Opinión

ENFOQUE: Cuando el poder corrompe totalmente

Gonzalo Marroquín Godoy

 Allá por el año 1996, siendo director de Prensa Libre, se acercó a la redacción del diario un amigo y alto funcionario de la administración de Álvaro Arzú, quien llegaba para contarme de las buenas intenciones que tenían y solicitar que le diéramos –como medio– el beneficio de la duda, porque se trataba de personas honradas, que llegaban a los cargos para trabajar por el país.

Tuvimos una conversación interesante, en la que intenté explicar que la función de la prensa no era la de dar –o no– beneficio de la duda, sino que más bien estábamos para dar información y, de alguna manera, fiscalizar al gobierno de turno, sin importar de quién se trataba. Recuerdo que le dije también que la prensa suele ser un excelente aliado para autoridades que quieren hacer bien las cosas, pues si alguien se sale de lo correcto, lo mejor es que haya quien lo denuncie.

La corrupción fue creciendo –a la par del poder que ha dado la impunidad–, hasta convertirse en un tumor de proporciones increíbles.

Utilicé entonces una analogía que recuerdo: le dije que los funcionarios buenos y correctos podían ser como caballos bien domados en un corral de finca. Si se les abren las trancas –puertas–, seguramente no se saldrán en la primera vuelta, pero al comprobar que siempre están abiertas, pues se saldrán del corral por falta de controles.

Lo mismo puede suceder –expuse– con los funcionarios públicos. Pueden ser probos, pero muchos –no todos, por supuesto–, al comprobar que nadie ni nada les impide o controla, se aprovecharán del momento y la corrupción florecerá. Terminó la conversación con el toque de que lo mejor es que la prensa haga su trabajo, informe y fiscalice y los funcionarios hagan bien y honestamente el suyo, en cuyo caso, no tiene por que haber problema.

La historia se escribió pronto. Se llevó a cabo una gigantesca ola de privatizaciones cada una más oscura que la otra. La corrupción principió a desbordarse y desde entonces fue aumentando con la llegada de nuevos grupos políticos al poder, que también trabajaron en aumentar el manto de impunidad, lo que significaba para ellos más poder.

Bien dijo el inglés Lord Acton que el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente.

Ayer se dictó la primera sentencia en contra de la exvicepresidenta Roxana Baldetti Elías, quien se llegó a creer intocable y estar por encima de todo el mundo. Su actitud llegó a tal punto, que ya no tuvo ni el recato de esconder su desmedido enriquecimiento ilícito, que fue aumentando en cada uno de los cargos políticos a los que logró acceder.

El famoso caso del Agua Mágica de Amatitlán, por el que tendrá que purgar 15 años y 8 meses de prisión –faltan las apelaciones–, no es más que el menor de los que hasta ahora le han descubierto. Aún deberá enfrentar juicio por La Línea, Cooptación del Estado, TCQ y, finalmente uno en Estados Unidos por narcotráfico.

Ahora se puede traer a la memoria un suplemento publicado por elPeriódico, en el cual se mostraba la forma en que Baldetti –y su familia– vivían de manera ostentosa, más allá del nivel que podría permitirle su excelente salario. Ella –estoy seguro–, llegó a pensar que nadie podría, ni se atrevería a investigarla y, mucho menos, juzgarla.

El poder la fue corrompiendo y cuando creyó que lo tenía completo, su corrupción fue total.

Hay que poner mucha atención al sistema de partidos políticos. Hay que poner atención al proceso electoral que está por principiar en apenas tres meses, porque puede significar un parteaguas o simplemente continuar con lo que hemos venido teniendo hasta ahora.

No nos confundamos. Si no se controla la corrupción, el país seguirá sumido en la pobreza, la desesperanza y sin oportunidades –para la mayoría–. Es importante defender y mantener los pocos contrapesos que existen –entre ellos la prensa independiente–, porque de lo contrario, el poder se vuelve absoluto… y se sube a la cabeza, hasta llegar al colmo de burlarse de los que pedían transparencia e invitarlos a comer mojarras cuando se limpiara –¡nunca!– el lago de Amatitlán.

 

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