intocables caen de su ‘Olimpo’

Gonzalo Marroquín Godoy

Según la mitología griega, el Olimpo era el hogar de los dioses, en donde vivían y tomaban grandes decisiones que afectaban a la humanidad. Era el lugar de los todopoderosos, quienes decidían sobre la vida y la muerte, pero sobre todo, eran intocables. Eso si, el que caía podía ir a parar a lo que se conocía como inframundo.

Algo parecido ha sucedido con muchos gobernantes en todos los continentes. Han ejercido un poder casi absoluto y han dispuesto de los recursos de sus países como si fueran propios, y muchos de ellos han caído de ese Olimpo que ellos mismos han creado, rodeados de lujo y toda clase de beneficios para hacer negocios que permiten un acelerado enriquecimiento.

(Perdidos por su ambición, por todo el Planeta caen

gobernantes desde lo más alto del poder.)

Pero están cayendo cada vez más. Antes eran –como aquellos dioses griegos– intocables. Ahora el brazo de la justicia les alcanza más frecuentemente, en la medida que las sociedades despiertan y se manifiestan con fuerza contra la corrupción, la impunidad, y todos los abusos que suelen acompañar a este tipo de gobernantes que creen haber alcanzado la categoría de dioses griegos.

Es a finales de los años 90 en el siglo XX, cuando la comunidad internacional, en los altos organismos existentes, principia a manifestar su preocupación por la creciente corrupción política. Antes de ello, personajes como Ferdinand Marcos (Filipinas) –para citar solo un ejemplo– cayeron por el abuso del poder, pero pudieron salir con sumas que alcanzaban los miles de millones de dólares.

Al parecer, los sistemas de justicia, antes al servicio de los poderosos del Olimpo, principian a funcionar de manera independiente y se observa que el marco de impunidad puede ser derribado, y caen así gobernantes o ex gobernantes. En Latinoamérica este tipo de personajes han abundado.

Después de muchos años, se destapó el enriquecimiento gigantesco que tuvo Alberto Fujimori (Perú); en Centroamérica la lista es demasiado larga: Arnoldo Alemán (Nicaragua), Francisco Flores y Mauricio Funes (El Salvador), Ricardo Martinelli (Panamá), Miguel Ángel Rodríguez y Rafael Ángel Calderón (Costa Rica) –entre otros–, a los que hay que sumar, por supuesto, a Otto Pérez Molina y Alfonso Portillo.

Todos ellos alcanzaron su Olimpo. Lo disfrutaron, lo vivieron y, como no podían fallar, se sirvieron con la cuchara grande de los recursos de sus respectivos países.

Hay que reconocer que unos pocos pocos logran sobrevivir o evitar la caída y, al menos hasta ahora, se mantienen en su propio Olimpo, siempre abusando y, con habilidad especial, haciendo negocios gigantescos.

En Nicaragua el ejemplo de impunidad es el presidente Daniel Ortega. Controla todos los poderes del Estado, pero también se ha convertido en un magnate de su país. No son pocas las comparaciones que hacen entre él y Anastasio Somoza, a quien derrocó al frente del sandinismo en 1979. Se le mira como dueño del país.

Aquí en Guatemala se dio un corrupto proceso de privatización que llevó a cabo Álvaro Arzú, como si las empresas estatales fueran de su familia, y aún hoy, tiene su pequeño Olimpo en suMuni, en donde manda sin dejar que le cuenten las costillas.

Pero el términos generales, estos dos son más excepción que norma. La norma ahora parece ser que ha terminado la impunidad del Olimpo. Hasta allí suben fiscales y jueces para capturar a quienes han perdido la dimensión de sus cargos.

La razón de la caída de todos estos personajes es la misma: se siente intocables, controlan la institucionalidad del Estado y abusan exageradamente, además de volverse ostentosos.

Los intocables dejan de serlo algún día. Los ejemplos están a la vista. Ser presidente, gobernante, alcalde, diputado o funcionario, exige total transparencia y mantener el principio de SERVIR desde el Estado, y no SERVIRSE de él. Muchos políticos no lo entienden del todo y caen de su Olimpo.

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